Carrera a la eternidad

Extendió los brazos, miró al público y se golpeó el pecho. Del resto se encargó la inercia.

No se trataba de un récord, ni de la gloria olímpica. Era el ojo humano, que absorto, parpadeaba para ser consciente. Aquella fugaz silueta había burlado los límites de lo humano. En tan sólo 100 metros y 9 segundos con 69 centésimas, para ser exactos.

«He sorprendido al mundo»

Fue la hazaña, pero sobre todo, la forma de alcanzarla. Bastaba con ver a sus rivales. Lo mejor de la especie, a metros de distancia en una prueba decidida en los decimales. Al menos hasta entonces. La repercusión tuvo la misma dimensión que el posterior debate. Si su marca se había firmado a “trote”, ¿dónde estaba la frontera? La fórmula del “y si” nunca había irrumpido con más fuerza.

Era puro espectáculo. Se convirtió en la estrella de su propio circo, uno para el que estaba preparado. Uno que necesitaba para seguir superándose a sí mismo.

Pekín fue sólo el principio.

Todo lo que hacía parecía fácil, incluso insultante. Su osadía, su show, sus palabras. Todo se alejaba de lo terrenal. Y como todo aquel que coquetea con el Olimpo, los mitos se propagaron sobre una figura que se advertía ajena a la adversidad y el esfuerzo.

Bastó un viaje a sus raíces para descubrir su historia. Una que empezó en Sherwood Content, una pequeña localidad jamaicana, donde creció junto a sus padres Wellesley y Jennifer Bolt, y sus hermanos Sadeeki y Sherine. En la parroquia de Trelawny se divisaron las primeras zancadas de un niño que no tardó en diferenciarse del resto.

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vía Hoch Zwei/Imago/Icon Sportswire

Bolt no era como los demás, y no sólo por la luz que arrojaba su talento. Nació con escoliosis, una desviación de la columna vertebral. En su momento, la espalda arqueada de ese bebé pasó desapercibida, pero hizo que creciera “desnivelado”, con la pierna derecha 1,5 cm más corta que la otra. Sus padres no tenían recursos económicos para tratarlo, y daba igual. Cuando echaba a correr, todo se quedaba atrás.

Parecía anecdótico, y así lo era para aquel desgarbado adolescente sin intención de enderezar su camino, ni su determinación para dedicarse al tartán. Las victorias llegaban y sin entrenamiento. No hacía falta. Se trataba de correr, no era serio. Cualquier momento era bueno para escaquearse o elaborar una de sus bromas. Algunas llegaban incluso demasiado lejos, como en Bridgetown, Barbados, donde se le ocurrió esconderse detrás de una furgoneta poco antes de su serie de 200 metros en los Juegos CARIFTA. Fue detenido.

Una de tantas que le tocó soportar, no sin sobresaltos, a Pablo McNeil, ex velocista olímpico y entonces entrenador, junto a Dwayne Barrett, de aquella criatura. La solución: mandarlo a Kingston.

El destino, ese juez oculto y soberano, quiso que el lugar de su castigo fuera también su plataforma de despegue. Y casi literalmente. En 2002, la capital jamaicana acogería el Mundial Junior de Atletismo, donde un Usain Bolt de 15 años y sus imponentes 1’94 metros de altura se coronarían en los 200 metros como los campeones más precoces de la historia.

Había nacido una estrella, o un relámpago.

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vía Getty Images

Convirtió la velocidad en su vida. Pero quiso llegar tan rápido a la meta que a punto estuvo de quedarse en el camino. Se sucedían las carreras, los entrenamientos, los excesos y las expectativas. Su cuerpo (y su espalda) empezaba a decir basta, pero no su ambición. Ni la de su nuevo entrenador, Friz Coleman. Se acercaban los Juegos Olímpicos de Atenas y su padre avisaba:

«No debes ir, no te mereces estar ahí, no te entrenaste lo suficiente»

Estuvo certero. Eliminado a las primeras de cambio, lesión incluida, con 17 años y una decepción que lo recluyó en su casa. Su carrera estaba en peligro.

