http://images.artelino.com/images/items/47367g1.jpg

Heian-kyô: la Sodoma japonesa

«Una prolífica casta de diletantes codiciosos, menesterosos y frívolos, con frecuencia entregados a un libertinaje repugnante, absolutamente afeminados, incapaces de cualquier logro digno, pero con todos los refinados exponentes de la alta cuna y las buenas maneras.»

MURDOCH, James. A History of Japan, vol. I, Oxford, Routledge, 1997

Así describía el periodista y académico escocés James Murdoch (1856-1921) a los aristócratas del período Heian (794-1192), desde una mentalidad que al parecer no podía -y probablemente tampoco intentaba- comprender las razones de esa frivolidad. ¿Eran en verdad tan despreciables aquellas gentes? ¿Qué había detrás del (aparentemente) improductivo hedonismo de esa “Sodoma intelectual”, en palabras del mismo Murdoch?

Antes de juzgar y condenar a una sociedad, conviene conocerla. Especialmente si nos hallamos ya tan alejados en el tiempo -y en este caso también en el espacio- que sus fundamentos y su razón de ser escapan a nuestra visión contemporánea del mundo.

El período Heian

El período Heian es con diferencia el más largo de la historia de Japón. Sus cuatro siglos de duración se enmarcan entre la fundación de la nueva capital Heian-kyô en el año 794 y el nombramiento de Minamoto no Yoritomo como seî taishôgun y el consiguiente traslado de la capital a Kamakura en 1192. Pese a su extensísima duración es una época bastante homogénea en su evolución -más aún si la comparamos con la Europa de aquellos siglos-, sin apenas cambios políticos o religiosos, una época de paz y desarrollo cultural; una época, en definitiva, ideal para la creación artística donde los aristócratas, ociosos sin guerras ni enemigos a la vista, podían dedicarse por entero al arte de vivir y a vivir el arte.

Pero, antes de alcanzar esa estabilidad tan conveniente, Japón había sufrido importantes experiencias y profundos cambios políticos que desembocaron en la fundación de Heian-kyô y de los cuales es imprescindible un repaso somero.

En el año 645, en un Japón todavía muy arcaico que con vehemencia se esforzaba por modernizarse, se había llevado a cabo la Reforma Taika, que copiando el modelo chino de gobierno pretendía la centralización del Estado, así como asegurar el dominio imperial sobre las ambiciones de los demás clanes de la región de Yamato. Se adoptó además el complejo sistema de administración chino para formar un vastísimo cuerpo de funcionarios estrictamente jerarquizados y organizados en ministerios, juntas, departamentos y gabinetes, sometidos en última instancia a la autoridad imperial. Entre los ideólogos y desarrolladores de la gran reforma destacó especialmente Nakatomi no Kamatari (614-669), llamado a partir de entonces Nakatomi no Fujiwara, fundador del clan que durante toda la era Heian controlaría la corte japonesa.

Sin embargo la reforma jamás llegó a funcionar bien. Las antiguas tradiciones japonesas de propiedad privada y dominio de la tierra estaban demasiado arraigadas, y muy pronto el sistema de control estatal del territorio comenzó a fallar. Además, mientras en China el sistema de acceso a cargos públicos funcionaba por oposiciones y exámenes, en Japón dependía del rango del individuo, es decir, de su cuna. Poco a poco estos desajustes fueron corrompiendo y anulando el sistema, y a comienzos del período Heian la administración japonesa se había convertido ya en un enorme engendro absolutamente inútil.

Por otra parte, ni las nuevas riquezas culturales venidas del continente ni la modernización del Estado podían corregir la apariencia atrasada de Japón si, como venía haciéndose desde tiempos remotos, la capital del país era abandonada y refundada con cada nuevo emperador. La recién creada administración, compleja en extremo, necesitaba una sede fija y la Casa Imperial un centro de gobierno estable y consolidado.

