Europa raptada

En una época ordenada por los dictados del materialismo y en el que el dinero es la medida de todas las cosas, todo puede convertirse en producto, incluído Europa. Sinónimo hoy de la Unión Europea, su nombre y espíritu no deja de ser invocado conforme se pretende trasladar la fructífera convergencia económica a lo político y social. En el proceso la vieja Europa va perdiendo elementos definitorios, situándose como un esperanzador amanecer que, como si de un universal se tratara, arroja su luz sobre un sistema de ideas y valores de fácil aceptación que se tambalean al cuestionar la entidad de su andamiaje. Cuanto más hablamos de europeísmo menos sabemos qué es Europa.

Sin embargo, Europa es real, quizás más que los estados nacionales, de quienes es sustrato cultural y espiritual. Apenas la última proyección noroccidental de Asia, a Europa no le corresponde una unidad geográfica o étnica, por lo que su existencia, en última instancia, nació de la conciencia y voluntad de quienes la han habitado (1), fruto de un largo proceso que ha conformado un espíritu común con una visión compartida del hombre y el mundo.

image
Niños boxeando (s. XVI a.C.). Fresco minoico hallado en Thera (Santorini). Museo Arqueológico Nacional de Atenas. Foto: wikimedia

Grecia constituye el germen de este largo proceso, el primer lugar donde comenzó a hablarse de Europa y donde aparecieron los rasgos que han distinguido a la cultura occidental. Dejando a un lado la visión racionalizadora de Heródoto (s. V a.C.), fue Moschos de Siracusa quien hacía el s. II a.C. narró por primera vez la historia de una bella joven raptada por Zeus de las costas de Tiro para llevarla a Creta. Sus hermanos recorrieron el mar en su búsqueda, y aunque nunca la encontraron, en su camino se convirtieron míticos padres, reyes y civilizadores de regiones y ciudades como Tebas, Fenicia, Cilicia o Iliria. Europa, por su parte, en su unión con Zeus, daría a luz a la primera dinastía de Creta, primera civilización europea, dominadora hasta mediados del segundo milenio antes de Cristo del Mar Egeo.

No obstante, para los griegos Europa no dejó de ser un término geográfico un tanto ambiguo con el que no se identificaron más que ocasionalmente. Europa designaba de manera genérica a las tierras noroccidentales del continente, poniente, una parte distinta de Asia y de la Hélade. Esta concepción fue en realidad característica de la Edad Antigua, pues también los romanos entendieron Europa en un sentido geográfico, el lugar por el que primeramente se extendió su dominio ordenador. Habría que esperar a la Edad Media y la decisiva aportación del cristianismo y los pueblos bárbaros para asistir a la aparición de los europeos.

Sin embargo, los griegos demostraron poseer la conciencia de ser partícipes de una cultura característica, de que aquella pequeña parte del mundo y los hombres que la habitaban eran diferentes de la enorme y fascinante Asia. Frente al despotismo oriental, y desde una visión jerárquica, aquellos ciudadanos de las poleis entendían al hombre como una criatura dotada de libertad y razón, capaz de conocer el mundo en que se insertaba y con potestad para intervenir activamente en el ámbito público de acuerdo a la ley, señora a la que se pliegan todos los ciudadanos por ser garante de libertad y justicia.

image
Leónidas en las Termópilas – Jacques Louis David (1814). Museo del Louvre. Foto: Tuitearte

Partícipes de una misma visión y emparentados por el arte, la religión, la historia y la lengua, el mosaico de ciudades griegas pudo sentirse como parte de algo común y superior a ellas merced al puente que siempre fue para ellas el mar. Esta conciencia, sin embargo, hubo de cobrar fuerza frente a Asia, cuando las invasiones de Darío (490 a.C.) y Jerjes (479 a.C.) empujaron a los griegos a ver la unidad de su cultura y entenderla como superior; a la barbarie persa y su armada de pueblos sometidos los griegos resistieron como ciudadanos, libres y civilizados.

