Sangre, olvido y polvo: morir en la guerra civil

El tiempo pasa, el polvo se acumula sobre las estanterías, los cajones guardan recuerdos que no tienen cabida en nuestro día a día. La Historia tiene la capacidad de transportarnos a épocas pasadas de la mano del relato, a partir de él podemos elucubrar sobre qué hizo tal o cual individuo e imaginarnos qué habríamos hecho en su lugar. Acostumbrados a relatos históricos en novelas y películas hay momentos en los que la realidad supera a la pura verosimilitud que el propio cuento trata. Es ahí donde nos colocamos para comenzar este relato, un relato que asusta por la realidad que le rodea y que oculta tras él un pasado pantanoso y todavía por superar: la guerra civil española.

La guerra civil (1936-1939) surge como una reacción violenta a un régimen democrático que se ve propiciado por el choque de posturas políticas y culturales y que deriva en el mencionado conflicto. Más allá de idealizaciones y romanticismos, la II República representó un periodo de esperanza en un mar de oscuridad que suponía la España de principios del siglo XX, con una casta política alejada de la realidad mayoritaria, un pueblo atrasado cultural y tecnológicamente y que carecía de derechos sociales e individuales. Pero para poder entender qué ocurrió para que se produjera el golpe de Estado fallido y la posterior guerra hace falta contextualizar, conocer cuál era la situación, las tensiones, los símbolos, las pugnas, etc.

La España de los años treinta es un país con una alta afiliación sindical, propiciado por los movimientos obreros de principios de siglo a raíz de la revolución rusa y que llegaron a su máximo apogeo durante los años veinte con el denominado pistolerismo. Sindicatos como UGT o CNT acogían a la mayor parte de los trabajadores sindicados, la fuerza de estas agrupaciones se traducía en huelgas periódicas, generando disputas constantes en las calles entre sindicalistas y las fuerzas del orden. A día de hoy los sindicatos españoles no tienen nada que ver con aquellas asociaciones de trabajadores que alcanzaron su zénit en los años 30. Mientras en la actualidad apenas son capaces de articular las demandas de los trabajadores y trabajadoras de diferentes sectores, en la España de principios del siglo XX se convirtieron en el altavoz del pueblo que pedía más derechos y un futuro mejor para sus familias.

Es bien conocido por todos el panorama de inestabilidad que reinó durante la II República, la discrepancia de posiciones entre los diferentes bandos (socialistas, anarquistas, cedistas, monárquicos, etc) marcó el día a día de nuestro país. Lejos de coser la deshilachada bufanda nacional, el agujero crecía cada vez más con sucesos como el de Casas Viejas que acabó con el primer gobierno de Azaña o la Ley de vagos y maleantes.

Influenciados por el contexto internacional entró en el juego un nuevo equipo, un equipo que ansiaba tomar la hegemonía en España, pero saltándose las normas de la partida. Enfurecidos por la pérdida de privilegios y la caída del régimen de Primo de Rivera, los militares unidos a los sectores de la derecha conservadora comenzaron a tramar la caída de la República. Desde el golpe de Estado de Sanjurjo (1932) nada volvería a ser igual y todo se polarizaría (más si cabe).

«Sembrando muerte dais más alta vida

a este pueblo infeliz, echando a tierra

la que al aire oponía, fuerte sierra,

dando a torrentes mil, atroz salida.

 

Maltrecho por tu envidia carcomida

lo que en escombros tu furor entierra

vivo renace dándote otra guerra,

los surcos vueltos nube ayer dormida.

 

Si derriba estatuas, mármol queda

para nuevas figuras vencedoras.

 

Allá tú con tus máquinas traidoras,

aquí nosotros con desnudas manos.

A ti la muerte todo te lo veda,

cada muerte me da nuevos hermanos».

                                                                     Max Aub, A un fascista

La guerra civil española está plagada de historias, historias anónimas que relatan la crudeza del momento. Historias que se mezclan en el tiempo y al transmitirlas la realidad se confunde con la ficción. Cuando cae la noche y empezamos a soñar, todo parece real, de repente nos levantamos sobresaltados ante el horror de lo que imaginamos. Nos calmamos a nosotros mismos con un «fue sólo un sueño». Pero no, la guerra no fue un sueño. Mientras estábamos despiertos no éramos más que la conciencia de una pesadilla constante. Ochenta años después del golpe de Estado, únicamente Camboya nos supera en número de personas desaparecidas. (1) 114226 hombres y mujeres yacen en fosas comunes. 114226 vidas arrebatadas que podrían ser muchas más ante el desenfrenado impulso de “limpiar España de rojos” como clamaban los reaccionarios. Entre esas 114226 personas estaba Ángel Rabinal Coduras, mi bisabuelo.

