La sexualidad en el espejo: Ghibli vs Disney

La pizarra se llena de garabatos en tiza blanca. Un payaso y un caballero. Emilie Cohl dibuja las diferentes peripecias de estos dos olvidados personajes. Borra y dibuja. Borra y dibuja. En ocasiones vemos su elegante mano trazando el alma de estas figuras, como encantadas. Durante más de un minuto, vemos como los personajes cobran vida. ¡Magia, brujería…et voilà! Somos conscientes de haber asistido al visionado de Fantasmagorie, primer cortometraje de animación de la historia.

El cine de animación nos ha fascinado durante décadas haciéndonos vivir las aventuras y devenires de personajes masculinos que se enfrentaban a diferentes pruebas de valía, de fuerza y de superación. El personaje femenino, mientras tanto, quedaba en un segundo plano como un trofeo a conseguir o como una víctima a la que auxiliar. Unos roles que apenas variaran hasta finales del siglo XX.

Esta conceptualización de lo femenino como elemento secundario es un patrón heredado de las obras de caballería, representadas por títeres y más cercanas a los mundos fantasiosos que a los diferentes estilos teatrales coetáneos de la época. Si a ello le añadimos el puritanismo religioso, elevado a la categoría de arte, que introdujo Walt Disney durante decenios, creamos un cóctel de moralina fácil con el que amamantar a generaciones de beodos. La cuestión del uso de las obras de animación como propaganda de un concreto estilo de vida y de unas pautas concretas en las relaciones intersexuales han sido una álgida causa de debate desde los 70. Según sagaces escritores, como A. Dorfman o A. Mattelart, críticos con esta forma creativa, nos encontramos ante una industria que durante décadas se ha desarrollado al servicio de la adoctrinación de masas, tema recurrente que podemos encontrar en el libro Para leer al Pato Donald.

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Este legado que nos ha dejado el género de animación tiene dos caras muy diferentes, la omnipresente Disney y el exquisito Studio Ghibli. Oriente y occidente. Cristianismo y Sintoísmo. Dos maneras muy diferentes de entender la vida y un mismo vehículo: el séptimo arte.

Los inolvidables largometrajes que nos ha presentado Disney durante años, con varios premios de la Academia, no esconden la realidad del tratamiento a sus personajes femeninos, mujeres débiles, cuyo papel se limita a ser rescatadas, a enamorarse y que, además, son obligadas por el guión a realizar grandes sacrificios para alcanzar esas premisas. Podemos encontrar esos patrones en las famosas princesas Disney: Blancanieves, Bella, Aurora, Jasmín, Ariel, etc.

En La sirenita, Ariel se queda muda por amor para poder estar con su príncipe ideal, poniendo en peligro todo su reino, familia y amigos, mientras que Eric, el apuesto y gallardo pretendiente se sirve sólo de su valentía y determinación para ser el principal valedor del triunfo en la trama. Por otro lado, se nos presentan a las mujeres poderosas como villanas corrompidas por el egoísmo, la envidia y sed de poder; como Úrsula, en la mencionada obra o Maléfica en La bella durmiente.

Otro punto muy a tener en cuenta es la caricaturización de los personajes masculinos que interactúan gentilmente con los femeninos. Disney nos muestra a héroes deformados en un espejo cóncavo, una especie de esperpento multidisciplinar que refleja sombras abstractas de personajes con grandes corazones encerrados en cuerpos anómalos, o transfigurados en objetos y en animales. Quasimodo, los enanitos, el Genio, Sebastián, Baloo, Robin Hood, Pepito Grillo, Chip…

Muy bajas expectativas igualitarias podían tener las chicas educadas bajo el sexismo de Disney y demás estereotipos fomentadores de la imagen de la buena chica, obediente y dominada por el padre y luego por el marido. Por fortuna, Disney está moldeando su visión de las protagonistas con el cambio de siglo y empieza a crear personajes femeninos muy fuertes e interesantes.

Mulan fue un primer intento de igualar el protagonismo femenino y masculino, aunque un intento menor al necesitar ella aparentar ser un hombre y luego aceptar la deshonra de haber pretendido ser un igual. Con Brave asistimos a la modernización de Disney. Mérida es una heroína impresionante que se revela contra los estándares de su sociedad, desafiando a su padre, el rey, y adquiriendo una posición de obstinada convicción en seguir su forma de entender la vida. Guerrera, inteligente, intrépida y fuerte. Mérida es la transformación necesaria de los príncipes de Disney.

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Cualquier mujer es tan capaz de ser una heroína como cualquier hombre de ser un héroe. vía zipanime.com

 

En Japón, el camino de la reivindicación de lo femenino como elemento principal, protagonista e independiente se verá allanado a partir de 1983, cuando un estudio tomará forma y comenzará a desarrollar personajes femeninos autosuficientes. Hablamos, por supuesto, de Studio Ghibli, que desde su primera película, Nausicäa del Valle del Viento, han creado un bastión de la defensa de los personajes femeninos. Gracias a la popularidad que obtuvieron El viaje de Chihiro y La princesa Mononoke las chicas milenaristas han encontrado una inagotable fuente de inspiración en sus pretensiones vitales. Y esto es algo que no podemos dejar como anecdótico. Hay que decirlo bien alto, gracias a Studio Ghibli, la conquista del mundo de la fantasía en el cine de animación por parte de la mujer es toda una realidad.

 

Hayao Miyazaki, el recientemente jubilado director de Studio Ghibli, lo definió así: «Muchas de mis películas tienen protagonistas femeninas fuertes; chicas valientes y autosuficientes que no se lo piensan dos veces al luchar por lo que creen con toda su alma. Ellas necesitan un amigo, o un compañero, pero nunca un salvador. Cualquier mujer es tan capaz de ser una heroína como lo es cualquier hombre

Éste es el camino necesario, que ha de implementarse en nuestras sociedades modernas. El respeto, la tolerancia y la igualdad han de ser la tiza blanca con la que las mujeres y hombres del siglo XXI hemos de escribir en la pizarra de nuestros sueños una y otra vez. Veremos como de tanto escribirlo, será una realidad y viviremos un mañana en que no hará falta decirlo más.

 

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