«La Grecia, señor, es una nación criada siempre sin lujo y con pobreza, y de la severa disciplina. Con la misma virtud que practica remedia su pobreza y se defiende de la servidumbre. […] Y en primer lugar digo que de ningún modo cabe que den oídos a nuestras pretensiones, encaminadas a quitar la libertad a la Grecia, de suerte que aunque todos los demás griegos os presten vasallaje, ellos solos saldrán a recibiros con las armas en la mano»

Heródoto, Historia, VII, 102

La unión, sin embargo, no sobrevivió a la guerra, y la Liga de Delos, federación que agrupó a diferentes ciudades durante casi todo el s. V a. C., quedó como un instrumento al servicio de la hegemonía ateniense. Finalmente, el enfrentamiento entre Atenas y Esparta abriría una etapa de disensiones y enfrentamientos que fragmentó el mundo griego y en la que no faltaron llamadas a la unidad frente al verdadero desafío: Oriente.

La unión política llegaría finalmente desde la bárbara monarquía de Macedonia, que sometió a los ciudadanos griegos y que, bajo la guía de Alejandro Magno (356 – 323 a. C), les permitió lanzarse a la conquista de Asia. Con el macedonio, discípulo de Aristóteles, los helenos entraban en una nueva etapa de la historia, no sólo por sumergirse en las aguas culturales de Oriente, sino porque bajo un solo poder griegos y bárbaros quedaban unificados, abriéndose la posibilidad de extender y compartir las mieles de la superior cultura helena. Un nuevo ideal iluminaba el camino: la de la soberanía civilizadora sobre distintos hombres y pueblos, mientras que viejos asuntos como la religión o la política comienzaron a proyectarse sobre el tapiz de la universalidad.

image
Busto de Alejandro Magno (s. I-II a.C.). Museo Británico. Foto: Andrew Dunn

Dicho destino, sin embargo, no pudo ser acometido por Grecia; la construcción de Alejandro se vino abajo tras su muerte. Sin embargo, sus fragmentos serían recogidos por Roma, quien de manera efectiva incorporaría Grecia a la República en el s. II a. C. Sin embargo, bajo la conquista militar se operó otra cultural y, en palabras de Christopher Dawson, «conforme Grecia se romanizaba, Roma se helenizaba»(2), y con ella todo el Mediterráneo. Fue por la acción romana que todo aquel bagaje cultural, la civilización que tanto enorgullecía a los helenos, pudo extenderse y fertilizar pueblos y tierras lejos del Egeo. Heredando ideales helenísticos los romanos desarrollaron la conciencia de poseer una misión providencial: llevar el orden y la civilización a territorios y pueblos como garante de la ley, auténtico fundamento de la libertad y la justicia.

«Tú romano, recuerda tu misión: ir rigiendo los pueblos con tu mando. Estas serán tus artes: imponer leyes de paz, conceder tu favor a los humildes y abatir combatiendo a los soberbios.»

Virgilio, Eneida, VI, 851-853

Esta llamada ideal cobró auténtica fuerza bajo el gobierno de Augusto, quien con sus conquistas y la construcción del Imperio reforzó Roma frente a la amenaza oriental y abrió la Europa continental a la romanidad, sentando las bases para un proceso de más de 400 años. La mayor extensión territorial llegaría en el s. II d.C., en un camino en el que los romanos fueron tomando conciencia de la complejidad y magnitud de su obra; su mando se extendía sobre una vastedad de pueblos y territorios que sólo la ley y el poder imperial podían mantener en unidad. Si anteriormente el derecho, como patrimonio exclusivo de una minoría privilegiada, había sancionado la distinción entre los romanos y los conquistados, su aplicación se fue extendiendo a todos los pueblos del Imperio con la progresiva concesión de la ciudadanía que culminaría el Edicto de Caracalla en 212 d. C. Por este camino Roma se iba transformando en un poder de vocación universal cuya aspiración era la unificación de los hombres bajo un sólo poder civilizador.