Ángel Rabinal Coduras nació en Valmadrid, provincia de Zaragoza, en el año 1907, creció en el seno de una familia humilde que vivía de lo que la tierra daba como indica el censo de 1892. (2) La familia originaria de Valmadrid estaba compuesta por tres hermanas y un hombre, Consuelo, Gertrudis y Bienvenida y por supuesto, Ángel.

El fin de la I Guerra Mundial trajo consecuencias indirectas para España, entre ellas un proceso de recesión económica ocasionado por el descenso de las exportaciones que generó crisis y por tanto aumentó el desempleo en las zonas más desfavorecidas y menos industrializadas. La recesión forzó a muchas personas a abandonar sus hogares en busca de un futuro en la gran ciudad, Ángel fue uno de ellos y partió desde el cercano municipio de Valmadrid en dirección a Zaragoza.

Vía centrosocialsanantonio.es
Fusilamientos en el cementerio de Torrero (vía centrosocialsanantonio.es) 

En la capital aragonesa encontró oficio como panadero en la actual calle Azoque, muy cercana a la puerta del Carmen, simbólico lugar de resistencia patria ante el invasor francés que ansiaba tomar la invencible ciudad. La resistencia a la muerte, la negativa a abandonar la causa.

Como miles de zaragozanos, Ángel Rabinal Coduras encontró en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) un lugar para expresar su “yo político” encarnado en el sindicato anarquista más importante de España y que en Zaragoza contaba con una fuerza descomunal. Con la victoria del Partido Radical en coalición con la CEDA el miedo a la instauración de un régimen fascista aumentó considerablemente y a partir de 1933 la situación de conflictividad social en Zaragoza aumentó como comenta Iván Heredia Urzáiz:

«La acción directa y violenta se presentaba ahora como la única opción para liquidar los privilegios de clase, los abusos de poder y el inminente avance del fascismo en España. Los primeros en actuar fueron los anarquistas quienes, el 8 de diciembre de 1933, tras varios meses de represión, de control y castigo, se rebelaron en la capital aragonesa. La CNT pasó de la gimnasia revolucionaria a la revolución. Su objetivo: instaurar el comunismo libertario.» (3)

A partir de este momento Zaragoza entraría en una guerra de guerrillas, con un constante olor a pólvora en sus calles, la ciudad se vio paralizada por el miedo y la tensión.

En mi intento por recabar información sobre mi bisabuelo acudí a la sede del CNT en Zaragoza para pedir acceso a su archivo y así poder aumentar la documentación de la que disponía. A pesar de que ellos me pusieron en contacto con el responsable del citado archivo en el mes de julio, meses después sigo sin haber recibido contestación alguna respecto a la solicitud que presenté. El tiempo corre en contra de las estructuras que no se adaptaron al movimiento de la historia. Los viejos revolucionarios aúllan año tras año con el olvido de la memoria histórica, desde su atalaya observan cómo la sociedad cambia y ellos no son partícipes.

Tras el gobierno de Lerroux y la victoria del Frente Popular en 1936 la violencia en las calles de la capital maña no cesó. La cárcel de Torrero continuaba aumentando más y más su población y la calle clamaba por la ansiada amnistía. Una amnistía que aspiraba a liberar a los manifestantes de la fallida revolución de 1934. Entre aquellos presos se encontraban personalidades muy influyentes en la sociedad civil aragonesa, conscientes de ello «varios presos alzaron su voz para llevar a cabo una campaña a favor de la candidatura del FP desde detrás de los barrotes». (4)  La fuerza del CNT en esta época era descomunal, más allá de su condición de anarquistas fueron capaces de articular y entender a la perfección a la clase obrera. Su capacidad de movilizar a las masas se puso de manifiesto el 1 de mayo de 1936 en el II Congreso extraordinario de CNT en Zaragoza que se clausuró diez días después en la plaza de toros al que acudieron «siete trenes con más de 12 mil afiliados de todos los rincones del Estado, según los medios se calcula que hubo unas 4000 personas escuchando el mitin». (5)

vía madrid.cnt.es
Manifestantes cenetistas durante la II República (vía madrid.cnt.es)

