Construyendo un reinado

El talento brota de numerosas raíces, pero solo los resultados son los frutos de los que la crítica se alimenta. La habilidad para destacar puede surgir de distintos modos, con diferentes formas de expresión. Como si de un arte se tratara, el baloncesto hace de sí una peculiar vía para transmitir estados de ánimo. Son actitudes sobre el parqué que representan maneras de entender el deporte de la canasta. La cara hace de espejo del alma y para algunos, su mayor disfrute es comprendido como una prueba por la supervivencia del más apto. No existen muecas de agrado o felicidad. Con una mirada basta. Los ojos sobre la esfera que a su alrededor provoca un sinfín de movimientos y luchas. La sonrisa del jugón que tanto admiraba Andrés Montes no es, nada más lejos de la realidad, un denominador común. Somos testigos de una grandeza que cada madrugada demuestra sus diversas dotes. La misma grandeza que en los 80 hizo a Bernard King dueño de Nueva York, rey sin corona. La misma grandeza que su mentalidad de asesino en serie otorgó el premio de ser, sin clavar la bandera en la cima, parte de la historia de los Knicks. La misma grandeza que, en este caso, no entendía de risas.

La larga historia de la franquicia que ocupa la meca está repleta de nombres, sinsabores y curiosidades. En el desierto de resultados que tuvieron los Knickerbockers desde los anillos de los 70 a las batallas de Pat Ewing y compañía destaca la figura del mítico alero nacido en Brooklyn. Anotador prolífico, period. Corta pero precisa definición. Detrás de sus estadísticas. la figura de King trae consigo una infinidad de relatos. Desde su cara, desgranaremos uno de tantos.

Pocas limitaciones encontraba a la hora de anotar. De todos colores, contaba con las habilidades tanto técnicas como actitudinales para superar a cualquier defensor. “Era dinero” apuntilla Magic Johnson. De su propia boca se ha podido escuchar que antes de los partidos solía imaginar lo que pasaría. Mentalmente, visualizaba la acción y el reto no le asustaba. La batalla comenzaba en los vestuarios, desde donde se atrevía a dar cifras de puntos que de su mano vería el aficionado esa noche en modo de apuesta. Su predisposición a luchar era imposible de esconder. El ceño fruncido, con el iris fijado en su objetivo, gritaban a los cuatro vientos quién era. Su personalidad sobre el parqué no residía solo en su modo de competir. Cambiaba totalmente cuando algo estaba en juego. El giro no solo lo notaba el rival. Algunos compañeros de equipo incluso reconocieron no querer hablarle antes de cada encuentro, tampoco los entrenadores. Como si de un ritual se tratara, en los minutos previos al calentamiento se transformaba. De un momento a otro podía hacerlo. Una sorprendente capacidad de la que algún que otro actor debe sentir envidia. Las conversaciones típicas entre amigos quedaban reducidas al silencio. Las carcajadas desaparecían y sus cejas se arqueaban. “Incluso a mí. Cuando pisaba la cancha no me conocía ni me dirigía la palabra.” Su hermano también lo sufrió.

«No puedo jugar como Magic, sonriendo. Ese no era mi juego. Si hiciera eso no habría jugado bien. Tenía que jugar con cierto grado de intensidad.»