«Todo aquel que fuese muy elegante, linajudo y poderoso en cualquier parte, lo hicisteis ciudadano y hasta vuestro propio congénere, mientras que el resto quedó como súbdito y gobernado. Y ni el mar ni toda la tierra que se interponga impiden obtener la ciudadanía , y aquí no hay distinción entre Asia y Europa. Todo está abierto para todos.»

Elio Aristides, Discurso a Roma, 58-65).

image
Triunfo de Tito tras su victoria contra los judíos. Arco triunfal de Tito (81 d.C.). Roma. Foto: Sodabottle

La romanización, sin embargo, tenía sus propios límites y presentaba no pocas tensiones internas pues, aunque poseía una indudable dimensión cultural, no dejó de ser un proceso dictado de arriba a abajo y sostenido desde lo político. El estado romano llegó a convertirse en una construcción cuyo peso y poder no dejaban de sentir sus ciudadanos, y frente a la hegemonía de lo público no fue extraño que muchos desviaran su atención hacia la esfera más íntima y personal, hacia el espíritu. Así, durante la crisis del siglo III que sumieron al Imperio en la anarquía y una fuerte depresión económica, cobraron fuerza una serie cultos orientales que centraban su atención en la dimensión espiritual del hombre, como el de Isis, Mitra o el cristianismo.

En sus raíces el cristianismo no tenía ninguna relación con el mundo grecorromano y constituyó un importante desafío a su unidad en la medida en que sus seguidores se mostraron contrarios a ciertos elementos constitutivos de la vida pública romana, como la adoración del emperador, los juegos, o la esclavitud. Sobre estas bases se articuló una confrontación entre el siglo I, cuando ya hay constancia de una comunidad cristiana en la ciudad de Roma, y comienzos del s. IV, en la que el cristianismo fue proscrito y perseguido por las autoridades. Esta situación, no obstante, no pudo frenar su crecimiento, operándose un encuentro definitivo en el s. IV: en 313 Constantino legalizaba la nueva religión y en 380 Teodosio la convertía en la oficial del estado.

En su apertura a todos los pueblos y desde su reivindicación de la igualdad de todos los hombres en tanto que hijos de un mismo Dios, el cristianismo demostraba la misma vocación de universalidad que Roma, quien trató de buscar en la naciente Iglesia una fuerza nueva que regenerará las viejas estructuras. De este modo, si en el Apocalípsis resuena el desprecio a la Roma perseguidora, en el siglo IV el Imperio adquiere un sentido en la cosmovisión cristiana.

«¿Cuál es el secreto del destino histórico de Roma? Es que Dios quiere la unidad del género humano.»

Prudencio, Contra Símaco, II, 5-18

La lenta maduración de la nueva religión en el seno romano y su posterior cristianización permitió la asimilación de un rico bagaje cultural que en última instancia se remontaba hasta Grecia, máxime cuando desde el s. II no dejaron de bautizarse hombres de sólida formación clásica como Minucio Félix, Lactancio, Ausonio o Prudencio. El cristianismo se hizo romano y la solidez de la Iglesia, única institución que sobrevivió al hundimiento del Imperio, permitieron la perpetuación de su legado como algo vivo más allá de lo político, permitiendo su proyección sobre aquellos a los que Roma había considerado extraños.

image
El saqueo de Roma por los visigodos – Joseph-Noël Sylvestre (1890)

Para cuando los bárbaros derribaron los muros del Imperio el cristianismo ya había decidido no ser exclusivamente romano: en el s. IV los godos se habían convertido, en el s. V serían los francos y en el s. VI los longobardos. Ello constituiría el sustrato para el establecimiento de nuevos vínculos entre el bárbaro y el romano aun cuando la deposición de último emperador de Occidente en 478 consumaba el desmoronamiento político y la confrontación étnica. De este modo, desde el s. V autores como Paulo Orosio o San Isidoro comenzaron a reivindicar la figura y papel del bárbaro, que dejaba de serlo merced al cristianismo.