Después de los dos primeros intentos de fundar una capital estable y sus respectivos y sonoros fracasos (Nara fue sede de gobierno durante apenas setenta años y Nagaoka no llegó ni siquiera a los diez), y tras unas velocísimas obras de construcción, el octavo día del undécimo mes del año 794 el emperador Kammu bautizó oficialmente el tercer intento de capital permanente con el nombre de Heian-kyô (“Capital de la Paz y la Tranquilidad”, aunque por los poetas fue llamada “Ciudad de las colinas violáceas y los arroyos cristalinos”). Visto lo que había ocurrido con sus predecesoras, nadie en aquel momento podía imaginar que Heian, la actual Kioto, perduraría como capital del gobierno imperial por más de mil años.

https://rekishinihon.com/2013/08/24/heiankyo/
Suzaku-Ôji o Avenida del Pájaro Rojo, que conducía hacia el Daidairi o Palacio Imperial. Maqueta de Heian-kyô en el Kyoto Asny, Kioto. Vía Rekishinihon.

Frente al atraso y la rusticidad de las provincias, mayor cuanto más se alejaban de la capital, Heian-kyô representaba la urbanidad y por tanto la civilización, y durante todo el período fue sinónimo de actualidad y pujanza. La palabra que mejor puede describirla, y que en general era el mayor elogio que en la época se podía otorgar a algo o a alguien, es imamekashi (“al día”).

Los años centrales del período Heian, los de mayor esplendor, llevan el nombre del clan que dominó la política y la cultura gracias a sus inteligentes maniobras de poder y sus elevados intereses artísticos. Es la época Fujiwara (aproximadamente 894-1068), aquélla en la que la vida de los aristócratas se encontraba absolutamente gobernada por “el reino del buen gusto”, en palabras de Sir George Sansom (SANSOM, George., A History of Japan to 1334, Standford, Standford University Press, 1958).

Puede decirse que la era Fujiwara o Heian tardía fue para Japón una etapa de introspección y autoconocimiento, necesaria después de haber abierto sus puertas de par en par a todo lo exterior. En el año 894, el gobierno japonés puso fin al envío de embajadas al continente. Durante los trescientos años anteriores, el archipiélago había recibido de China a través de las embajadas el sistema de gobierno, la organización económica, la estructura social, la cultura -incluyendo la escritura- y la religión (Budismo, sobre todo, pero también Taoísmo y Confucianismo). China había sido el modelo indiscutible desde el siglo VII hasta los primeros años del período Heian, pero a partir de esa fecha aquello cambió: Japón ingresó en una nueva fase de desarrollo cultural en la que el wa-yô, el “estilo japonés”, ligero, espontáneo, natural y mesurado, fue abriéndose paso en clara oposición al kara-yô, el “estilo chino”, severo, grandilocuente, político y siempre trascendental.

La aristocracia: los yoki-hito

Los cortesanos del período Heian vivían en una lujosa y hermética burbuja que no permitía la entrada a nadie del mundo exterior, entendido en un sentido geográfico pero también social. En el Japón Heian existía una gruesa e infranqueable línea que dividía a la sociedad en dos grupos: aristócratas y plebeyos. Era posible ascender o descender dentro de cada uno, pero absolutamente imposible pasar de uno a otro.

