El primero de la clase

El primero de la clase

Es tarde, cerca de medianoche, cuando el padre de Damon Bailey se asoma a la ventana, extrañado por un ruido procedente del jardín de su casa. Rápidamente, distingue un coche del que salen tres personas. Los intrusos se acercan a la propiedad y arrancan cada uno un puñado de césped.

Tal y como se lee resulta extraño, pero hace 26 años en Bedford, Indiana, no lo era tanto.

Damon Bailey mostraba todos los síntomas de un muchacho normal, y sin embargo, no lo era. Jugaba bien al baloncesto, eso sí. Aunque no era ni el más alto, ni el más fuerte, ni el más rápido…Ni tampoco el más hábil. Pero era el mejor jugador sobre la cancha. Siempre.

Aquel chaval blanco, de estatura media y rostro infantil era un fenómeno de masas, un icono que cambió la forma de percibir los jóvenes talentos del deporte americano. La idolatría existió mucho antes antes que él, pero no con tal precocidad. Porque su historia, ante todo, fue la de un sueño adolescente.

En la era pre-Internet, antes de que Youtube llegara con sus aparatosos vídeos de highlights, mates de vértigo y pases de circo, para los jugadores de instituto era difícil tener trascendencia a nivel nacional. Claro que existían los campus (como el mítico Five-Star Campus) y los rankings de reclutamiento, pero era distinto. No obstante, Bailey consiguió escaparse de la era analógica, escribiendo una historia que acabó en leyenda.

Mike Fender / The Indianapolis News

Una que empezaría en 1986, en el Bedford North-Lawrence High School. Indiana ya estaba consagrada como tierra de baloncesto, con los Hoosiers como estandarte y Bobby Knight como patriarca. A éste último le habían insistido que había un chico de octavo grado (14 años) que era especial, que había vuelto loco a una pequeña localidad de 14000 habitantes y que incluso empezaba a ser complicado conseguir un sitio para verle jugar.

Le pudo la curiosidad. En lo que parecía ser un partido cualquiera, Bailey empezó a calentar, y se dio cuenta de que estaba ahí. Sabía que venía a verle a él.

« ¿Presión? Para mí, nadie quería que fuera mejor de lo que quería que yo fuera», declaró años más tarde al Indy Star. «Nadie esperaba más de mí que yo».

Sonó la bocina del final, y las palabras de Knight a sus asistentes lo decían todo. “Ese chico es mejor que cualquiera de los exteriores que tenemos. No digo potencialmente mejor, digo que es mejor ahora”. Y tenía 14 años.

Aquellas palabras comenzaron la leyenda. Para recogerlas estaba John Feinstein y su libro Season on the Brink, un best-seller sobre la Indiana de Bobby Knight que llevó el nombre de Bailey por todo el país. Poco antes de que la icónica Hoosiers invadiese la gran pantalla. Bedford North-Lawrence pasó a ser Hickory, y por supuesto, Damon Bailey el nuevo Jimmy Chitwood.

Se convirtió en una estrella del rock. Su popularidad sólo iba a crecer, y con ello la expectación. Se trataba de destacar, de ganar partidos, pero también de controlar todo lo que sucedía a su alrededor. Bedford nunca había sido testigo de algo así, y de repente, todo el peso de la ciudad recayó sobre él.

«Lo increíble de todo ello fue la manera en la que manejó la situación”, explicaba Dan Bush, su entrenador en el instituto. “Era un chico firme. Nada parecía intimidarle».

Lo justificaba en la pista. Su año freshman en el instituto comenzaba con 37 puntos contra el tercer mejor equipo del estado, y culminaba con la clasificación del Bedford North Lawrence a la Final Four, siendo elegido en el mejor quinteto de Indiana. Lo volvería a hacer el año siguiente. Y el siguiente.

Su estilo distaba de las florituras físicas de otros, pero Damon era auténtico. Competitivo, duro, de muñeca excelente y mente fría en los momentos finales. Ni base, ni escolta, ni alero: un todoterreno. Él mismo afirmaba que podía debatirse lo bueno que fuera, que él lo único que podía controlar era cómo trabajaba. Ahí marcaba la diferencia.

Mientras su entrenador tenía que trasnochar para contestar todas las llamadas de los medios, Bailey descansaba. Ya era senior, y pese haber hecho historia, él quería despedirse consiguiendo lo único que se le había resistido, el título estatal. Para ello, hizo migas con el conserje de su antiguo colegio y así poder entrenar antes de clase. Cuando el reloj marcaba las 7:30 de la mañana, Damon ya había corrido unas 3 millas, lanzado una serie de 100 tiros libres y otros tantos centenares de tiros en suspensión. Un sándwich y a clase.

1990 Bedford North Lawrence senior Damon Bailey, right,
Indy Star File

Durante esa temporada, cada partido se vivió como si fuera el último. Presenciar sus exhibiciones era el equivalente a peregrinar para ver al mesías. Porque en cierto modo, él lo era. Bailey predicaba en la tierra prometida, allá donde el baloncesto era (y es) algo más que eso.  Lo fácil hubiese sido compararle con Larry Bird, como el sucesor de aquel espécimen de cuerpo desgarbado que se había atrevido a dominar el juego con la cabeza. Apenas 40 kilómetros de distancia entre sus cunas.

Pero ni por esas.

Damon representaba una efeméride en sí misma. El surrealismo se convirtió en rutina, y también se exprimió al máximo. Se complació a la demanda trasladando los partidos al Hinkle Fieldhouse, con capacidad para 15.000 espectadores, y al Assembly Hall, con cabida para más de 17.000. El primero, “La Catedral del baloncesto colegial”, el segundo, el santuario de los Hoosiers. El destino era caprichoso hasta para eso.