En el siglo VI, tras el último intento de restauración imperial en Occidente de mano del bizantino Justiniano y la definitiva constitución de los reinos romano-germánicos en los diferentes territorios occidentales del Imperio, resultaba un nuevo orden, multiétnico y sin un poder político totalizador. Sin embargo, desde abajo se iba conformando un sustrato unificador que permitiría construir vínculos de diferente naturaleza tras un largo proceso de asimilación de los elementos constitutivos de Europa: Grecia, Roma, el cristianismo y los pueblos germánicos. En la lenta fusión que se operó en el crisol medieval, la Iglesia, auténtica heredera de la tradición clásica, resultó clave a la hora de prolongar y extender una noción del mundo, del hombre y de lo público como un ámbito ordenado por la ley como único camino para garantizar la justicia y el bien. Pese a sus logros, Roma no podía llegar a ser Europa; era esencialmente mediterránea y se había separado con sus fronteras de amplias zonas del continente y sus pueblos. Cuando se hizo cristiana Roma pudo llegar a ser europea.

«Si el Estado es la empresa del pueblo, y no hay pueblo que no esté asociado en aceptación de un Derecho, y tampoco hay Derecho donde no existe justicia alguna, la conclusión inevitable es que donde no hay justicia no hay Estado.»

San Agustín, La Ciudad de Dios, XIX, 21

La construcción de una nueva conciencia sobre estos elementos anunciaría su fruto cuando chocara con ella la expansión islámica, responsable según algunos del fin definitivo de la antigüedad, y que desde la Península Arábiga permitió entre 622 y 732 conformar un imperio que se extendía desde la India hasta España. En Europa su avance terminaría en Poitiers, donde en 732 el franco Carlos Martel llevó a la victoria a un ejército formado por francos, celtas, sajones e íberos. Las crónicas de aquellos días, al referirse a este ejército formado por diferentes pueblos que se impuso al musulmán, hasta en dos ocasiones habla de «europeos». Por primera vez en la historia se anuncia en Europa una sentido de comunidad que trasciende lo particular.

image
Busto relicario de Carlomagno (1350 ca.). Tesoro de la Catedral de Aachen. Foto: Beckstet

Esta conciencia que asomaba en el siglo VIII adquiriría su alumbramiento efectivo de mano del nieto de Carlos Martel, Carlomagno, quien persiguiendo el recuerdo de Roma, aspiró a lograr una unificación política de los cristianos bajo su mando. Como sanción a su proyecto el papa León III lo coronó emperador en 800; tras más de tres siglos el Imperio regresaba a Occidente y pretendía colocarse a la altura de Bizancio. Sin embargo, este Imperio Carolingio ya no era mediterráneo sino continental, era germano, y el fundamento de su unidad no era el derecho sino la fe; el Imperium romanum se había transformado en Imperium christianorum. Por este motivo la religión se convirtió en un asunto público, elemento necesario para la construcción del estado, lo que convirtió a muchos eclesiásticos en agentes necesarios para articular la vida pública, de lo que se derivarían no pocos problemas en el futuro. Con la aspiración de regresar a Roma, Carlomagno reforzó las instituciones religiosas y trató de restaurar la cultura latina para construir el edificio político. En el imperio del germano que aspiraba a ser César ser cristiano significaba ser romano, esto es, civilizado.

Sin embargo, este proyecto de unidad del mosaico europeo bajo un solo poder se vino abajo por la debilidad interna y la presión exterior. Entre los siglos IX y XI, en la oscuridad que siguió al hundimiento carolingio continuó la lenta fusión de los fundamentos europeos en torno a Roma, centro religioso y recuerdo vivo del esplendor imperial, incorporándose a la romanidad vikingos, húngaros y eslavos a través de su asentamiento y cristianización. El sueño de la unidad política siempre estuvo presente, y en 962 la coronación de Otón como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico sentaría las bases para la definición de un poder temporal a imagen de la antigua Roma que reclamara la soberanía sobre el conjunto de los cristianos.

