Camino hacia la inmortalidad

Julio del 92, falta menos de una semana para que den comienzo los Juegos Olímpicos de Barcelona, esos juegos que pondrán a España en el club de los países modernizados, esos juegos que eliminarán la caspa acumulada en la sociedad dominada por el franquismo durante medio siglo, esos juegos que oficializarán metafóricamente la España democrática.

Falta menos de una semana (cuatro días concretamente) y un charco de sangre se forma sobre el fresco cadáver de un hombre corpulento de mediana edad. Un hombre olvidado, un hombre que personificó el concepto de haberlo tenido todo… y al final nada. Estamos hablando de José Manuel Ibar, más conocido como El Morrosko de Cestona, más conocido como Urtain.

Más de 15 años separarían este hecho de la increíble interpretación de Roberto Álamo que posteriormente haría sobre el tablado de la mano de la compañía de teatro Animalario, un tablado replanteado a cuadrilátero para poder apreciar su vida, obra y milagros inversamente representada.

Esta obra genera algo más que puro entretenimiento superlativo, provoca una llamada a la reflexión, una reflexión sobre la cara “B” de un pasado no muy lejano. Una historia cuanto menos compleja y delicada que daría mucho de que hablar sobre el concepto del típico hombre ingenuo influenciado por personalidades de dudosa moralidad y sobre la extrapolación de este concepto hasta la vida diaria de cualquier ciudadano común.

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O quizá no, quizá esa persona aparentemente ingenua era completamente consciente de su situación y posición social aventajada que le permitía salir de un concepto de vida humilde, alejado de lo que a día de hoy (y hace 20 años) es considerado como éxito en la vida.

Urtain es el ejemplo personificado de la denominación Macho Ibérico, de la implantación de una actitud excesivamente masculinizada, de la sustitución del cariño, afecto y amor, por odio, rabia, violencia y (como reiteradamente se evidencia a lo largo de la representación) de los cojones de toro bien puestos como un buen macho. Este concepto persiste en un hilo constante haciendo continuas referencias a la actitud del Morrosko de Cestona, desde sus conversaciones incómodas con conocidos, hasta la representación de sexo salvaje y desbocado. Todo esto enmarcado en un aura melancólica y decadente más propia de una sociedad sometida a un yugo totalitarista.

Su estructura abandona el concepto de historia lineal a la que el público está acostumbrado. Se nos presenta una historia que transforma el desenlace en presentación, y la presentación en desenlace, cerrando así un círculo alegórico, una trama desmenuzada en segmentos que hace imposible no asemejar en ocasiones a la peculiar película de Cristopher NolanMemento (2000).

Resultaría fatídico no mencionar el hecho de que ocho únicos actores fueran capaces de interpretar a más de 50 personajes. Obviando ya de por sí la sobresaliente interpretación, esta magnífica obra perdurará como imbatible en lo referente a espectáculos teatrales, al igual que Urtain perduró durante décadas en la cima de la montaña.

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