Entre líneas y fronteras

Quizás esta sea una paranoia que nos afecta a los filólogos después de años de estudiar la ideología del discurso, pero a menudo pienso que los seres humanos estamos condenados a no entendernos. Y esto no es sólo porque las lenguas evolucionan a lo largo de la historia, sino también porque los referentes cambian incluso dentro de la misma cultura, y a lo largo de una vida. Una profesora explica siempre esta idea preguntándonos “¿qué creéis que quiere decir ‘I love you’?”

Aunque parece fácil encontrar una traducción para la palabra love en prácticamente cualquier lengua  (por algo nos recuerda la antropóloga Helen Fisher que la necesitad de amar es común en toda la especie humana), todo lo que implica en esa frase depende de los dos pronombres que la acompañan, de esa tensión entre quien habla y quien interpreta. Por ello, no se puede responder a la cuestión que se plantean los personajes del relato de Raymond Carver «De qué “hablamos” cuando “hablamos” de amor», porque probablemente no haya dos personas en el mundo que quieran decir lo mismo. Puesto que hablamos desde la memoria y desde las ideas, somos, en mayor o menor medida, inaccesibles al interlocutor. Pero podemos intentar ocupar esos límites que nos separan del otro a través de la literatura, reconociendo que el lenguaje también es poder y, con ello, implica una responsabilidad.

En el contexto de la globalización, debemos plantearnos la literatura desde una perspectiva ética, concediendo ese poder de narrar y representar a quien no siempre lo ha tenido. Como escribe Edward Said en su obra clave, Orientalismo:

 «Tener una cierta libertad para relacionarse con el otro era siempre un privilegio del occidental, porque la suya era la cultura más fuerte; él podía penetrar, abarcar, dar forma y significado al gran misterio asiático».

Puede que este sea principalmente un mal de occidente. Habiendo crecido bajo una cultura que ha determinado nuestra forma de mirar, no siempre hemos sido justos con esa otra mitad del mundo. Hoy más que nunca, cuando todos vivimos un poco en la posibilidad del exilio, esa tendencia a “dar forma y significado”, esa invasión del territorio, como una imposición de nuestro lenguaje sobre el de otros, juega en nuestra contra. El hecho de que podamos acabar viviendo prácticamente donde queramos (y que a la vez, haya tantas personas queriendo vivir a cualquier otra parte) hace necesario entender cada país como un lugar de tránsito, un cruce de líneas fronterizas que no pretenden delimitar ningún lugar, sino ocuparlos todos.

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Ya no se puede pensar ni escribir desde esa teoría de la multiculturalidad, esa palabra que describe mejor un anuncio de Desigual que un principio de organización social. No podemos seguir defendiendo la convivencia mientras hablamos a nuestros amigos de lo exótico que es Camden Town o Lavapiés y de cómo dirigirse a alguien nacido en Bangladesh. Es preciso cuestionar nuestra actitud hacia toda marca extranjera, esa mezcla de extrañamiento (ya no condescendencia) y dejadez del que se sabe afortunado porque desciende de los antiguos colonos.

En una de las TED talks más influyentes, la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie reivindica la libertad de cada individuo para contar su propia historia (story) más allá del reducido marco romántico la Historia (history) desde el que se observa una cultura extranjera. No se trata de mantener “la mente abierta”, como hemos dicho siempre, sino de estar dispuesto a abandonarla, quizá para no volver, quizá porque nunca nos hayamos sentido en casa. Nos guste o no, nuestro hogar, como nuestra esencia, puede ser provisional. O podemos tener más de uno. Por ello, es preciso que la literatura nos enseñe a vivir entre todas nuestras crisis de identidad. Cuando empezó a escribir, Jeanette Winterson ya sabía que su sitio estaba muy lejos del ambiente conservador y estrictamente religioso en el que creció. Pero aun así era consciente de que todas las historias que pudo haber vivido seguirían presentes en su literatura y en su continua búsqueda de un hogar. En su primera novela Oranges are not the Only Fruit, escribe “tengo la teoría de que cada vez que tomas una decisión importante, la parte que dejas atrás continua la otra vida que pudiste haber tenido”.

