Creo en América

Durante más de un siglo, los Estados Unidos de América se convirtieron en el mayor núcleo receptor de inmigrantes europeos. Ante la escasez de recursos del Viejo Continente, millones y millones de alemanes, ingleses, irlandeses, italianos, polacos y un larguísimo etcétera se vieron obligados a tomar una dura decisión. Cargaron lo poco que tenían en un transatlántico que los llevaría hasta la tierra de las oportunidades, donde empezar de cero y buscar una vida mejor para las generaciones posteriores.

Precisamente fueron aquellas generaciones, descendientes de campesinos y obreros que llegaron a la archiconocida Ellis Island u otros puestos fronterizos con muy poco bajo el brazo, los que construyeron la superpotencia mundial que es hoy Estados Unidos. Podría ahora aburriros con un montón de datos que demuestren el posicionamiento que EE.UU tiene en el mundo, pero no he venido aquí a hacerle la pelota al tío Sam. Sí es cierto que el deporte no es ajeno a esta circunstancia. Bien recientes están los Juegos Olímpicos de Río, donde los americanos se impusieron en el medallero por quinta vez en los últimos seis Juegos Olímpicos. Además, en un país con más de 300 millones de habitantes (de los cuales, por cierto, un 72% tiene orígenes europeos) el seguimiento deportivo es mayor, lo que se traduce en mayores audiencias y, en definitiva, en más dinero.

Si bien deportes impopulares en Europa como fútbol americano o béisbol siguen siendo los favoritos de la población estadounidense, se está realizando un esfuerzo por hacer crecer otros deportes. Es el caso del fútbol, donde el reclamo de superestrellas venidas a menos como Steven Gerrard, Andrea Pirlo o David Villa trata de inculcar a los estadounidenses la pasión por el fútbol que siempre ha existido en Europa.

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Europeos entrando en Ellis Island, 1892. Fuente: Wiki Commons

Este proceso sucede a la inversa con el baloncesto, deporte en el que la hegemonía siempre ha estado en manos yankees, pero en el que los tiempos están cambiando. Y es que cada vez hay más europeos con nivel suficiente para cruzar el charco y enrolarse en las filas de un equipo NBA. Si nos preguntamos qué les mueve a emigrar en vez de quedarse en Europa, los motivos no serían muy distintos de los que empujaron a sus antepasados a marcharse, a creer en América.

Un proceso, el de la emigración de talento al otro lado del charco, que se intensifica en nuestros días. El aumento del nivel de los europeos, patente en las competiciones de selecciones (donde los americanos siguen ganando, pero ya no se ven las palizas de hace algunas décadas) ha provocado que las franquicias NBA amplíen sus redes de búsqueda. Parecen haber descubierto que en Europa se juega al baloncesto y muy bien.

No suele resultarles difícil «engatusar» a los europeos para que engrosen sus filas. A la posibilidad de medirse a los mejores del mundo noche tras noche se une, de nuevo, el componente económico de la ecuación. A nadie se le escapa el nuevo contrato televisivo que a firmado la NBA y que permite a las franquicias aumentar el tope salarial, de 70 millones a 94 en la temporada que comienza en pocas semanas. 24 kilos por equipo que no solo pasan a los bolsillos del Mike Conley o el Al Horford de turno. También los jugadores secundarios pasan a ganar más dinero.

63 jugadores de 23 países europeos distintos (puede que alguno menos, por los cortes de última hora) arrancarán la temporada en un equipo NBA. Casos de lo más variopintos que intentaré desglosar de la mejor manera a continuación:

Podríamos establecer una primera categoría, la de la vía más «clásica» de acceso a la NBA. Cuando Europa era aún territorio sin explorar para los americanos, los jugadores necesitaron dominar sus ligas nacionales, disputar e incluso ganar la Euroliga o destacar en algún torneo con su selección nacional antes de ganarse un puesto en el roster de uno de los treinta mejores equipos del mundo. Casos que nos trasladan a finales de los 80 cuando Petrovic, Divac o Marciulonis derribaron el muro y abrieron las puertas de la liga a las generaciones que vendrían después. Kukoc, Radja o, con 31 años, el propio Arvydas Sabonis seguirían sus pasos durante los 90, antes de la colonización que se hace patente en nuestros días.

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Drazen Petrovic y Vlade Divac llegaron juntos a la NBA en 1989. Fuente: ESPN

Quedan pocos exponentes de este modelo, si bien es cierto que en la pasada década muchos jugadores accedieron de esta forma a la NBA. Gente que pasó bajo el radar de los equipos NBA y que, pese a no haber sido drafteados, conseguirían hacerse con un contrato en la liga. Casos en el pasado como los del mago Jasikevicius, el aún en activo David Andersen (australiano con pasaporte danés que despuntó en Europa) o Jorge Garbajosa. En la actualidad destacaríamos los casos de José Calderón, que afronta en los Lakers su duodécima temporada en la liga o Mirza Teletovic, que no desembarcó en la liga hasta los 27 años. Ambos, procedentes del Baskonia. También podrían entrar aquí otros como Bojan Bogdanovic, Nikola Pekovic o su compañero en Minnesota Nemanja Bjelica que, si bien fueron drafteados, no dieron el salto hasta haber dominado en Europa, siguiendo la tradición de los jugadores yugoslavos (aún apreciable en casos como los de Bogdan Bogdanovic, Dario Saric o Ante Zizic) antes mencionados.