En 1936 la sociedad española estaba muy fragmentada, acechada por la sombra del autoritarismo que asolaba las vecinas Italia y Alemania que anhelaba dar muerte a los regímenes democráticos. Pero todo este clima no tenía por qué converger en un conflicto armado, en palabras del historiador aragonés Julián Casanova: «La guerra civil empezó porque una sublevación militar minó la capacidad del estado y del Gobierno de la República para mantener el orden. No pudo conquistar el poder esa sublevación con la división del ejército a pesar de ello le quito a la República la capacidad e mantener el orden y les dio armas a los grupos que apoyaban la sublevación y a los que se oponían». (6)

La conquista de la ciudad de Zaragoza estuvo orquestada por los generales Mola y Cabanellas, la caída de este territorio tenía una importancia mayúscula debido en primer lugar a su situación geográfica, cerrando el paso a Cataluña y abriendo una vía de ataque a Madrid, en segundo lugar, por la ya mencionada alta actividad sindical que asestaría un duro golpe a la izquierda española. Las protestas de los partidos del Frente Popular y los sindicatos ante la sede del Gobierno Civil de Zaragoza fueron inútiles en aquel fatídico 18 de julio. La ciudad del Ebro vivía una calma tensa, rodeada de tropas destinadas a preservar el orden dentro de un caos sin voz. Ante el estado de guerra del país, el CNT declaró una huelga general que afectó únicamente al sector del transporte. Es en este momento cuando el sindicato anarquista acude, como se podía leer unas líneas atrás, al gobernador civil para pedirle armas y así hacer frente a la sublevación. Propuesta que será ignorada, dando comienzo a una persecución sin cuartel contra todos los grupos y personas afines a la República y en especial a la izquierda. Trabajadores y trabajadoras normales que subsistían en un periodo de carestía donde el paro era generalizado, que pudo alcanzar el 12,9% (7). Trabajadores que verán peligrar no sólo el futuro de su patria, sino su propia vida y la de sus familias, como fue el caso de Ángel Rabinal Coduras.

Gracias al relato familiar pude conocer que días después del fallido golpe de Estado, mi bisabuelo fue hecho prisionero y encarcelado en la tristemente conocida prisión de Torrero (Zaragoza). Este lúgubre lugar inaugurado una década atrás recogió durante los primeros años de la República a todos aquellos delincuentes comunes y aquellos conocidos como “vagos y maleantes”, pero conforme la situación política se polarizaba cada vez había más presos por delitos no relacionados con el hurto y la sangre, sino con las protestas.

vía pinterest.com
Milicianos durante la guerra en Castilla-La Mancha (vía pinterest.com)

Tras semanas de investigación el trabajo llegó a un punto muerto tras chocarme en repetidas ocasiones con un muro a día de hoy todavía infranqueable: la burocracia. Horas y horas revisando uno a uno los documentos referentes a la cárcel de Torrero en el Archivo Provincial de Zaragoza, por fin di (gracias a la inestimable ayuda de los funcionarios de aquella institución) con el documento en concreto que confirmaría de manera oficial la estancia de mi bisabuelo en la prisión.

En la caja 2577, con el ID 47030 y número 5 de expediente. Esas eran las coordenadas del documento. La felicidad se vio rápidamente frenada por su situación: la cárcel de Zuera (Zaragoza). A pesar de que la gran mayoría de los documentos pertenecientes a la cárcel de Torrero habían sido trasladados al mencionado archivo, muchos de ellos siguen en poder de Instituciones Penitenciarias que depende del Ministerio del Interior, entre ellos este.

Correos electrónicos, llamadas, cartas postales… Petición tras petición se venía abajo derribada por el oscuro trabajo de las instituciones, unas instituciones que siguen alejadas de la gente normal y que dificultan al máximo recuperar la memoria de aquellos a los que les arrancaron la vida de las manos.