De hecho, la Gran Reforma del año 645 no había hecho más que sistematizar y ataviar con ropajes chinos un orden jerárquico preexistente, profundamente arraigado en la tradición japonesa, extremadamente rígido y sumamente preciso. La Reforma Taika organizó la aristocracia en diez rangos bien diferenciados de los que dependía el acceso a determinados puestos de gobierno y el patrimonio personal. Los tres rangos más elevados estaban compuestos por la familia imperial y grandes familias de longeva tradición. Sus miembros eran llamados Kugyô o Nobles de la Alta Corte, y eran los más ricos y privilegiados de la nobleza. Por debajo de ellos estaban los rangos cuarto y quinto, cuyos integrantes eran nombrados por el emperador y solían ser clanes menos poderosos de la región de Yamato o ilustres familias de origen extranjero (coreano o chino) emigradas a Japón en los siglos anteriores. Los individuos de los rangos sexto a décimo eran nombrados por el Gran Consejo de Estado y normalmente se trataba de jefes de clanes menores o de provincias. Por supuesto, la pertenencia a cada rango otorgaba unos determinados privilegios legales y patrimoniales. Hasta el más mínimo detalle de la vida cotidiana, en realidad, dependía del rango al que se perteneciera: desde el tipo de carruaje en el que desplazarse hasta el número de pliegues de los abanicos, pasando por el color de la indumentaria. Se calcula que sólo el 0’01% de la población pertenecía al sistema de rangos.

Los aristócratas Heian se llamaban a sí mismos yoki-hito, que puede traducirse como “persona de calidad” o “gente bien” pero también encierra un significado moral: “buena persona”. En oposición a ellos estaban los tada-bito, “mera persona”, todos aquéllos fuera de los diez rangos. Valga este escueto fragmento de El libro de la almohada, escrito por la dama de corte Sei Shônagon hacia el año 1000, como ejemplo de la opinión que la aristocracia tenía sobre la plebe:

«Es muy molesto cuando uno ha visitado el templo de Hase y se ha retirado a su recinto, ser perturbado por un rebaño de gente vulgar que llega y se sienta en fila, apretujado de tal modo que sus kimonos caen unos sobre otros en pleno desorden (…). Parecían bichos canasto cuando se amontonaban con su ropa horrible.»

«Recuerdo que una vez escuché un verso espléndido acompañado del batir del guardafangos de un corcel. ¿Quién podría ser el jinete? Cuando dejé lo que estaba haciendo y salí a mirar, quedé espantada al ver que se trataba de un ser vulgar y corriente.»

SHÔNAGON, Sei, El libro de la almohada, Madrid, Alianza, 2004

Semejante conciencia de superioridad no era fruto únicamente de la soberbia y la vanidad sino que tenía un fundamento religioso en el que se mezclaban el concepto sintoísta de ascendencia divina con la idea budista del karma para sustentar la creencia en un orden ascendente de virtud. La persona nacida entre la nobleza había hecho méritos en sus vidas pasadas; quien nacía plebeyo, no.

Puesto que la principal fuente de conocimiento del período es su literatura y que ésta fue escrita casi exclusivamente por mujeres, tenemos poca información sobre el desempeño de los cargos políticos de los hombres. No obstante, precisamente por lo que leemos en los diarios y las novelas femeninas parece probable que, excepto los Fujiwara que ostentaban los puestos más altos de poder y dirigían el imperio, no se los tomaban muy en serio. En general la aristocracia Heian vivía por y para el ocio, hasta el punto de aburrirse. La absoluta falta de responsabilidades de los nobles les permitía mantener un horario de lo más difuso, y pocas veces podían estar seguros de la hora del día que era.

Para sobrellevar las largas horas de inactividad acostumbraban a practicar distintos pasatiempos; solían jugar al go, o al chôbami, un sencillo juego de dados en el que se apostaban prendas de ropa, pequeños objetos y, a veces, el matrimonio de los hijos; también competían en juegos de adivinanzas o de conocimiento de los clásicos chinos, y en las llamadas “comparaciones” (awase), que consistían en comparar objetos de lo más variado en busca del conjunto más hermoso.

https://es.pinterest.com/fmorena/the-art-of-japan/
Dos damas juegan al go mientras otras contemplan el jardín interior. Genji monogatari emaki, hacia 1130. Ilustración correspondiente al capítulo Utsusemi o “El caparazón de la cigarra”. Tokugawa Museum, Nagoya. Vía pinterest.

