Forrest Gump como norma

Sin visiones conspiranoicas lo digo: Hollywood es uno de los mayores y más efectivos reproductores (y productores) de ideología en todo el mundo. No hay nada que sea más eficaz políticamente que todos esos discursos, símbolos y posicionamientos que no parecen políticos sino “naturales”. La normalización de una postura política la convierte casi en instintiva: es lo normal. Más allá de los márgenes que desarrolla en su discurso está la marginación, la invisibilidad o, en algunos casos, la locura. Esto, evidentemente, partiendo de una lógica en la que cada uno es lo que es a partir de la misma percepción externa.

Es lógico que no hay una explicación esencial de lo que ocurre. Por eso mi visión no es conspiranoica. Hollywood (de la mano de otras herramientas de construcción ideológica) no oculta una verdad esencial detrás de cada situación. Básicamente porque no existe tal explicación esencial que sería verdadera frente a otras que serían radicalmente falsas. Simplemente Hollywood se adelanta a explicar los sucesos: da una explicación gráfica, sencilla y, sobretodo, capaz. Posiciona a la gente respecto a lo que ocurre a su alrededor. Por eso decimos que el cine de masas es profundamente poderoso.

En este sentido, hay películas absolutamente fascinantes por su capacidad de emocionar al mismo tiempo que inyectan a presión un discurso político. Forrest Gump es una de las mejores en su campo. Nos emociona con la muerte de Bubba, de la madre y, sobretodo, de Jenny. Un niño con menor capacidad intelectual que el resto es capaz de superarse a sí mismo constantemente con una sencillez y una inocencia cargada de ternura. Y se enamora. Pero se enamora como lo haría un niño. De una forma radicalmente pura, en absoluto invasiva y, cómo no, de una chica con una considerable mochila de problemas a la espalda.

Hay una escena que me llamó poderosamente la atención por las similitudes que tiene en esencia con, sin ir más lejos, Titanic. La muerte de Bubba. Nos situamos en un episodio concreto de la demencial guerra de Vietnam. Como no podía ser de otra forma, en ningún momento ves a algún vietnamita porque, al fin y al cabo, solo eran un enemigo abstracto personificado en la figura del demonio comunista. No procedía que existiese la más mínima posibilidad de empatizar con el Viet Cong y con lo que respresentaba. Pero esto no es lo llamativo en este punto, sino la idea repetida en incontables películas de que una tragedia masiva (la muerte de numerosos soldados estadounidenses, por un lado, y de vietnamitas como consecuencia del Napalm, por el otro) se puede reducir a una concreta: la muerte de Bubba.

Es curioso como esa misma lógica se repite más adelante cuando un huracán hunde la industria pesquera de una región concreta al destruir todos los barcos pesqueros. Salvo uno: el “Jenny” de Forrest en nombre de Bubba Gump. Las consecuencias económicas para la zona son incluso divertidas para el director. De hecho, este suceso, nos contarán, es el que lanza a Bubba Gump al éxito.

Pero entremos ya en la salsa. Forrest, en concordancia con los valores estadounidenses, sale a flote por sí solo. Sin ninguna ayuda. Esto es lo normal y, de hecho, lo romántico de Forrest Gump. Y ya nos la han clavado. No importa que el Estado (entendemos el Estado como toda esa serie de instituciones, relaciones y mecanismos a través de los cuales opera la estructura legal de un sistema político concreto, no como lo entenderían los fans de las teorías conspiranoicas) no haga absolutamente nada por ayudarte a salir adelante. Da lo mismo que no existan herramientas concretas para echar una mano a la gente. No importa que un Estado no proteja a las personas. Porque al final, si te esfuerzas y tienes fe, conseguirás todo lo que te propongas. Es difícil encontrar un traslado de culpa tan sencillo en cualquier ámbito. Al final los pobres y los marginados, lo son porque quieren. Porque miren todos a Forrest: él lo consiguió.

Pero si nos fascina la ensaltación de la obediencia cuando se da de forma disimulada, cuando lo hace de forma explícita supone una excitación difícil de explicar. Su obediencia incuestionable tanto en el equipo de la Universidad, primero, como en el ejército, después, le llevan a la Selección Americana y a ser recomendado como General, respectivamente. Lo del ping-pong solo era una forma de humanizar y hacer inocente su presencia en una guerra. No os alarméis.

Forrest Gump como norma
vía bolsamania.com

Obedecer es triunfar. Y para obedecer, lo mejor es hacer las cosas sin pensar. Correr hasta aquí y, por qué no, correr luego hasta allí. Ah, y montar un arma batiendo el récord de velocidad. Sin pensar. Y sin tan siquiera hacer una valoración de lo conseguido. El instinto, eso sí, dentro de las lógicas de comportamiento aceptadas. Lo otro lo representaría Jenny. A Jenny protestar y llevar un modo de vida de experimentación le llevan donde le llevan.

Pero llegamos a la escena que más me interesa. 11 de junio de 1963. George Wallace, Gobernador de Alabama, intenta bloquear la entrada de dos estudiantes negros al Auditorio Foster de la Universidad. En la película, esta escena se ve representada de una forma muy peculiar. En ella, Forrest no entiende muy bien la situación y, por lo tanto, no adquiere conscientemente ningún posicionamiento político. Se anula el conflicto. El apoliticismo como virtud. Cuando Gump recoge el cuaderno de la chica negra, lo hace por una cuestión de educación, sin trasfondo. Se nos presenta a nuestro hombre con ternura, precisamente porque al no comprender el conflicto, no se sitúa en ningún lado. Lo peligroso de esta escena es que reduce el conflicto político hasta tal punto que tomar partido, se entiende, te deshumaniza.

Como punto final, me resulta especialmente llamativa la contradicción en la que cae el director cuando Forrest conoce a su hijo. En esa escena, pregunta a Jenny si Forrest Jr es “listo”. Ella le responde que sí y, entonces, él se emociona. Es curioso porque precisamente la película había girado alrededor de la no valorización de la inteligencia y, al emocionarse Forrest, todo este eje pierde el sentido.

Forrest Gump nos enseñó que no importa que los Estados no cuiden a los ciudadanos porque al final, por su propio esfuerzo, pueden conseguir lo que se propongan. Y si no, es porque son unos vagos. Además, me recordó que el fracaso y el alcohol a menudo nos acercan a posiciones como el ateísmo (teniente Dan, escena de la Nochevieja con Gump). Me dejó claro que lo mejor en política es no posicionarse porque la voluntad humana se mancha con los conflictos. Y cómo no, me recordó que el amor verdadero está reservado para las mujeres con un cuerpo normativo que no se salen mucho del guión. Las drogas, la búsqueda de emociones y conocimiento y la promiscuidad te excluyen inmediatamente del amor hegemónico. Acción.

 

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