Hasta que apareció Glen Mills, su nuevo entrenador. Esta vez sí, el definitivo. Aquel que en vez de meterlo al gimnasio, se lo llevó al traumatólogo. Las citas fueron con Wilhelm Müller-Wohlfahrt, el “médico milagro”. Descubrió que sus múltiples lesiones se debían a una escoliosis progresiva que le hacía aplicar un 10% más de fuerza sobre la pierna izquierda. Un problema que afectaba seriamente a sus isquiotibiales, básicos para un velocista.

Había que equilibrar al gigante, hacer fuerte su zona débil. Y lo consiguieron. Aunque la escoliosis no iba a desaparecer su cuerpo era otro. También su actitud.

Comenzaba el ascenso.

Había que adentrarse en la élite, ahora con la lección aprendida. Había que ganar experiencia, perder los nervios y pulir la técnica. Pero le costaba arrancar, tanto como en la salida. La culpa la tenían las lesiones, y la solución, los entrenamientos. Hubo que cambiar el guión y dosificar la explosividad. Entonces apareció la opción del 400. Tenía sentido, por perfil, potencial y  dominio de la curva. La prueba más odiada (por agotadora) de los velocistas parecía diseñada para él, pero Bolt tenía otros planes.

Más concretamente en el hectómetro. Su obsesión por los flashes le condujo a un reto de potencia, concentración y adrenalina. No fue fácil, empezando por su entrenador, que escéptico, insistía en el 400, y más a un año de los JJOO de Pekín. Tuvo que hacer de las suyas.

El propio Bolt lo explicaba en una entrevista a EL MUNDO en 2008:

  • ¿Cómo le convenció?

  • Hicimos una apuesta. Si yo batía el récord jamaicano de 200 de Don Quarrie (19.86), vigente desde 1971, él me dejaría entrenar el 100. Hice 19.75 en los Trials de mi país en 2007 y tuvo que prepararme.

Apenas unos meses después, llegó la plata en el Mundial de Osaka, aunque en los 200 metros. Sería la última vez que no se subiese a lo más alto del podio.

El preludio tuvo lugar el último día del mes de mayo de 2008, en Nueva York, cuando una tormenta anunciaba su primer paso a la eternidad. Frente a Tyson Gay y su quinto sprint en el hectómetro, un rayo paró el tiempo en 9’72. Récord del mundo. Desde entonces, hasta hoy, y a saber cuándo, el más rápido del planeta.

En 2012, Usain Bolt se autoproclamó leyenda, y sin embargo, los medios ya lo hicieron en 2008, cuando decidió poner el crono donde ningún hombre había sido capaz. En los 100 metros lisos, donde apenas un año antes, había corrido su primera carrera. Su marca: 10’03 segundos. Esta vez los pulverizó en 9’69. Con dominio, una sonrisa imborrable y 41 zancadas, cuatro menos que el resto. Diferenciales.

The Times

El mundo asistió atónito como aquel desgarbado arquero hacía replantearse los límites del ser humano. En sólo una carrera, resucitó el atletismo y lo hizo protagonista. Todos querían verle a él mientras se preguntaban cómo, porque en el fondo, sabíamos que podía dar más, que se había dejado llevar. Para lo que muchos era chulería para él era un trance.

«No estaba pensando en el tiempo. Mi único objetivo era ganar. En esos momentos no sabía que corría por debajo del récord del mundo. A los 60 metros, miré y vi que Asafa (Powell) no estaba a mi altura y me supe campeón. Entonces escenifiqué mi alegría, no pude contenerme.»

Su gloria se extendió al 200 (también con plusmarca mundial), a los relevos (otro record, no es broma) y a todo lo que viniese después. Una grandeza que inspiró un gen competitivo implacable, una llama que no hemos visto apagarse, y que desde entonces, se encargaría de sostener su éxito.