Las mujeres, que pasaban la vida recluidas en el interior de los palacios, estaban obligadas a contentarse con los juegos de mesa pero los hombres podían disfrutar de otros en el exterior. El más popular era el kemari, un juego de pelota en el que los jóvenes dispuestos en círculos se pasaban un balón de cuero impidiendo que tocara el suelo. Solía practicarse habitualmente en las celebraciones cortesanas y la destreza con que se jugara era motivo de prestigio y alabanzas. El kemari era el único deporte que practicaban, pues la caza, el pasatiempo por excelencia de la aristocracia en la mayoría de sociedades, estaba prohibida por la Iglesia budista.

Además de los pasatiempos, otra distracción de los aristócratas eran las fiestas y ceremonias anuales. El calendario estaba plagado de festividades de origen religioso, laico o popular, algunas importadas de China y otras de tradición autóctona, y muchas relacionadas con la belleza de las estaciones. El emperador, o el anfitrión en caso de que no fuera él, otorgaba premios a los mejores bailarines y músicos. Normalmente el galardón era un conjunto de ricas prendas de ropa pero en ocasiones se trataba de un ascenso de rango o la concesión de un puesto en la administración, de modo que la destreza en la danza era importante para medrar en la corte.

Pero el pasatiempo preferido por los yoki-hito, hombres o mujeres, eran las relaciones románticas. El intercambio constante de poemas, las visitas nocturnas para “conocerse” (“conocerse”, en la literatura coetánea, significaba hacer el amor), las escapadas ante la llegada del marido o incluso de otro amante o los escarceos de una sola noche eran práctica constante en los palacios de la capital, incluido desde luego el palacio imperial.

Ahora bien, estaban lejos de responder a una alocada promiscuidad, porque como todo lo demás en el mundo aristocrático de Heian-kyô, las relaciones entre hombres y mujeres se regían por el buen gusto y se llevaban a cabo siguiendo un complejo sistema que casi podría calificarse de ritual. Existían distintos tipos de relación, regulados y perfectamente sistematizados, que iban desde el matrimonio (esposa principal y esposas secundarias) hasta las relaciones superficiales con sirvientas o esposas ajenas, pasando por las concubinas que no alcanzaban el rango de consorte pero eran visitadas con regularidad por el hombre. Eso sí, la esposa principal (que no tenía por qué ser la favorita) había de ser siempre de un nivel social equivalente al del marido. El secretismo con el que se conducían en sus devaneos se debía más bien al intento de escapar del aburrimiento fingiendo hallarse en mitad de una aventura que a una necesidad real de ocultar sus relaciones, pues nadie se escandalizaba ante las infidelidades siempre que se llevaran a cabo con el decoro esperado.

https://en.wikipedia.org/wiki/The_Tale_of_Genji_(1951_film)#/media/File:The_Tale_of_Genji_-_1951_film.jpg
Genji monogatari, Kôzaburô Yoshimura (dir.), 1951. Vía Wikipedia.

Todos los aristócratas mayores de edad ostentaban cargos públicos, pero, como hemos dicho, el porcentaje de los que realmente ejercían su labor debía de ser ínfimo. Si tenemos en cuenta que acostumbraban a pasar las noches entre galanteos y fiestas y que no se regían por horario alguno, es difícil creer que acudieran diariamente a sus puestos de trabajo. Puede que esa dejadez se debiera al monopolio de los cargos realmente efectivos por parte de los Fujiwara; los nobles de otras familias bien podían preguntarse para qué desvivirse por el trabajo si jamás alcanzarían un puesto relevante.

Si no viajaban, ni trabajaban, ni participaban en reuniones sociales más que en las ceremonias y fiestas, si apenas salían de sus palacios, ¿qué les interesaba? Podría decirse que China, pero sólo como fuente de poesías y leyendas con las que demostrar su erudición; la situación política en el continente no les importaba lo más mínimo. A decir verdad, tampoco la situación de Japón excepto en lo que a su clase social se refería. Podían memorizar decenas de antologías poéticas de siglos anteriores, pero no estudiaban historia, ni filosofía, ni religión; el pasado no les interesaba y el único futuro que los preocupaba era el suyo propio y el de sus linajes. Vivían en un continuo goce del presente, practicando la más pura expresión del carpe diem.