Sobre estas bases, en una Europa sin poderes públicos sólidamente articulados, se conformó un orden consustancial a los siglos medievales, la Cristiandad, la unión de los cristianos en torno a Roma más allá de pueblos y fronteras, que daría forma a proyectos políticos y manifestaciones culturales internacionales. Durante la Edad Media nadie hablaba de Europa en Europa. Entre 1085 y 1215 los pontífices dieron forma a un edificio en el que la Iglesia no sólo era una comunidad espiritual sino también política, con una cabeza, Cristo, que delegaba el poder el Papa, quien a su vez cedía el ejercicio del poder temporal al emperador, a quien debían plegarse el resto de señores cristianos. Quizás una de las más llamativas y tempranas manifestaciones de esta construcción internacional fue la convocatoria de la Primera Cruzada en 1095.

«Existen Augusto emperador dos poderes con los cuales se gobierna soberanamente este mundo: la autoridad sagrada de los pontífices y el poder real. Pero el poder de los sacerdotes es más importante porque, en el juicio final, tendrá que rendir cuentas ante el Divino juez de los gobernantes de los hombres.»

Gelasio I, Epístola VIII

image
En torno a Inglaterra y Francia la Guerra de los Cien Años movilizó a un buen número de poderes europeos. Batalla de Crécy (detalle). Grandes Crónicas de Francia (1415 ca.). British Library.

En el seno de la Respublica Christiana así constituida comenzó a gestarse la futura contestación de este orden: desde el s. XIII el mejor conocimiento de Aristóteles y el derecho romano en el ámbito universitario comenzó a insuflar fuerza a las monarquías nacionales en la reclamación de su propia soberanía frente al papa y el emperador. En la Batalla de Bouvines de 1214 se ha querido ver el primer enfrentamiento entre naciones europeas, pero la fragmentación cobró auténtica dimensión entre los siglos XIV y XVI. Desde el Atentado de Anagni de 1303, por el que los enviados de Felipe IV de Francia pretendieron apresar al pontífice Urbano VIII, las monarquías europeas no dejaron de presionar a papas y emperadores en el reforzamiento de su poder. Era la época en la que languidecía una visión del mundo, la medieval, que integraba el cielo y la tierra en un único edificio que daba sentido a todo; en adelante Dios y el orden espiritual serán vistos como cosa lejana al hombre, cuyo conocimiento se volcará en lo sensible. Es en este contexto, de mano de los intelectuales renacentistas, cuando la palabra Europa, de clara raigambre clásica, comienza a ser usada frente a Cristiandad como modo de designar a una comunidad que parte desde la consideración de los diferentes poderes particulares.

Con el avance de la razón y el derecho romano se iba conformando una teoría secularizada del poder que, en consecuencia, fue operando la fragmentación de la antigua comunidad internacional fundada en la religión. El triunfo de la Reforma Protestante a comienzos del s. XVI terminaría por derribar la unidad espiritual, dando inicio a un rosario de guerras que enfrentaron a los estados europeos a lo largo del quinientos y el seiscientos. Renacimiento y Reforma constituyeron dos facetas de la reacción moderna contra la tradición medieval, de vocación universal, operando una fragmentación en el ámbito europeo que en adelante otorgaría el protagonismo a los estados nacionales. El tránsito de Cristiandad a Europa es un viaje del todo a las partes, testimonio de unas transformaciones que según algunos autores permiten ver en todo lo europeo algo de protestante (3).

De ratificatie van de Vrede van Munster
Ratificación del Tratado de Münster (1648) – Gerard ter Borch. Foto: wikimedia

Este nuevo estado de las cosas, que tan hondas consecuencias tuvo para la cultura europea, requería de un nuevo principio o agente que sustituyera a la fe como elemento cohesionador, la razón, que tras la quiebra del absolutismo y el triunfo de la Ilustración conoció en el siglo XVIII una hegemonía que ni la filosofía griega ni la escolástica medieval le habían atribuido. En lo político se tradujo en el respeto mutuo entre unas naciones que, reconocidas en la autonomía de su soberanía y la legitimidad de sus intereses, acordaban un equilibrio por temor a la guerra. Europa se constituía así como una construcción realizada desde lo particular, situación que definitivamente sancionada en La Paz de Westfalia de 1648 y su reconocimiento del Estado-Nación como verdadero principio de soberanía.