Parecía invencible, y así se reafirmó en Berlín. La hora de la confirmación, el lugar perfecto para acallar habladurías y sospechas. Bolt no era una casualidad, ni tampoco un producto del dopaje.

«Bolt es una broma genética »

Así le describía Carlo Vittori, el entrenador más prestigioso de la velocidad europea, aquel que convirtió a Pietro Menea en el mejor velocista blanco de siempre. Se lo explicaba a Martí Perarnau, que como muchos después de la cita alemana, buscaban una explicación, la cual descubrió que era simple. Demasiado tal vez.

«Simplemente, este hombre tiene una musculatura de mejor calidad que la de sus rivales. No hay ningún refinamiento técnico especial, sino que estamos ante un ser excepcional. Sin más». – Jesús Dapena, profesor del departamento de Kinesiología de la Universidad de Indiana.

La culpa la tenían 9’58 segundos. Otro record del mundo, otra barrera derribada por el extraterrestre. Usain Bolt y la fiebre del oro.

Añadía Virotti que con él, «Darwin se ha superado». Pero no solo era cuestión de genes. Sentenciaba que Bolt era hijo del entrenamiento, fruto de una fórmula imbatible, un ser excepcional con el sistema hormonal estimulado al máximo y dispuesto a entrenarse como nadie para destrozar sus límites.

Detrás de esa vanidad, había un animal competitivo, un pozo inabarcable de ambición consciente de su capacidad, de su habilidad para alcanzar la inmortalidad. La fama formaba parte de esa persecución, pero iba más allá. El único aliciente que necesitaba era la trascendencia, el conseguir lo que ningún otro.

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Carlo Virotti / The Tactical Room

Y sin embargo, el mismo se proporciono otro estímulo. El de la derrota, el de caerse para después levantarse. El secreto del éxito, en definitiva, aquel que descifró ya en su juventud. Fue el ansia de grandeza, el deseo de volver a derribar barreras, lo que en Daegu, en el Mundial de 2011, precipitó a Bolt a despegarse de los tacos demasiado pronto y ser descalificado.

«¿Buscáis lágrimas? Eso no va a suceder», dijo a los periodistas. Y siguió su camino. Tanto que apenas 5 días después, no fallaría en el 200. Pero la espina estaba ahí, y los Juegos Olímpicos de Londres, a tan solo un año de distancia.

El jamaicano había mostrado su cara mortal, la del error y la decepción, la que desmontaba el mito del invencible. Porque él nunca lo fue, que sí el mejor. Condición que no había perdido pese a la aparición a escena de Yohann Blake, su compañero de entrenamientos. No obstante, mientras los demás nos quedábamos con su labia, su desvergüenza y su afán de notoriedad, él trabajaba.

Como el que más. Siempre.

Porque el mundo seguía empeñado en ver una superioridad innata, casi milagrosa. Y si, esa indolencia existió, pero la dejó en su adolescencia. Una vez más, bastaba con ir a la isla del reggae, a la humilde y solitaria pista de la University of Technology para comprobarlo. Lo hizo France Television, con sobriedad, olvidándose de los esplendores ya conocidos para mostrar el sacrificio que tanto escepticismo acarreaba su fachada.

Aquella narrativa no era insólita. El triunfador que en el fondo es como los demás, que predica cómo el trabajo duro es la base del éxito. Pero Bolt es distinto hasta para exponer la realidad. Su soledad, su auto exigencia, volvían a revelar un gen que no tenía nada que ver con su fisonomía.

El torso desnudo, con la espalda rebozada del poliuretano que le proporcionaban sus descansos tendido en el tartán. Era la imagen de un guerrero, a su vez, vencido por el castigo que guardaban las infernales series de 400 metros al máximo a las que estaba sometido. Al final se le veía arrodillado y vomitando. Un atleta de extremos, tanto para lo vistoso como para lo oscuro.