Sin embargo, es necesario profundizar un poco en las razones de ese hedonismo que tanto rechazo puede provocar antes de condenar por completo a la aristocracia Heian.

En la era Fujiwara el fin del mundo se creía cercano. El Budismo Mahâyâna había dividido el tiempo en tres eras tras la entrada de Buda en el Nirvana Imperecedero: la Era de la Verdadera Ley, la Era de la Ley Reflejada y los Últimos Días de la Ley, en los que las enseñanzas de Shakyamuni estaban ya demasiado lejanas y el mundo entraba en una decadencia que lo llevaría hacia su final. No existía acuerdo sobre cuándo empezaba y terminaba cada era, pero en el Japón Heian se creía que los Últimos Días de la Ley o Mappô comenzarían en el siglo XI. Es comprensible, pues, que los aristócratas de Heian-kyô no observaran el futuro con optimismo y que eligieran gozar del presente tanto como les era posible.

A esa sombría profecía se unía la conciencia, también de fundamento religioso, de que todo en este mundo está destinado a desaparecer; la no permanencia y la caducidad de la vida causaban en los cortesanos Heian un profundo sentimiento de melancolía (mujômujôkan) que les robaba el dinamismo y la iniciativa. La poesía y la narrativa del período están plagadas de metáforas naturales que se refieren a la fugacidad de la vida: las flores de cerezo que caen a los pocos días de florecer, la espuma de las olas del mar, el rocío, la telaraña…

El mundo aristocrático Heian podría considerarse insignificante, mezquino y aburrido, si no fuera porque gracias a la unión de un elevado sentido estético con la falta total de responsabilidades cotidianas y esa conciencia de caducidad, los yoki-hito crearon un arte fascinante, refinado y único que convierte al período en uno de los más destacados de la historia universal del arte.

El arte de los yoki-hito

«El arte del Yamato-uta* parece superficial
pero es profundo;
parece ligero pero es difícil;
raros son aquéllos que lo comprenden.»

Fujiwara no Teika (1162-1241)

*Yamato-uta puede traducirse como “poesía japonesa”

En la corte de Heian-kyô la sensibilidad estética era una cualidad mejor valorada que la virtud moral; o, más bien, una persona con una elevada sensibilidad hacia la belleza era automáticamente considerada buena éticamente, porque ambos conceptos estaban íntimamente unidos. Ser tachado de indiferente a la belleza era tan nefasto para la imagen de un caballero Heian como la fama de cobarde en las cortes medievales de Occidente.

La educación del yoki-hito incluía la práctica de numerosos artes. El primero de ellos, la poesía: la creación poética tenía un papel central en la vida cotidiana, hasta el punto de que un aristócrata podía componer a diario decenas de poemas con los que se relacionaba socialmente. En las cartas y mensajes que se enviaban siempre habían de incluir unos versos, en mitad de las conversaciones era habitual improvisar o citar poemas antiguos, en el cortejo, por supuesto, era impensable no recitar poesías, e incluso en el lecho de muerte solían declamar un poema final como quien expresa su última voluntad.

Un arte hermano de la poesía era la caligrafía, más importante si cabe en las relaciones sociales. Puesto que los caballeros Heian se comunicaban más mediante cartas y mensajes que visitándose en persona, y que las damas debían ocultarse de la vista de los hombres, una buena caligrafía era el mejor sello de presentación. Prácticamente era considerada el espejo del alma: una escritura atractiva, grácil, fluida y ligera reflejaba un carácter de similares características, mientras que una escritura torpe no podía pertenecer sino a un patán.

https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Genji_emaki_HASHIHIME_Ms.JPG
Genji monogatari emaki, hacia 1130. Fragmento de caligrafía correspondiente al capítulo Hashihime o “La doncella del puente”. Tokugawa Museum, Nagoya. Vía Wikipedia.