En segundo lugar, una categoría que surge en torno al cambio de milenio. Cuando los europeos empiezan a demostrar que pueden competir con los mejores, el interés por ellos se aviva y pasan a copar las primeras posiciones en el Draft. Nowitzki y Stojakovic derribarían esa barrera, Pau Gasol se convertiría en el primer jugador no formado en América en colarse en el top-3 (2001) y hasta Bargnani acabó siendo número uno del Draft de 2006. Para diferenciarla de otra categoría que viene después, hay que señalar que los jugadores aquí mencionados ya habían dado muestras de su talento en Europa, que no eran simples promesas sino prácticamente “realidades”, si bien aterrizan en la liga siendo más jóvenes que los jugadores de la categoría anterior (siempre por debajo de los 25). Quizá la única excepción es Nowitzki, que llegó a la NBA directamente desde la segunda división alemana.

Casos de jugadores que ya llevan unos años en la liga como Boris Diaw (MVP de la liga francesa antes de dar el salto), Beno Udrih, los italianos Gallinari y Belinelli o todo un Jugador Defensivo del Año como Marc Gasol. Incluso cabría incluir a Ricky Rubio en esta categoría, pues a los 19 años ya había dado suficientes muestras de su talento como para que los Timberwolves utilizasen su pick número cinco (Draft de 2009) en el base de El Masnou.

Y de nuevo estos jugadores, desconocidos por el gran público americano antes de su asentamiento en  EE.UU llegan y lo petan. Eso contribuye a crear una nueva categoría extendida en nuestros días, la del raw talent europeo. Si antes había que destacar en Europa para captar la atención la NBA, eso está desapareciendo. Jugadores que apenas han despuntado bajo los focos de las competiciones continentales europeas llegan a la mejor liga del mundo. Incógnitas por las que muchos scouters se la juegan, temerosos de que otro equipo les arrebate ese diamante en bruto y que precipita la llegada a la competición de muchos jugadores aún por desarrollar.

Probablemente el pionero de esta categoría sea Enes Kanter (Draft de 2011) quien, tras dos años sin poder competir en la NCAA al haber sido profesional en Turquía anteriormente, fue elegido en el número tres por Utah Jazz. El poderío físico de Bismack Biyombo (congoleño que jugaba en Fuenlabrada) también le permitió entrar entre los siete primeros de ese Draft. Muy pronto la fuerza de Clint Capela (suizo jugando en Francia), los enormes brazos de Rudy Gobert (Francia) o la polivalencia de Giannis Antetokounmpo (segunda división griega) les abrirían las puertas de la NBA pese a no haber destacado ni siquiera en sus ligas domésticas.

La tendencia se intensifica todavía más en los dos últimos años. Kristaps Porzingis fue abucheado por los fans de los New York Knicks tras ser elegido con el número cuatro en 2015. No sabían quién era aquel enorme letón que salió del banquillo en sus dos temporadas en Sevilla. Menos ruido todavía harían Nikola Jokic, Damien Inglis o Walter Tavares, aunque en aquel momento resultaban igual de desconocidos. Y para esta temporada se incorporan el croata Dragan Bender o el griego Giorgos Papagiannis, ambos seleccionados entre los 14 primeros pese a no sumar 15 partidos en Euroliga entre ambos.

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Primera ronda del último Draft, con hasta nueve europeos entre las treinta primeras selecciones. Fuente: NBA.com

Otros casos como los de Timothee Luwawu-Cabarrot, Juan Hernangómez, Ivica Zubac  u otros europeos ya seleccionados en el pasado Draft aunque prefieran esperar a dar el salto (Ante Zizic, Gershon Yabusele, Furkan Korkmaz) confirman esta tendencia. En treinta años las franquicias NBA han pasado de considerar amateur todo lo que está al otro lado del Atlántico a, literalmente, lanzarse a por todo lo que se mueve y mide más de 2.10. Incluso la obsesión por importar el talento europeo trasciende al ámbito colegial, como prueban Jakob Poeltl y Domantas Sabonis, dos europeos que llegan a la NBA previo paso por las universidades de Utah y Gonzaga, respectivamente.

E incluso esta temporada podemos incluir una última categoría, merced al antes mencionado contrato televisivo. No todos los jugadores atienden de primeras la llamada de la NBA y prefieren quedarse en Europa con un rol más protagonista. No obstante, la posibilidad de ofrecer mejores contratos está atrayendo, si cabe, a más jugadores europeos. En los años anteriores los veteranos Prigioni (argentino que pasó buena parte de su carrera en España) o Pero Antic contribuyeron a crear esta categoría, que adquiere una incidencia mayor que nunca en la temporada que va a arrancar.

Son los casos del lituano Kuzminskas, que con 27 años llega a Nueva York. Tendrá complicado hacerse un hueco en los Knicks, pero su contrato a razón de tres millones por temporada le ha animado a dar el salto. El propio Álex Abrines llega a Oklahoma para ser el rookie mejor pagado de la liga, casi seis millones por temporada han conseguido que cambie de opinión respecto a su idea inicial de seguir en Barcelona. Incluso Sergio Rodríguez, asentado en Madrid tras una primera etapa complicada en la NBA se ha decidido a volver. Los ocho millones que le pagarán los Sixers han tenido la culpa.

En definitiva, Europa sigue derribando año tras año las puertas de la NBA. Una neocolonización que favorece a jugadores y a la propia liga, que adquiere una dimensión internacional y, por tanto, aumentar diferencias con el resto de campeonatos en cuanto a audiencias se refiere. Cabe preguntarse, no obstante, cómo deja esto a la propia Europa, dado que los jugadores se marchan cada vez más jóvenes. Jugadores como Sergio Llull, Milos Teodosic o el recién retirado Dimitris Diamantidis representan los últimos casos románticos de jugadores que prefirieron ser grandes en el Viejo Continente a hacer las Américas. Un modelo de jugador que parece condenado a extinguirse entre las montañas de dinero y prestigio que ofrecen al otro lado del charco.

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