El relato nacional en la izquierda española: No está. ¿Se le espera?

Este artículo no pretende ser ningún tipo de crítica en vano a la izquierda española más ortodoxa, tampoco tiene vocación de ser un altar para ensalzar la importancia de lo discursivo, algo que por cierto no se ha terminado de entender dentro de este espectro político, acusándolo de posmoderno y de carácter reformista no buscando contraponer en ideas y profundidad más allá de esos calificativos. No obstante, analizar y pensar en cómo la izquierda en nuestro país ha intentado interpelar a voluntades colectivas a través de lo que es el relato histórico, igual nos puede servir para repensar su importancia a la hora de construir nuevas mayorias con fines transformadores en el nuevo momento político en el que estamos inmersos.

Para entender mejor a lo que nos referimos, cuando hablamos de cómo los relatos históricos constituyen un eje clave para cualquier movimiento o fuerza política a la hora de consolidarse y configurar su identidad, basta con que pensemos en distintas naciones, en donde la disputa de lo histórico y la asunción de los marcos que eso genera tiene mucho que ver con la hegemonización de unos partidos u otros y su correlación de fuerzas.

En Rusia por ejemplo, poco queda de lo que pudo ser la antigua URSS, más allá del mantenimiento de cierto peso geopolítico o de la nostalgia que a algunos pueda evocar aquel proyecto con voluntad emancipadora, pero el relato en torno a lo que fue, no es despreciado por ninguna fuerza política. Desde el Partido Comunista de la Federeación Rusa, por supuesto, pasando por Rusia Unida de Putin y otros partidos nacionalistas, intentan hacer suyos y reivindicar elementos soviéticos como la figura de Stalin, que sin olvidar la controversia o el rechazo que pudiera suscitar, en lo ontológico se asume como uno de los elementos engrandecedores y consolidadores de Rusia; algo que también hizo el propio Stalin con la figura de Iván el Terrible para proyectar en él uno de los máximos exponentes de la madre patria y usarlo como un elemento generador de identidad y de identificación. Hoy día, todas las fuerzas políticas que rehuyen los marcos históricos de la URSS, como las liberales proeuropeas, apenas tienen cierta relevancia.

También nos es imposible no pensar como desde finales de los setenta la figura histórica de Bolívar, ha sido central para desarrollar todo un pensamiento y una revolución política en Venezuela, Bolivia y Ecuador. Intentar entender a nivel social, político y cultural lo que son estas naciones y sus pueblos sin analizar el recorrido del bolivarianismo, así como la evolución de las fuerzas más radicales, en términos democráticos, parece imposible.

Sin irnos muy lejos,  podemos comprobar cómo en Francia no existe dirigente alguno, desde Melenchon en el Front de Gauche, a Le Pen en el Front National, que no se mueva dentro de los marcos discursivos de la Revolución Francesa.

Es evidente que estos son ejemplos demasiado claros, donde lo histórico cobra una mayor ponderación debido a que tuvo trascendencia más allá de lo nacional. Pero no por eso, la historia de los pueblos y el margen para poder escribirla y reivindicarla como propia, deja de determinar la relevancia de las fuerzas políticas y su posibilidad de ser centrales o relegarse a la marginalidad.