Dado que la caligrafía y el dibujo a la tinta comparten técnicas y materiales, es comprensible que muchos aristócratas Heian encontraran también en la pintura una distracción. Había artistas profesionales, y a ellos se les encargaba la decoración de paredes y biombos, pero entre los caballeros aficionados se celebraban habitualmente concursos de pintura (e-awase).

Muchas veces pintura, caligrafía y poesía se unían en una misma obra, y así encontramos numerosos biombos, puertas correderas o abanicos decorados con la pintura de un paisaje y un poema caligrafiado. También la prosa podía participar de esa asociación en los rollos pintados o emakimono, de los cuales es el Genji monogatari emaki (realizado hacia 1130) el más sobresaliente .

https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/1/12/Fan_of_Japanese_Cypress_ITUKUSHIMA_shrine.JPG
Abanico pintado. Período Heian. Itsukushima-dera, Hatsukaichi, Hiroshima. Vía Wikipedia.

La música estaba también muy presente en la vida de los yoki-hito. Cualquier noble con un mínimo de educación era capaz de tocar más de un instrumento, y las reuniones sociales solían incluir conciertos más o menos improvisados en los que participaban activamente todos los presentes.

Otra de las aficiones artísticas de los cortesanos, más extraña a ojos de un occidental pero de gran prestigio social en Heian-kyô, era la elaboración de perfumes. La corte celebraba concursos de mezcla de inciensos (kô-awase) para los que los nobles podían pasar semanas preparando sus recetas, todas ellas secretas.

Pero, en el amplio y variado ambiente artístico de la corte Heian, fue sin duda la literatura el arte que alcanzó cotas más altas. En torno al año mil el palacio imperial de Heian-kyô vio nacer nuevos géneros literarios que dieron lugar a algunas de las mejores obras de la historia de la literatura japonesa y universal. Y lo que es aún más llamativo es que durante esos años en torno al cambio de milenio prácticamente todos los literatos japoneses destacables, tanto en prosa como en poesía, fueran mujeres. Murasaki Shikibu con su Genji monogatari y Sei Shônagon con su Makura no sôshi son las autoras más importantes, pero junto a ellas podemos nombrar también a Nakatsukasa, Yoshiko Jô, Izumi Shikibu, la hija de Sugawara no Takasue, Koshikibu no Naishi, Akazome Emon, Ise no Ôsuke, Uma no Naishi, Sagami, Daini no Sammi…

La primacía de lo estéticamente bello en la corte Heian se aplicaba no sólo al ejercicio de las artes sino a prácticamente cualquier acción cotidiana. Todo debía obedecer a la “regla del gusto” y ser decoroso y elegante. El culto a la belleza y la importancia del buen gusto en todo cuanto realizaban los aristócratas Heian respondía a la profunda integración psicológica de unos determinados principios estéticos que dominaron el arte, la literatura y la vida del período. Algunos de ellos tenían un fundamento religioso, otros habían sido importados de China en épocas pasadas y adaptados a la sensibilidad nacional, y otros provenían de la tradición más pretérita. Juntos, conformaron la base del extraordinario y singular arte Heian.

El primero de estos valores estéticos llegó procedente de China con anterioridad al período Heian. La corte de los T’ang se regía por el principio estético del feng-liu, que puede traducirse como “refinamiento” y que en japonés fue llamado fûryû. Cuando Japón comenzó a integrar las aportaciones culturales del continente eligió para la política y la administración el severo modelo confuciano de rectitud y austeridad, pero para la vida privada de los aristócratas prefirió el refinamiento placentero del Tao. Con el paso de los siglos, no obstante, el fûryû acabó dominando también la vida pública. Éste es el principio estético fundamental de la corte Heian, en el que se basaron la regla del gusto y el culto a la belleza que orientaban las acciones de los yoki-hito.