  • No estamos acostumbrados a verte sufrir.
  • Eso es por lo que estáis aquí, para mostrar la realidad.
  • ¿Es ésta la realidad? ¿Quieres decir que la competición no es la realidad?
  • Escucha, el trabajo está entre bastidores, la competición es la parte fácil.

En ese instante de desaliento, sin querer, Bolt se vio en el espejo de Muhammad Ali. El genial púgil odió «cada minuto de entrenamiento», pero también reconoció que las peleas, al igual que las carreras, eran la parte sencilla.

Esto veía la luz unas semanas antes de encenderse la llama en Londres. Llegaba mermado y con la presión de redimirse, de escribir un nuevo capítulo de su leyenda, de volver a fascinar a un público al que empezaba a malcriar con sus proezas. El 200 no admitía dudas, y así lo demostró en su curva predilecta, pero el 100 era otra historia.

Se trataba de un duelo de estilos. Yohan Blake, además de haberle superado en los trials ese año, representaba el velocista compacto, fuerte y complexión de Maurice Green. Usain era el campeón más alto de la historia, un rara avis en una disciplina por entonces diseñada para cachas de gimnasio. Su caso parecía reservado a la biomecánica, especialmente sus zancadas.

«Aunque tenga que movilizar mucha masa, las piernas largas son una ventaja biomecánica por el efecto de palanca», explicaba a SINC el doctor Joan Ramon Barbany, profesor de fisiología del ejercicio de la Universidad de Barcelona (UB).

No prescindió de su show antes de la final, pero el semblante era más serio de lo habitual. Todos sus rivales estaban en el cénit de sus trayectorias, y la recta no tiene margen de error. Victoria o fracaso, para él no había otra opción. Pocos deportistas han tenido que sufrir una línea tan delgada entre ambos.

Sin embargo, enésima vez en la que no daba opción. Alegría, por supuesto, pero también alivio. Su cuerpo no se lo había puesto fácil. Pese al recorrido que aún restaba, la leyenda estaba consagrada. No se trataba de acumular, sino de la simple y pura velocidad.

«Mi único desafío es la velocidad, correr más rápido, superar los límites de mi cuerpo», recogía EL PAÍS.

Decía que se estaba haciendo viejo (26 años entonces), y que sus records también. Sabía que el final estaba en el horizonte, aún lejos, pero reconocible. Su mayor obstáculo y rival eran él mismo, su deseo de llegar donde ningún otro lo había hecho.  De nuevo, la soledad de lo extraordinario, de vencer año tras año al pasado. Bolt contra Bolt, como diría Manuel Jabois.

Para el mundo, sólo cabía su sonrisa, sus logros y su manera de alcanzarlos. Que si va sobrado, que si solo se toma en serio las grandes campeonatos, que si se deja llevar (“imagina si no lo hiciera”)…Con el tiempo, a la sombra de los titulares, estaban las respuestas. Lo primero era difícil de matizar a simple vista, pero sus entrenamientos esclarecían. Lo segundo lo explica su salud; no es que no quiera participar en todos los mítines,  es que no puede. Y para lo tercero, reapareció Marti Perarnau para iluminarnos.

«Bolt no se relaja como muestra de superioridad o parte de su show, sino porque corriendo de forma relajada logra que la caída de velocidad sea levemente menos pronunciada. En Pekín 2008 sí se dejó ir, pues bajó hasta los 40 Km/h en los últimos diez metros. En sus sucesivos éxitos ya no ha sido así, pero el tópico continúa empleando el latiguillo de 2008, cuando lo que está sucediendo en realidad es que Bolt no está en la óptima forma de aquel año y el siguiente, a causa de los serios problemas que padece en la espalda.»

El rayo dosificaba sus destellos para las noches de gala, hasta que llegó Moscú. Paradójicamente, con el camino despejado. Había vuelto la sombra del dopaje, una que realmente nunca se fue, pero que volvía a ensombrecer a las estrellas. Primero Tyson Gay, luego Asafa Powell. Y por si fuera poco, Yohan Blake comenzaba un calvario de lesiones del que todavía hoy intenta desquitarse.