Pero centremos en España. En 2006, Esperanza Aguirre, cuando todavía era la presidenta de la Comunidad  de Madrid habló del levantamiento popular del 2 de Mayo como “la primera manifestación contemporánea del sentimiento nacional”, lo cual intentó enlazar con la importancia y la necesidad de proteger la Constitución del 78. Hace unas semanas, en la última sesión del debate de investidura, Mariano Rajoy, en su discurso hacía referencia a la Constitución de 1812 para apelar a “la primera vez que en España la soberanía fue asumida por los españoles, que dejaron de ser súbditos y se convirtieron en ciudadanos”. En un plano más general, también podríamos hablar de cómo desde hace casi cuarenta años, el mantra de los partidos y las élites del Régimen del 78 y su relato acerca de lo que supuso: “la reconciliación entre hermanos”, “priorizar el consenso en lugar del frentismo”, “el sentido de Estado”… Se consiguió hegemonizar con gran firmeza en la mayor parte de sectores de la población, hasta que con el 15M y con el ciclo político que abrió se empezó a poner en tela de juicio la interpretación y el discurso entorno a él. La izquierda, con respecto a lo que la transición suponía, había puesto principalmente el foco en reivindicar la necesidad de celebrar un referéndum monarquía/república o si acaso, cuando se hablaba de La Transición, se explicaba como un recambio de las élites en el poder y en el gobierno, pero más allá de eso, no se dió la batalla por ahondar y construir un relato que desplazara al establecido. Al igual que podemos ver a día hoy, otros elementos bastante sigificativos, como el mantenimiento del término “reconquista” para hablar del periodo histórico del 711 al 1492, cuando es una evidencia histórica que no había intención por parte de los visigodos en un principio, ni de los posteriores reinos cristianos, de recuperar un territorio que anteriormente no había estado cohesionado en ningún nivel, ni en el político ni en el religioso; por tanto era imposible que se diera un proceso de reconquista como tal, aunque el termino como tal sigue vigente, junto con lo que proyecta en el imaginario colectivo.

Pensando en asaltar el Palacio de invierno
Pensando en asaltar el Palacio de invierno

Ante este contexto cabría preguntarse: ¿Por qué la izquierda en nuestro país ha renunciado a disputar el relato histórico? Es cierto que ha podido actuar con más o menos acierto durante estos últimos cuarenta años, a la hora de pensar la movilización, el conflicto en el ámbito del trabajo, la estrategia dentro de las instituciones, a la hora de no pensarse no como una ruptura democrática frente al Régimen si no como una alternativa al socioliberalismo del PSOE, a la hora de analizar el nuevo ciclo surgido después de 2011… Pero esas derrotas o victorias, dependiendo de la perspectiva, se han dado porque se han planteado, pero a la hora de pensar colectivamente un relato histórico y popular de nuestra historia, a excepción de pequeños núcleos intelectuales donde no ha llegado a trascender, ese camino no se ha empezado a andar.

Además de evitar que lo histórico fuera construido y capitalizado por parte de unas élites, ¿no cabría la posibilidad de encontrar en ese relato un horizonte para una nueva mayoría social? Es decir, pensarlo también como un elemento de producción de hitos, que ante la mayor complejidad social, la aparición de nuevas subjetividades, permitiera que esa pluralidad se sintiera identificada en pro de una nueva identidad popular y con fines transformadores. En ningún caso tendría que ver con una producción de hitos o hazañas que intentaran interpelar a un sujeto, entendido como algo ya cerrado entorno a una naturaleza que pudiera ser de múltiples tipos, tal y como se hace desde los nacionalismos. Ese relato tendría la posibilidad de aglutinar a sectores subordinados de lo más diversos, gracias a un horizonte más radical, a la par que necesario, que cada día cobra más fuerza desde hace tiempo, como el de “pueblo/élites”, al menos en nuestro país.

Son muchos los acontecimientos en los que se podría profundizar y encontrar este nuevo eje, desde la resistencia de Padilla, Bravo, Maldonado y los comuneros; el levantamiento popular del 2 de Mayo, ante una monarquía y una burguesía que aceptó(casi que aplaudió) el ceder la soberanía a Francia; Riego enfrentándose a Fernando VII para que acatase la Constitución de 1812; Torrijos desembarcando en Málaga tras volver de Inglaterra, para plantarle cara al absolutismo de este mismo monarca; figuras a las que siempre se ha invisibilizado frente a los hombres, como Agustina de Aragón o Mariana Pineda; aquellas luchas populares y obreras del Bienio Progresista, que marcaron claramente este periodo y los años siguientes; las rebeliones cantonales de la Primera República, etc.

El propio Gramsci planteaba, que quien quisiera constituir una nueva voluntad nacional-popular, no sólo tenía que representarla y organizarla, también tenía que llevar a cabo una revolución intelectual y cultural  que eleve a un nuevo estado civil a los sectores más subordinados. Llevar a cabo esta reforma, más conocida como batalla cultural, pasa por “plebeyizar” el relato histórico, por no dejar que lo escriban y se lo apropien, quienes siempre lo han hecho.

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