Desde estas nuevas condiciones la aspiración a la unidad, siempre presente, se entendió fundamentalmente desde la política; en 1713 Charles-Irénée Castel, abad de Saint Pierre, propuso en 1713 por primera vez la unión de los estados europeos como medio para obtener la paz. Quizás por ello un movimiento intelectual como el de la Ilustración no demostró una excesiva preocupación por el asunto. Desde una visión elitista y con una fe inquebrantable en la razón se consideraba que la unión entre las naciones sobrevendría naturalmente gracias al entendimiento de hombres inteligentes y formados de los distintos países. De alguna manera, desde principios y valores nuevos, se volvía a planteamientos ya vistos al situar el fundamento de la comunidad más allá de lo político.

«El único medio de procurar la paz a los hombres es pues el de destruir los dogmas que los dividen, y de restablecer la verdad que los une: en esto consiste la paz perpetua […]; el ídolo cae, y la tolerancia universal se eleva cada día sobre sus escombros.»

Voltaire, De la Paz Perpetua. Por el Doctor Goodheart, XXXII

No obstante el proyecto ilustrado, esta Europa de las naciones conocería tras la Revolución Francesa y de la mano de Napoleón una época turbulenta de unificación por las armas bajo el signo de la Revolución. Bajo la presión del francés y desde los principios de Westfalia, el mapa europeo avanzó hacia su fragmentación política cuando diferentes naciones aspiraron a conseguir sus estados. Esta Europa de las naciones conocería su peor crisis con las dos guerras mundiales, quizás la expresión más dramática de la ruptura de la comunidad de los europeos, última manifestación del choque de intereses y las aspiraciones hegemónicas.

Hoy, por fortuna, Europa parece haber aprendido de los viejos caminos y contamos con unos marcos sólidos que han conjurado de nuestras fronteras enfrentamientos fratricidas. Sin embargo, toda época está convencida de las bondades de su programa y tiende a entregarse con entusiasmo a las nuevas soluciones. En un mundo que tiende a la globalización, en el que no pocos se muestran escépticos por la lenta disolución de lo que hasta hoy han sido nuestros marcos de referencia, nunca está de más volver la vista atrás para recordar la naturaleza de los cimientos sobre los que hoy queremos construir. Porque Europa es más que un mercado o una construción política.

NOTAS:

(1) DAWSON, Christopher, Los orígenes de Europa, Madrid: Ediciones Rialp, 1991, p. 21.
(2) Ibidem, p.13.
(3) VOYENNE, Bernard, Historia de la idea de Europa, Barcelona: Ed. Labor, 1970, p. 21.
BIBLIOGRAFÍA:
–DALEMBERG, Charles y SAGLIO, Edmond (eds.), Dictionnaire des antiquités grecques et romaines d’aprés les textes et les monuments, París: Hachette, 10 vols., 1873-1919.
–VOYENNE, Bernard, Historia de la idea de Europa, Barcelona: Ed. Labor, 1970.
–CURTIUS, Ernst Robert, Literatura europea y Edad Media latina, México-Madrid-Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 1976.
–DAWSON, Christopher, Los orígenes de Europa, Madrid: Ediciones Rialp, 1991.
–VACA LORENZO, Ángel (coord.), Europa, proyecciones y perce pociones históricas, Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 1997.
–GÓMEZ SÁNCHEZ, Yolanda y ALVARADO PLANAS, Javier (coords.), Enseñar la idea de Europa, Madrid: Editorial Centro de Estudios Ramón Areces,  2005.
IMAGEN DE PORTADA: El rapto de Europa – Maerten de Vos (1532)
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s