Aware mono no aware es el valor estético más importante del período, y para Federico Lanzaco «el más novedoso e impactante de todo el clasicismo japonés» (LANZACO, Federico, Los valores estéticos en la cultura clásica japonesa, Madrid, Verbum, 2009), pero su traducción es harto compleja. El propio Lanzaco lo explica como un sentimiento de melancolía que puede derivar en profunda tristeza al reconocer la belleza caduca de todos los seres de la naturaleza, y por eso lo asocia con el lacrimae rerum de Virgilio. El Nobel de literatura Kawabata Yasunari, por su parte, definía aware como la búsqueda de la armonía contemplativa, centrada en la convicción de que todo en este mundo, y el mismo mundo, es mortal y está destinado a perecer. Como ocurre con tantas otras cualidades apreciadas en el mundo Heian, la capacidad de sentir el aware era exclusiva de la aristocracia. Un ignorante plebeyo era incapaz de alcanzar semejante profundidad emocional, y aun un noble poco cultivado estaba fuera de esa posibilidad. Toda persona que no experimentara tristeza ante un suceso triste carecía de mono no aware, y por tanto era egoísta e insensible. En la mayor obra literaria del período Heian y, quizás, de toda la literatura japonesa, el Genji monogatari o Historia de Genji de Murasaki Shikibu, vemos llorar habitualmente a su protagonista, el príncipe Genji, a lo largo del relato. Hoy sería tenido por un hombre blando y nos generaría más bien rechazo, pero en la época representaba la más alta expresión del aware y era uno de los motivos de su irresistible atractivo.

El mujô mujôkan, que ya hemos mencionado, es el valor estético dominante en el período Kamakura (1192-1333), pero ya en época Heian había arraigado profundamente en la conciencia de los yoki-hito, en gran parte por la creencia en un temprano fin del mundo. El Budismo Mahâyâna hace hincapié en el espejismo que son todos los fenómenos naturales, en que la vida es apenas una corta ilusión, y el término mujô (anitya en sánscrito) significa la aceptación de la no permanencia de todos los seres del mundo; es similar a aware en cuanto que sentimiento de melancolía ante la fugacidad de la vida.

La corte Heian vivía, pues, en una contradictoria paradoja entre el esplendor y el deleite del fûryû y la plena conciencia mujô de que toda gloria es pasajera. Es conocido todavía hoy por todos los japoneses un poema atribuido al monje Kûkai, aparentemente un simple ejercicio de virtuosismo que incluye los cuarenta y ocho caracteres del silabario hiragana sin repetir ninguno, donde sin embargo la certidumbre de lo efímero del mundo está más que presente:

«Los colores son fragantes,
pero desaparecen pronto.
En este mundo nuestro
nada permanece.
Cruza hoy, pues, el paso de la montaña
de las ilusiones de esta vida,
sin ya más sueños pasajeros
ni embriaguez alguna.»

Kûkai (774-835)

https://www.flickr.com/photos/97309201@N00/279719857
Irohanihoheto chirinuruwo / wakayotareso tsunenaramu / uinookuyama kefukoete / asakiyumemishi wehimosesu. Vía flickr.

Y, como el efímero rocío, también la insostenible forma de vida de los aristócratas Heian estaba destinada a perecer.

El fin del mundo Heian

Al igual que los oligarcas de las poleis griegas, la aristocracia de Heian-kyô consideraba que todo cuanto había más allá de los muros de la ciudad era ignorancia y barbarie. La civilización y por tanto la belleza, la bondad y la virtud no podían existir en las provincias. No existía adjetivo más despectivo que inakabitaru, que podría traducirse benignamente como “rústico” y era empleado para referirse a las personas y los lugares más despreciables.