Entre mediados de julio y principios de agosto de 1936 Ángel Rabinal Coduras entra como prisionero en la cárcel de Torrero por su condición de anarquista y sindicalista del CNT. Muchos militantes estaban ya fichados por la policía y las razones que se alegaban para las detenciones iban desde ser revolucionarios, ser de izquierdas, atentar contra la religión o contra la integridad de la patria. (8)

La situación allí era impracticable, de los 133 presos en febrero de ese año se pasó a 1261 en septiembre (9), el 83% de los presos tenía sarna (10) y que «los enfermos más graves permanecían confinados en una galería inmunda, con un olor terrible todo el día a una mezcla de azufre que llamaban sulfureti y con la que les untaban todo el cuerpo». En un lugar donde apenas corría el aire y las palizas eran continuas, la muerte pisaba los talones a cada hombre y mujer allí recluida. Dadas las condiciones infrahumanas en las que se veía Ángel Rabinal, su mujer Elena Naharro Badules pudo conseguir gracias a la ayuda de un guardia de la prisión que Ángel pudiera dormir sobre un colchón en vez de sobre el duro y frío suelo, nido de infecciones y enfermedades. Así pues, Elena partió con el pobre colchón a su espalda desde el barrio de las Delicias hasta la Prisión Provincial, un trayecto de cinco kilómetros en pleno verano cargando con el jergón para que su marido pudiera tener una estancia mínimamente apacible en ese infierno terrestre que era la cárcel de Torrero.

vía museosenfemenino.es
Hombres y mujeres descansando en el frente de Aragón (vía museosenfemenino.es)

«Cuanto más insensible y más cruel se mostraba uno, era considerado como más adicto a Franco». Gumersindo de Estella (11)

Ante tal sobrepoblación, ¿qué podían hacer los reaccionarios? Ponerlos en libertad era utópico, así que la forma más rápida y efectiva pasaba por el paredón. El pelotón de fusilamiento. Si el 16 de septiembre de 1936 había 1380 presos y presas en Torrero, el día 31 de diciembre la cifra bajó a más de la mitad, 666. El plomo había dictado sentencia. Ya sólo se oía el eco del fusil en las noches de Zaragoza. Llantos y sangre como solución a aquello que el diálogo había sido incapaz de solucionar.

En septiembre de 1936 probablemente Ángel Rabinal Coduras recibe la orden por la cual tendrá que dar “un paseo”, término utilizado por el bando reaccionario cuando había que fusilar a alguien. El destino: Valdespartera. Ese lugar que en la actualidad está repleto de parques, rotondas y pisos de protección oficial antaño fue una zona de no retorno, un páramo del aniquilamiento. Harían un alto en el camino para salvar las almas de los reos a la altura del barrio de Casablanca, cerca del convento de los Pasionistas. Acto seguido, hacia allí partió Ángel Rabinal en un camión militar que le privaría de ver crecer a sus hijos Joaquín, Ángel y María Luisa.

«Desde las celdas de la cárcel los reclusos podían escuchar perfectamente cada disparo, sonido que retumbaba en sus cabezas una y otra vez convirtiéndose en un verdadero martirio. Cada amanecer, oían los disparos que desde el cercano cementerio les alertaban que algunos de sus compañeros de reclusión habían muerto». (12)

En el trayecto y aprovechando un momento de despiste, Ángel saltó del camión. En el desconcierto de la situación comenzó su huida, un soldado cogió su rifle acertándole en el cuello con una bala. Un disparo que lejos de ser mortal le hirió, pero no le impidió salir corriendo.

Consciente de que ir a su casa supondría poner en peligro a su mujer e hijos fue a buscar auxilio al domicilio de una amiga de la familia cerca de la estación de Utrillas, al sur de la ciudad. Curado de la herida, tomó la decisión de huir hacia su lugar de nacimiento, Valmadrid donde su hermana Consuelo le ocultaría en la bodega de su taberna.

vía canalhistoria.es
Ruinas del pueblo de Belchite tras la batalla (vía canalhistoria.es)

Con un sol abrasador, malnutrido y sin un calzado medianamente digno para cruzar los treinta kilómetros que separaban ambas poblaciones, Ángel inició su marcha con la muerte en los talones. En aquellos meses tras la sublevación militar, la situación en Aragón era muy complicada, las denuncias iban desde la envidia hasta el odio, los silencios y las ausencias hablaban por si solas. Los pequeños pueblos estaban gobernados por caciques afines al bando reaccionario que se dedicaban a “limpiar España de rojos”.

