No te rindas, que la vida es eso

El ceño fruncido sobre unas mejillas enrojecidas de tanto esperar al sol. Callado, Alberto observa a más de cuarenta niños que juegan a fútbol sobre el campo de la pequeña localidad catalana de Sant Jaume dels Domenys, buscando algún chaval para subirlo con el equipo de infantiles que él entrena. «Vengo aquí para coger a alguno y ver cómo lo van haciendo antes de entrenar a los míos », comenta.

Nadie perturba su tarea. Con la mirada fija al juego, solo saca media sonrisa para los padres de jóvenes jugadores que pasan y le hablan en un tono familiar; todo el mundo parece conocerle. «Tú qué, ¿No sabes vivir sin fútbol?», bromea una madre que se le acerca cariñosa. Alberto, en una tarde de un lunes cualquiera, se ríe y le contesta: «Bueno… ».

El fútbol formativo por el cual se desvive también contempló sus primeros pasos, hace ya 18 años, cuando él solo tenía cuatro. Entonces echaba sus primeras carreras en la escuela del Córdoba, equipo fetiche de su Andalucía natal. ‘La pasión infinita’ cordobesa todavía le acompaña hoy en día; de chaval llevaba la camiseta del club cuando tocaba hacer gimnasia en el colegio y vibraba con los suyos marcando las cruces de la quiniela entre clase y clase. La única pega es que no lo podía hacer bajo su querido sol del sur.

Rueda el balón

En 2001, su padre, José, recibió una muy buena oferta de trabajo como transportista que cambiaría por completo los planes de Alberto. Con otro hermano pequeño, también Rafael, la familia Tavira no podía rechazar la opción, ya que les permitía dar un salto de calidad importante a nivel de vida, aunque eso significara tener que partir y buscar un nido en Cataluña: «Ahí las cosas iban muy justas y claro, no se podía decir que no ».

El niño, a sus 7 años, experimentó un cambio radical que lo llevó a un nuevo hogar: «Todo era totalmente diferente. Me adapté con el idioma, pero fue duro. Eso sí, yo seguí jugando a fútbol como siempre. En el parque, con un balón, una lata, dos árboles como portería… Yo chutaba lo que fuera». El destino, el fútbol o las horas pasadas en las pistas del pueblo quisieron que el sacrificio de dejar su mundo atrás tuviera recompensa:«Mi caso es una de esas cosas que mira, pasan». «Estaba jugando en el parque con uno de los primeros amigos que hice, con la casualidad de que su padre era el entrenador de un equipillo enlos Monjos (Barcelona), el Mas Catarro. Ahí me dio una hoja para apuntarme y nada, cuando fuimos con ellos a un torneo, unos ojeadores del Barça me vieron, me empezaron a seguir y a los pocos días se pusieron en contacto con mis padres para decirme que me querían y que fuera a entrenar».

«Yo no vuelvo. Cuando fui a probar, al entrar al coche para el viaje de vuelta, fue lo primero que le dije a mi padre. ¿Tú sabes lo qué es eso? Te recoge un entrenador, te suelta, viene otro, pruebas con mil niños en unas instalaciones brutales; fue impresionante», explicaba Alberto, mientras su cara retornaba a esos instantes, a esas primeras impresiones que todavía hoy le conmueven y permanecen inmóviles en su pensamiento, como una ancla. Sin embargo, decidió volver. Y volvió para quedarse. En solo dos años ya era el primer capitán del equipo, doblando con categorías superiores y capitaneando también la selección catalana infantil con la que ganó el Campeonato de España; los entrenadores estaban encantados con él y su adaptación al club, el juego y la situación fue envidiable.

Tarde del domingo 1 de mayo de 2016

Alberto se enfunda su elástica por última vez esta temporada. Su equipo recibe al líder y, con solo una jornada por disputarse, éste les aventaja en dos puntos. «Estamos en casa y venimos trabajando muy bien, creo que lo podemos sacar hasta fácil», pronostica. Finalmente, el choque se cierra con un 2 a 1 favorable para los suyos, con un gol visitante que solo inquietó en los minutos finales. Campeones de liga y promoción directa.

No obstante, él ya no juega en el Barcelona ni viste la camiseta azulgrana, ahora milita en el modesto Sant Jaume, un club pequeño de un pueblo de la comarca del Baix Penedés, Tarragona, que consiguió el ascenso a la tercera división catalana el pasado mes de mayo. De la gloria en el torneo MIC de Semana Santa que todos sus amigos miraban para seguirle por televisión, al polvo y barro de la cuarta catalana.

«Tuve buena suerte para llegar a donde llegué, pero una serie de decisiones hicieron que eso cambiara. Mala suerte o quién sabe, podría haber ido bien», dice. La verdad es que todo iba bien, Alberto Tavira sonaba como uno de los grandes nombres de la cantera azulgrana; un central contundente que gozaba de un gran físico y que, por encima de todo, sabía salir con el balón controlado a las mil maravillas. En foros de discusión online donde se comentaba la evolución de las perlas del Barça, el apellido Tavira siempre aparecía, cercano a otro chico de su promoción apellidado Deulofeu, y algunos aficionados preguntaron extrañados que había sido de él cuando no figuraba en la plantilla del Cadete A.