«Disfruté jugando, no me importaba si era delante de 2.000 o 20.000 personas, sólo quería salir ahí y competir».

Lo único que cambiaba (a más, siempre) era el entorno, porque en la cancha el guión permanecía intacto. Su liderazgo era estimulante y su carisma inabarcable. No era un jugador de gestos pero sí de hechos, de tenacidad y ejemplo. El suficiente para sobreponerse a un inicio terrible, un balance inicial de 0-3 que les forzó a bailar sobre el alambre. La respuesta fueron cuatro victorias consecutivas y la consolidación de un grupo que había asimilado la presión. Un séquito menospreciado, que no superaba el 1’93 en ninguno de sus integrantes, pero que supo seguir a su guía.

Se acercaba el campeonato estatal y todo se magnificaba. Los despliegues de la ESPN no diferían del que podía acoger unas Finales de la NBA y los helicópteros de los medios tenían que hacerse hueco en los campos de beisbol de los alrededores. Estados Unidos quería ver a Damon, y más aún si se enfrentaba a Eric Montross.

El otro hijo pródigo, el amigo de la infancia que tomó otro camino. Uno más discreto, a la sombra de Damon, hasta entonces. La imponente planta del futuro Tar Heel (futuro integrante del equipo campeón de 1993) era la única capaz de arrebatarle la corona del hype. Pero no fue posible, ni siquiera con un triunfo. El Hall of Fame Classic libraría una de las batallas más recordadas del estado. Lawrence North frente a North Lawrence, un David contra Goliat con Montross como vencedor y Bailey como superhéroe. Aquel cuento de hadas era implacable.

Y sólo era el preludio.

Toda leyenda tiene su anfiteatro, el testigo de su eternidad. Para Damon Bailey, ese iba a ser el Hoosier Dome. Más de 41.000 almas reunidas para presenciar la final del campeonato estatal de Indiana de 1990. Escenario propio de trovadores.

damonbailey6
Indy Star File

«Puedo recordar el camino desde el vestuario al banquillo, mirar a las gradas y ver que no había un sitio vacío”, recordaba Bush. «Y me dije a mí mismo: ‘esto no va volver a ocurrir jamás’».

El contexto pedía épica y el partido se la concedió. Concord, su rival, no conocía la derrota aquella temporada, y a poco más de 2 minutos para el final, tenían una ventaja de 6 puntos. Bush vio la mirada de su pupilo y se entregó a él. Bailey anotaría los últimos 11 puntos de su equipo. Bedford North Lawrence ganaría el partido 63-60.

«Sólo de ese final podría hacerse una película» – John Feinstein

La actuación de Bailey se sumergió en la ficción. Una exhibición de convicción donde la voluntad superaba cualquier obstáculo. Era él y el aro, se adentraba y se elevaba sobre todos. Como alguien tocado por lo divino. Como alguien nacido para ese momento.

Entonces, Damon Bailey alcanzó la cima. Pero tal vez demasiado pronto. No era cuestión de ambición, sino de expectativas. En perspectiva, eso debía ser el principio y sin embargo, fue el final. Máximo anotador de la historia de Indiana, Gatorade Indiana Player of The Year, cuatro veces All-State, Mr. Basketball Indiana, McDonald’s All-American y Naismith Player of the Year.

¿Y ahora qué?

Bailey Knight
Chuck Burton/AP Photo

Su legado estaba en los Hoosiers, al lado de Bobby Knight y una mística incomparable. “Now I’m his boy”, dijo tras la final. Pero una vez más, el ayer le arrastraba. No es que cualquier tiempo pasado fuera mejor, es que era imposible de mejorar. Todo lo que le había hecho grande le hacía ahora más pequeño.

Pese a todo, Bailey luchó contra esa paradoja, contra una presión insoportable para cualquier otro. Nunca dejó de ser especial porque nunca dejó de ser él. No volvió a encontrarse con el estrellato, pero su personalidad le hizo tan aguerrido como querido. Su entereza tuvo recompensa con un año senior extraordinario y un histórico upset contra Kentucky que le llevaría a la portada de Sports Illustrated. Se convirtió en un héroe de los Hoosiers y se resistía a caer de la cima.

Hasta que dijo basta.

Lo dijeron sus rodillas y lo sentenció su cabeza. El declive comenzó con su pasión, desvanecida porque nada era suficiente. Los mismos que lo convirtieron en icono lo rebajaron a fracaso. El romanticismo llevó a los Indiana Pacers a elegirle en la segunda ronda del Draft de 1994. Las rodillas sólo le dieron paz durante la pretemporada. Pasó hasta siete veces por el quirófano.

Damon Bailey no llegaría a jugar un partido oficial en la NBA, y tras unos años en la extinguida CBA, colgó las botas.

Hoy Damon es un feliz padre de familia, está casado con Stacey, su novia del instituto y tiene tres hijos. Es dueño de un almacén de productos industriales, pero el baloncesto ha vuelto a toparse en su camino. Después de volver a su alma mater como entrenador, ahora es asistente del equipo femenino de los Butler Bulldogs.

De Bailey se pudo ver todo y a la vez nada. Fue un sueño breve, intenso, uno que él se atrevió a vivir. Y antes que nadie.

« Los que dicen que fui un prodigio se equivocan, los que dicen que fui un fracaso, también.  No cambiaría nada».

Damon Bailey, former Indiana high school and college basketball star is the father and a coach for his daughter Alexa Bailey at Bedford North Lawrence High School. The Bailey's are seen at a practice Wednesday February 27, 2013 at the school.
Rob Goebel / The Star
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