Como estudiante, me he acostumbrado a leer buscando zonas de conflicto entre el lenguaje y la vida, viendo el texto como un mundo autónomo que, en un momento dado, se convierte en mediador entre dos personas tan distintas como el autor y el lector. Como lectora, todo cuanto quiero encontrar es el reflejo de una vida, un diálogo entre la verdad y la creatividad, entre lo que es y lo que podría ser real. Lo que más valoro en un autor no es tanto el estilo, ni la progresión de la historia, como la honestidad, el compromiso de atender únicamente a la experiencia personal y a la imaginación. Ningún lector ni ningún crítico debe esperar nada de un autor. Como toda representación de nuestra vida, la literatura tiene que ser humana, y por tanto, imprevisible, inagotable.

Por otra parte, es también nuestra responsabilidad como lectores tomar parte en la literatura como en cualquier acto de comunicación. Podemos responder al texto cuando este sugiere una postura cuestionable desde un punto de vista ético o simplemente privilegia una perspectiva sobre otra (teniendo en cuenta que cuando hablamos de ficción, hay que distinguir la ideología real del autor de la voz del narrador, que puede estar construida desde la ironía). Puede ser justo parodiar la masculinidad imperialista de los personajes de Hemingway, preguntarnos cuál es el papel de la mujer en la obra de Kerouac o reimaginar Las Vírgenes Suicidas situando la historia en un barrio marginal de Queens. De hecho, una de las razones por las que me interesa la narrativa postmodernista es que plantea toda escritura como reescritura. Todo texto recuerda o reacciona a otro texto aun cuando no es esa la intención del autor. Desde la metáfora de la biblioteca de Babel, con la que Borges representó la inacabable naturaleza textual del mundo humano, escritores de la segunda mitad del siglo pasado han tratado de continuar la tradición literaria y a la vez, alejarse de ella.

Cervantes ya lo hizo cuatro siglos antes, pero es ahora cuando parece que nos damos cuenta de hasta qué punto reescribir significa reafirmar nuestra posición en la sociedad y en la historia. En las últimas décadas, se ha hablado de la metaficción como una tendencia narrativa que deja al descubierto la naturaleza escrita (esto es, construida, artificial) del texto, llevando la realidad y la ficción en un mismo plano. En la primera parte de su Trilogía de Nueva York, Paul Auster se introduce a sí mismo como personaje y charla con su protagonista. En Bartleby y Compañía, Enrique Vila-Matas crea un personaje que escribe sobre de la falta de voluntad y la imposibilidad de escribir. Al centrar la historia en el artefacto, presentando la escritura como única realidad, la metaficción invita al lector a replantearse lo que había considerado real y creíble hasta entonces. Al contemplar el mundo a la vez como personajes y autores, nos preguntarnos en qué medida somos libres.

En la misma línea, Cien Años de Soledad puede leerse como la reescritura de varios libros de historia, la narración fantástica de un pueblo oprimido que nunca se contó. El realismo mágico de Macondo, que exige al lector que abandone la noción de lo real, se impone sobre la Historia de los ganadores, que se tomaron la libertad de decidir sobre la realidad de nuestro pasado. En este sentido, si permanecemos en esa tensión entre revivir y recrear, nadie tiene nunca la última palabra.

Como una reconstrucción de la vida a través del lenguaje, la literatura es una zona de poder que engloba a toda la humanidad. Si buscamos el entendimiento, sólo podemos escribir desde la libertad de observar y crear, viendo a través de nuestra experiencia y más allá de ella. Como lectores, no podemos imponer una interpretación sobre otra, ni entender la historia en una casa antigua llena habitaciones cerradas. Lo mejor es contemplar la posibilidad de entrar en el juego, de convertirnos en autores o al menos, de sugerir cambios. La literatura nos enseña que, aunque pensemos de un modo muy distinto, la comunicación es posible y fundamental, porque el lenguaje es casi el único punto de encuentro. Vivimos, por suerte, en un texto inacabado.

 


La fotografía que ilustra este texto, que pertenece al archivo de la Segunda Guerra Mundial, está sacada de esta página: http://www.theatlantic.com/photo/2011/07/world-war-ii-the-battle-of-britain/100102/. La descubrí gracias a los dueños de la librería Desperate Literature, en Madrid, que la convirtieron en su emblema y la imprimieron en postales y marca páginas. Si no habéis estado nunca allí, recomiendo que vayáis de propio desde donde sea que viváis.

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