Pero mientras los yoki-hito componían poemas y se entretenían con bailes, juegos y amoríos, esos clanes de provincias tan mal considerados fueron haciéndose con más y más poder, sin que el gobierno central los considerara una amenaza. Cuando al fin lo hizo, ya era tarde. Para sofocar la revuelta de Taira no Tadatsune, señor de la península de Chiba, en 1028, el gobierno de Heian-kyô hubo de acudir (como siempre que alguna fuerza armada había amenazado el orden imperial) al clan Minamoto, que ya por entonces era conocido como “las garras y los dientes de los Fujiwara”. La revuelta fue en efecto neutralizada, pero poco duró la tranquilidad tras el alzamiento de Tadatsune. La capacidad militar y la riqueza de los clanes de provincias, junto a la debilidad e ineficacia cada vez mayores del gobierno central, hacían inevitable su ascenso hacia el poder.

A ello se sumó el hecho de que en el siglo XI los emperadores comenzaron a intentar desembarazarse del control Fujiwara. Para lograrlo, abdicaban muy jóvenes en favor de sus hijos, aún niños sin capacidad de gobierno, y se retiraban a algún monasterio desde el que en realidad continuaban dirigiendo y dictando leyes. Esta práctica del “Gobierno claustral” dio nombre a la última fase del período Heian, caracterizada por la existencia de dos cortes (y gobiernos) simultáneos: la capital, controlada por los Fujiwara, y el monasterio que hubiera elegido el emperador retirado.

El problema fue que, llegado un momento, los propios emperadores, los retirados y los reinantes, comenzaron a competir por el poder, y para hacerlo acudieron, por supuesto, a la ayuda armada de clanes de provincias, que terminaron por polarizarse en los Taira (también llamados Heike) y los Minamoto (o Genji). Consecuencia de ello fueron las Insurrecciones Hôgen y Heiji y las Guerras Genpei, con las que el período Heian llego a su fin.

El 24 de abril de 1185 Minamoto no Yoritomo venció definitivamente al clan Taira en la batalla de Dan no Ura, y siete años después su poder, junto con el nuevo régimen político que se inició con él (bakufu), fueron sancionados oficialmente cuando el emperador lo nombró seî taishôgun y la capital de gobierno fue trasladada a Kamakura.

http://www.fotolibra.com/gallery/1264850/fujiwara-takanobu-1142-1205-portrait-of-minamoto-yoritomo/like/
Retrato de Minamoto no Yoritomo realizado por Fujiwara Takanobu (1142-1205). Jingo-ji, Kioto. fotolibra.

Heian-kyô conservó su dignidad como sede del gobierno imperial hasta 1868 pero la guerra le había pasado una dolorosa factura, y aunque la corte intentó mantener el esplendor de la pasada época se convirtió en un fósil carente de creatividad que nada pudo aportar frente a la nueva cultura samurái, civil y guerrera, diametralmente opuesta a la refinada, blanda y frívola aristocracia Heian.

______________________________

Una breve bibliografía sobre el período Heian:

Sociedad
MORRIS, Ivan, El Mundo del Príncipe Resplandeciente, Gerona, Atalanta, 2007
Historia
SANSOM, George, A History of Japan to 1334, Standford, Standford University Press, 1958
Arte
HEMPEL, Rose, L’âge d’or du Japon. L’époque Heian 794-1192, Fribourg, Office du Livre, 1983
Obras literarias
SHIKIBU, Murasaki, La historia de Genji I y II, Royall Tyler (ed.), Jordi Fibla (trad.), Gerona, Atalanta, 2006
SHÔNAGON, Sei, El libro de la almohada, Iván A. Pinto, Oswaldo Gavidia (trad.), Lima, Pontificia Universidad Católica de Perú, 2002
ROCA-FERRER, Xavier (trad.), Diarios de damas de la corte Heian. Izumi Shikibu, Murasaki Shikibu, Diario de Sarashina, Barcelona, Destino, 2007

Imagen de cabecera: Matsukaze o “El viento entre los pinos”. Ukiyo-e de Okada Yoshio inspirado en un capítulo del Genji monogatari, 1985. Vía artelino

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s