Mientras los demás se sumían en la penumbra, Justin Gatlin salía de ella. Sólo quedaba él, con el papel de villano vigente y una furia interior devastadora. Una que exhibía en cada hectómetro, convirtiendo poco a poco los abucheos en aplausos. No pudo con él en Moscú, pero meses antes sí en Roma. El duelo existía.

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Olivier Morin / AFP

Ante la falta de competencia en Rusia, se le podía quitar mérito, mas era cosa de imprudentes. A Bolt no le faltaron los infortunios, y ni rastro de quejas. No había temporada sin dudas ni problemas físicos, y ahí estaba. Puntual a su cita con el oro, por partida doble, o incluso triple.

La victoria como rutina. En el 100, en el 200 y en los relevos.

En cualquier otro caso hablaríamos de normalizar las gestas, pero las suyas dejaban un regusto especial. Tal vez porque eran una vez al año, porque su esplendor duraba menos de 10 segundos. Ese placer, que por efímero, es más excitante. Uno que invita a no parpadear para evitar perderse. Suena el pistoletazo y el ojo se agobia. Por instinto, intenta seguir las ocho trayectorias. Es imposible. Opta entonces por su verdadero objetivo, lo encuentra, y cuando quiere saborearlo, ya es demasiado tarde. Una y otra vez, deja con ganas de más. Todas las carreras terminaban igual, y sin embargo, todas eran diferentes.

Querer clasificarlas es injusto para las que quedaban rezagadas. Cada victoria tiene su historia, a cada cual más grande. Como Pekín. Y no, no hablo de 2008. El retorno al ‘Nido’ le aguardaba con la misma expectación que le despidió siete años atrás.  A Bolt le esperaban flashes, decibelios y posiblemente, el mayor de sus desafíos.

Justin Gatlin llevaba un año anunciando su redención. Una que le reencontrara con la gloria once años después de su oro en Atenas. Físico de culturista, salida de vértigo y la fortaleza mental del que ha vivido en el infierno. Sin nada que perder. El rival más feroz al que se ha enfrentado jamás, y en las peores condiciones. Su preparación para el Mundial consistió en masajes, viajes al traumatólogo en Alemania y apenas dos cienes. Antes que al tornado de Mississippi, Bolt tenía que superarse a sí mismo. Otra vez.

Pero ahí estaba, sonriente e infantil sobre el tartán pequinés. Con un rostro despreocupado, con nuevos pasos de Dancehall que exhibir y más letras de Bob Marley que bailar. Su mímica le hacía parecer indiferente, hasta que llegó el aviso.

Semifinales, despegue de los tacos y tropezón. A punto de quedarse fuera. Glenn Mills era consciente de que su vulnerabilidad no pasaba por su físico, sino por su cabeza. «Te lo piensas mucho, Usain, te estás obsesionando con la salida. Ya eres mayorcito para saber lo que tienes que hacer».

Y sabía lo que tenía que hacer: la mejor carrera de su vida. No la más rápida, la mejor. Por todo. Vaya si la hizo.

Como narraba Carlos Arribas en EL PAÍS, esta vez no era Bolt contra el tiempo, ni contra la nada. Era contra otro atleta, un mortal que desafiaba el triunvirato del más rápido de la historia. Para vencerlo tuvo que hacer una de sus mejores salidas, una que fue capaz de mantener a raya la diabólica cadencia del norteamericano. Torso vertical, rodillas arriba y cadera bien alta, el jamaicano lo dejó todo en el hectómetro, pero Gatlin resistía. Una lucha de voluntades en la que un pequeño traspiés decantó la balanza.

Usain Bolt crosses the finish line ahead of Americans Justin Gatlin, Tyson Gay, Mike Rodgers and Trayvon Bromell in the Men
Victor Fralle

Bolt había sobrevivido, porque como afirmaba Michael Johnson, “no se trataba de una cuestión técnica, sino de correr por su vida”. Los grandes se rendían a sus pies, al igual que un público que supo apreciar que no había sido una victoria más. Era el más veloz sobre el tartán, ahora también sobre el alambre. Él también supo valorarlo.