Construyendo un reinado
vía fanished.com

Hacía que pareciera sencillo, pero no lo era. Abría el aro a su antojo y para ello era vital su actitud tenaz. Quiero llevarte aquí y lo voy a conseguir. El defensor se limitaba a acompañarle y tratar de evitarlo. Su arsenal le hacía tener ventaja ante quien se quisiera anteponer. Velocidad para los más altos, juego en el poste para los más pequeños y un excelente tiro de media distancia para castigar el mínimo despiste. Cada minuto consigo en frente era una quimera. Aunque supieras que iba a hacerlo, no podías evitarlo. Nadie lo define mejor que el mítico entrenador Lenny Wilkens: «Podía tener a tíos encima suya, esperándole, que igualmente saldría con buenos tiros.» La intensidad no embarraba un ápice de su genialidad. Más bien la impulsaba, haciéndole superlativo. El contrincante lo conocería por la garra que hacía de los 48 minutos una eternidad, pero en la mente del aficionado quedaba su plasticidad. La elegancia para hacer que el balón tocara la red era un ingrediente principal de su juego. En una liga lejos de la globalidad de la actual NBA, los físicos de los jugadores eran más humanos. Sus dos metros no eran moco de pavo, pero no los necesitaba para imponer. Con el talento y la mirada se veía de sobras preparado para ser el protagonista de las pesadillas del enemigo. Pero King no tuvo un crecimiento usual. Al igual que anotar, su vida tampoco fue lo fácil que el estrellato podía hacer pensar. En parte, explica su comportamiento dentro de la cancha.

Desde la infancia a su llegada al profesionalismo, el destino le preparó una serie de palos que él mismo se preocuparía de revertir. Caer mil veces para levantarse mil y una. Sus días como niño en Brooklyn marcaron un camino que hasta el día de hoy han acabado por hacerle como jugador e icono. Cada domingo, Bernard prefería jugar en las calles del distrito neoyorquino que hacerse presente en las misas cristianas a las que su familia asistía asiduamente. Lo hizo como acto de rebeldía tras los avisos de quien le trajo al mundo. Quería divertirse con un balón en las manos y la decisión le costó duras reprimendas de su propia madre, que no dudaba en golpearle con contundencia. Sin embargo, nunca lloró. No quería mostrar debilidad. Un signo de una relación que sale de la normalidad. Sus padres nunca estuvieron en las gradas de los partidos más importantes de la etapa preuniversitaria de BernieSu entrenador del instituto Fort Hamilton afirmó no verles nunca en los All-American que disputó. El dolor fue una constante, el baloncesto su vía de escape.

«Mis padres no sabían cómo ser expresivos conmigo para decirme te quiero. Nunca escuché esas palabras de ellos.»

Más adelante, la universidad de Tennessee le esperaba y no con los brazos abiertos. La época de la segregación racial norteamericana (que en la actualidad tanto impacto tiene a pesar de sentirse en dosis reducidas) tuvo en los setenta su década de más negativo esplendor. Tanto fue así que King lo sufrió en demasía. La celebración de cada duelo baloncestístico se tornaba en lamentables conflictos con la policía una vez veían su fin. Tanto verbal como físicamente, recibió abusos. El más oscuro episodio tuvo lugar con un golpe con la culeta de una pistola en la cabeza. Ray Mears, entrenador de los Volunteers, llegó a aconsejarle andar con pies de plomo, pues seguían su estela deseando cazarle.

El salto al deporte profesional se hace, en ocasiones, una ardua misión. Dinero, fama y un alto escalón en el progreso a la madurez. Lejos de los focos que hoy la NBA acapara, pero igualmente drástico. Sin embargo, King no lo tuvo todo. La principal falta que notó en sí no era material, sino mental, y le acompañaba desde años atrás. Aquejaba de una soledad que hizo interna a base de falta de apoyo paterno. Encontró una errónea solución en el fondo de una botella. Durante sus primeras temporadas en la liga, el alcohol curaba sus heridas internas. El psicólogo no le escuchaba ni daba diagnóstico, sino que agravaba una situación que ahora también tenía influencia en su mundo laborar. Tennessee incubó su gusto por empinar el codo, sería Oakland donde frenó sus impulsos. Temió por su vida hasta que siendo parte de los Warriors tomó definitivamente las riendas. Entonces, King construyó su reinado.  Nueva York fue su lugar de brillo y adulación. Devolvió los golpes en modo de canastas. No entendió de sonrisas, sino de intensas miradas. Ni diversión ni debilidad. Todo giraba en torno a una lucha que tomó como forma de vida. Y en esa eterna batalla, el Hall of Fame salió vencedor.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s