Durante un tiempo indeterminado entre mediados de septiembre y principios de octubre, Ángel Rabinal sobrevivió en la boca del lobo. La taberna de su hermana era el lugar de reunión de los falangistas del lugar unidos en torno a Montanel, conocido como el cacique del pueblo según las fuentes orales consultadas.

Armándose de valor y con la mirada puesta en la causa, Ángel Rabinal continuó su particular odisea con la misión de cruzar el Ebro para unirse al ejército republicano y así poder recuperar esa España y ese Aragón arrebatado por un escuadrón de la muerte que no tenía piedad por sus semejantes ni respeto por la voluntad de su pueblo. En la noche del 16 de octubre es apresado en las inmediaciones de Belchite (Zaragoza) tras la denuncia del cacique de Valmadrid.

Recorte del periódico Andalán el 13 de noviembre de 1980
Testimonios sobre los fusilamientos en Torrero (Recorte del periódico Andalán el 13 de noviembre de 1980)

Entre la confusión del que no espera ser visto, el frío de la noche aragonesa, el miedo a la muerte allí se encontraba Ángel. Las paredes retumbaron y el gatillo se movió como antesala de lo que el pueblo viejo de Belchite sería testigo en 1938. Dos fueron las personas que presenciaron el asesinato de Rabinal, Salvador Ordovás y Agustín Trinchán según refleja el certificado de defunción proporcionado por el Registro Civil de Belchite. El mismo documento que de forma tan insensible y fría recoge que la causa de la muerte fue “la rotura de la base craneal” obviando la verdadera razón de esta, que no fue otra que un disparo en la nuca.

Una muerte más, “un rojo menos”. Ochenta años después, justo hoy, 16 de octubre las instituciones guardan silencio, pero mi voz no se apaga. Un desaparecido más. Un hombre sin descanso ni lugar conocido. Amasijo de huesos convertidos en polvo y desperdigados por un campo manchado de sangre donde a día de hoy sólo hay ruinas y matojos.

España sigue dividida, la Transición hizo callar a aquellos que pedían justicia, que no revancha. Mientras una España puede velar a sus familiares asesinados por los republicanos, otros continúan su particular andadura por el desierto, sin agua ni ayudas estatales como el desaparecido Ángel Rabinal que allí donde encontró la muerte hoy su historia sea motivo de inspiración ochenta años después para su joven bisnieto que clama en pos de la justicia y la memoria.


  1. “España es el segundo país en número de desaparecidos después de Camboya” http://www.elplural.com/2015/08/30/espana-es-el-segundo-pais-en-numero-de-desaparecidos-despues-de-camboya
  2. Censo de 1892 de Valmadrid: http://www.aragongen.org/public/ver_ent.php?id=50275000100
  3. HEREDIA, Iván, Delitos políticos y orden social. Historia de la cárcel de Torrero (1928-1939), Mira Editores, Zaragoza, 2005, pág 126
  4. HEREDIA, Iván, Delitos políticos y orden social. Historia de la cárcel de Torrero (1928-1939), Mira Editores, Zaragoza, 2005, pág 175
  5. II Congreso extraordinario CNT: http://www.zaragozamemoriahistorica.com/plaza-de-toros/
  6. La guerra civil en Aragón, Aragón TV , ep. 1. El golpe, 2016
  7. La población española: http://www.artehistoria.com/v2/contextos/7212.htm
  8. HEREDIA, Iván, Delitos políticos y orden social. Historia de la cárcel de Torrero (1928-1939), Mira Editores, Zaragoza, 2005, pág. 213
  9. APHZ – Signatura 5671/3 – Registro de entradas
  10. MARTÍNEZ DE PISÓN, Ignacio, Enterrar a los muertos, Booket, Barcelona, 2005, pág 183
  11. MARTÍNEZ DE PISÓN, Ignacio, Enterrar a los muertos, Booket, Barcelona, 2005, pág 184
  12. HEREDIA, Iván, Delitos políticos y orden social. Historia de la cárcel de Torrero (1928-1939), Mira Editores, Zaragoza, 2005, pág. 259
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