Tras un 2014 en la sombra querían destronarle.  Por primera vez se le subestimó, se planteó la absurda exigencia de tener que demostrar a quien ya lo había conseguido todo. Pero él se desentendió de los simbolismos, del bueno contra el malo, del tramposo contra el limpio. Quería ganar por él.

«Que nadie dé por muerto nunca a Bolt pues él ha estado en lugares en los que ningún ser humano ha estado antes, y sólo él sabe lo que es estar en esos territorios» – Maurice Green

Cada día que pasaba su talento valía menos, y más su deseo competitivo. Usain conocía la cima mejor que nadie, así como la dificultad de mantenerse en ella. Había alcanzado un punto en el que no entendía la competición sin éxito, la pasión por lo que hacía se anclaba en la gloria, porque era ésta la que ponía el techo. La superación consistía en ganar, en ser un poco más grande, y hacía tiempo que su cuerpo le avisaba de que eso no iba a ocurrir siempre.

Ya lo advirtió en febrero de 2015, pero no fue hasta su llegada a Río cuando disipó cualquier duda: «Estos serán mis últimos Juegos Olímpicos. He hecho y demostrado todo. Es el momento de hacerlo».

Eran palabras duras pero necesarias. Una despedida anticipada aseguraba la fiesta que merecía. Él se obligaba así a despedirse en lo más alto, y el espectador, de disfrutar la dulce y emocionante angustia de saber que cada zancada podía ser la última.

El show de siempre, a su manera, ahora más especial que nunca, sumido en la algarabía que transmitía una ciudad hecha para sus extravagancias. En el estadio todos se apresuraban a su asiento mientras en el viejo continente, renunciábamos al sueño. Merecía la pena. Era Bolt.

Nunca corrió el 100 más lento para agrandar su leyenda. No importaba. Había ganado y se demostró invencible. Suficiente para que nadie le olvidase, para afianzarse en el recuerdo. Consistía en resistir al tiempo, y esta vez, también de mirar atrás. Porque la gloria se la había dado la recta, pero todo comenzó en la curva.

Su cuerpo no le dejó bajar de 19 segundos en el 200 tal y como él quería. No cruzó la meta con una sonrisa, sino con un grito. Uno de frustración, de impotencia, sensación que apenas duraría unos instantes hasta que se volviese a empapar de gloria. Ni nada ni nadie podía estropear su adiós, ni siquiera Estados Unidos en los relevos. El triple triplete, el triple hat trick, como ustedes quieran. Bolt volvía a cumplir su leitmotiv: lograr lo que nadie ha logrado y quizás nadie logre.

Getty Images

Abrió los brazos para saborear su grandeza, hizo el rayo para encumbrar su portada y besó el tartán para agradecer a su fiel compañero. Tras el espectáculo, llegó el momento de hacer inventario, de concluir lo que todos sabíamos pero necesitábamos escuchar. EL PAÍS transcribió su veredicto.

«He venido a Río para probar al mundo que soy el más grande, y lo he hecho. Por eso he dicho que son mis últimos Juegos. He trabajado toda mi carrera solo por este momento, para que se acuerden de mí como el más grande».

Londres le espera como ya lo hizo Pekín, pero esta vez, sabiendo que esa puerta que (constantemente) deja abierta, se cerrará para siempre. Sabiendo que ha llegado el momento porque no hay nada más detrás. Porque el tiempo ha dicho basta.

El destino de los Juegos Olímpicos es el de crear héroes, y no dejará de haberlos, pero Bolt ha conseguido dejar atrás un vacío que costará generaciones completar. El valor de su legado radica ahí, en lo inalcanzable, en la imperfecta perfección de su causa.

Porque a Bolt no le hará inmortal el éxito, sino la memoria.

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