«Entonces yo tenía unos 15 años e iba y venía cada día con el taxi que ponía el club, pero era mortal. Salía de mi casa por la mañana y no volvía hasta la noche y eso afectaba a mi rendimiento, así que mis padres pidieron que yo entrara a ‘La Masia’». La propuesta no tuvo éxito y el Barcelona hizo una contraoferta monetaria mejor para al menos un año más.

«Pero mi agente…». Rubén Ortiz. Él señaló hacia Valencia para que Alberto jugara poco más de 6 meses ahí, con 16 años y lejos de los suyos. «Para mí, fue un tiempo que tiré a la basura. Yo, a mi edad, no pude estar bien nunca. Veía como los otros compañeros de equipo se iban cada fin de semana con sus familias de Alicante y Castellón, pero yo a lo mejor veía a la mía una vez al mes. Y gracias.”

El hombre que lo llevó a otro grande de España, lo devolvió para casi enterrar sus sueños sin quererlo. Tras su no adaptación, Rubén estimó que jugar cerca de casa sería lo mejor, así que el ‘Nàstic de Tarragona’ y su filial parecían una buena opción a sus ojos. «A él le prometieron que subiría con la Pobla, que estaba en muy buena situación, por lo que jugar un año en preferente, volver a la selección catalana y seguir creciendo pintaba bien. La verdad fue que eso duró dos semanas».

Volver a Cataluña significó retroceder tres pasos. Después de recibir ofertas serias de Real Madrid y Zaragoza, el Nàstic fue una decisión fatal y lo terminaría dejando para irse a la Damm (Barcelona). «Lo peor de todo no era el nivel, no estaba mal y se competía con exigencia. Lo peor fue cómo se jugaba y cómo era el club. Acostumbrado a un Barça o un Valencia, en Tarragona y en la Damm cambiaron mi estilo de juego. Buscaban gente fuerte que fuera a muerte y nada de sacar el balón con pases, si no pelotazos arriba y dureza al corte».

Por si fuera poco, volvía el calvario de los desplazamientos como lo recuerda uno de sus compañeros de clase, Ignasi Morales: «Normalmente ya era un parras, pero el tío tenía que coger el tren para ir y volver y no tenía tiempo material para hacer nada. En segundo de bachillerato es imposible hacer algo parecido».

Noche del domingo 1 de Mayo

El ascenso del Sant Jaume devuelve al club a la categoría «de la que nunca tuvo que salir”, afirma en sus redes sociales Sergi Guasch, aficionado y ex del equipo. Aunque ninguno de los jugadores del primer equipo llegara a oler la tercera división cuando estaban en ella, el regreso hace mucha ilusión al pueblo, por lo que organizan una pequeña rúa a modo de celebración. Jugadores y staff técnico recorren el pueblo en el remolque de un tractor verde, haciendo gala de ser tierra de viñedos.

Sobre él, todos cantan y saltan turnándose la copa de campeones; ‘selfies y birras’. Alberto bromea con uno de sus compañeros y, en un momento, se quita la camiseta de ‘Campions’ para festejar. En su costillar derecho se puede leer: «No te rindas, que la vida es eso: continuar el viaje, perseguir tus sueños». «Ese es un poco mi lema», cuenta. «El otro día, por ejemplo, hablé con Deulofeu que estuvo por aquí y me preguntó que qué era de mi vida. Bueno, hemos seguido caminos diferentes, pero no importa. ¿Preocupado, eh?», bromea.

«Estoy seguro que seguiré con el fútbol. Ya no es lo mismo porque aquí no es tan en serio y tengo más cosas: ahora quiero empezar psicología y no sé lo que haré. Que sigo aquí, bien. Que viene el Vendrell de Segunda y tiene un proyecto serio, puede ser interesante, pero no veo más allá de dos semanas vista». Lo cierto es que Alberto empezaría el curso con el verde del Sant Jaume en la camiseta, con un proyecto renovado y de calidad que aspira a seguir creciendo y luchando por cosas mejores. Él sigue entrenando y viviendo el deporte con felicidad.

A los cuatro años, Alberto Tavira se casó con el fútbol para difícilmente divorciarse. Desde su rápido ascenso a lo más alto del nivel base, hasta el difícil trago de volver a la arena y las patadas de los domingos por la tarde en la cuarta catalana, pasando por las llamadas de los entrenadores del Barcelona, sorprendidos, porque su capitán y una de las mayores joyas que tenían se marchaba de un día para otro a jugar lejos. «Si hubiera seguido en el Barça, estaría en un segunda mínimo, creo, pero soy feliz con lo que hago y seguiré con esto. Por la de cosas que he pasado, la gente siempre me ha dicho ‘solo es fútbol’, pero ya ves, ellos no lo entienden».

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Un comentario en “No te rindas, que la vida es eso

  1. Ostres! JAume i Alberto, dos nois que vaig tenir com alimnes de grec a l’Arboç! Un grn goig de saber que sou periodista i entrenador respectivammet!
    Orgullosa de ser un dia profe vostra!
    El meu germà es el president del Mercantil (Sabadell)!

    Le gusta a 1 persona

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