El laborista de las dos tradiciones

Pueblo y clase en el discurso de Corbyn

La revuelta de la oligarquía, por recuperar el término con que Alberto Garzón definió las 17 dimisiones del Comité Federal del PSOE, que se dió en el Partido Laborista se saldó con una victoria – otra victoria – de Jeremy Corbyn, y con más apoyos de los que consiguió en septiembre de 2015. Las candidaturas contrarias a Corbyn y al equipo dirigente del Labour eran hijas de la crisis de la socialdemocracia. La blairita Angela Eagle y Owen Smith, que fuera colaborador de Ed Miliband antes de su descalabro en las elecciones legislativas, servían de la misma forma al Parliamentary Labour Party – una suerte de barones, valga la segunda comparación con el PSOE, pero es que Felipe González y Tony Blair tienen mucho en común. Tanto monta, monta tanto. Nada de socialismo, nada de luchar por el maltratado proletariado británico, como decía el Deputy Leader, el número dos de Corbyn, Tom Watson. La separación entre la cúpula y las bases, en este caso, sí se ha hecho más que patente. Cosa lógica, en una organización de base laborista y en una sociedad que tiene las luchas obreras tan y tan frescas en su memoria, cosa que define mucho el discurso de Corbyn. Lo curioso, lo complicado de entender en esta historia desde un régimen como el español, es que el laborismo que se pretende construir desde las últimas – las anteriores – elecciones primarias no impugna ninguna estructura sólida del régimen británico. Eso sí, impugna una estructura cultural. Impugna un sistema de valores, unas fronteras, incluso un constructo social con nombre y apellido: Margaret Thatcher.

Tony Blair, "el mejor invento de Margaret Thatcher"
Tony Blair, “el mejor invento de Margaret Thatcher” (vía SOTT)

Alain Badiou decía en un artículo esquemático llamado 24 notas sobre los usos de la palabra «pueblo» algo interesante, y profundamente aplicable a la sociedad británica que crea Thatcher. “La clase media es el pueblo de la oligarquía capitalista>>  . Podría discutirse. Debe, de hecho, discutirse. Casi cualquier consideración general sobre las características específicas que  debe  tener un sujeto popular es impugnable, porque cada pueblo es suyo propio, tiene sus propios ejes, sus propios dolores y sus propios deseos. Ahora bien, esta tesis – que Badiou envuelve de retórica de la izquierda tradicional – es, una vez más, profundamente cierta en el caso británico.

Un caso en que el pueblo de las oligarquías se fundó esencialmente en contra de una clase trabajadora organizada. La revolución conservadora británica fundó su nuevo pueblo contra las comunidades industriales, contra los sectores subalternos de una sociedad rígidamente estructurada entorno a la clase. Ese fue su acierto, fueron los primeros en romper el tablero e imponer uno nuevo. Le quitaron al Labour su obrerismo, porque ya no tenían sujeto que representar. Les impusieron la representatividad de la clase media, que pertenecía al establishment, y con ello los convirtieron en establishment. El acierto de Corbyn es parecido. Recupera una cierta retórica de clase para resituar las fronteras sociales. Para, de hecho, subirlas.

El discurso thatcheriano era sencillo. El pueblo conservador, el pueblo que cedía su soberanía a los oligarcas financieros y a la city, eran los profesionales liberales, los cargos medios empresariales, el funcionariado… Los sectores subalternos, la clase trabajadora que se había quedado sin sus fábricas, sin sus puestos de trabajo y sin sus comunidades obreras – que eran la red que sostenía los barrios y ciudades obreras, especialmente del norte inglés – eran subsidiados, rentistas que se aprovechaban del estado. En Chavs, la demonización de la clase obrera, Owen Jones cuenta mil y una anécdotas sobre como el sistema político construía las nuevas fronteras sociales a partir de derogar las políticas que habían ayudado a tejer esas redes – la vivienda social, por ejemplo – y los medios se encargaban de que los habitantes de los barrios bien se supieran clase media, y no pordioseros. Es más, que se supieran clase media – ergo, que se supieran pueblo británico, en tanto que sujeto al que se dirigen las instituciones –  contra la clase trabajadora, contra las calles sucias, el paro, la maternidad adolescente o la delincuencia callejera. La oligarquía se hizo así parte del pueblo, parte de su propia representatividad, contra un colectivo al que ellos mismos se encargaban de matar, poco a poco.

vía newyorktimes.com
vía newyorktimes.com

La impugnación a este sistema que subyace en el discurso laborista del último año es doble. Primero, porque viene de muy atrás. La herencia del líder y su cúpula, viejos socialistas, con todo lo que conllevaba serlo en la Inglaterra de los 70 y los 80, tiene un inevitable componente de clase. No hablan, ni visten, ni parecen altos políticos ni intelectuales, porque vienen de una reivindicación de la clase trabajadora desde la propia clase trabajadora. Y segundo, viene de abajo. Y el abajo británico, después de Thatcher, tiene dos ejes; dos enfrentamientos. El primero, contra su arriba. El segundo, contra lo que el propio Badiou llamaba «el pueblo oficial», entendido como aquél sujeto sobre el que un sistema político dominante sustenta su legitimidad. En otras iniciativas de corte populista, el «pueblo nuevo» al que llama el movimiento está incluido en el oficial. Es, en muchos casos, el oficial resituado, con fronteras constituidas en otros lugares y afueras diferentes.

En el caso británico, el elemento central, constitutivo del nuevo pueblo, el elemento que representa el común de las demandas a las que se dirige el discurso, está excluido del pueblo oficial, cosa que lleva a una probable anomalía: el discurso articulador del pueblo nuevo tiene que ser necesariamente de clase, además de popular. En un artículo para el Polytical Observer on Populism, la autora Laura Mackenzie hace un comentario interesante – que no desarrolla, pero que tiene mucho que ver con todo esto: «es evidente que Corbyn ha optado por una estrategia populista, pero el suyo es un populismo con un marcado carácter británico». El carácter británico es ese. El hecho de que un sector plebeyo de la sociedad británica – su clase trabajadora industrial – fuera excluido de la constitución del pueblo oficial durante la revolución conservadora, permite – u obliga – a Corbyn a utilizar una serie de significantes en su discurso que en otros contextos sociales serían, como mínimo, improbables a la hora de articular un sujeto popular, como «socialismo». Eso sí, significantes propios del laborismo tradicional – profundamente obrero – pero entendidos como un horizonte, como una promesa de sentido que se culminaría con la «cura» de unos dolores comunes. Unos dolores comunes de los que ese sector excluido es centro, ya que, como se ha dicho antes, no solo la estructura cultural del estado se ha construido a su contra; se ha legislado en su contra, explícita e impunemente, durante casi cuarenta años. Y son unos dolores de los que (esto suena) es causante primero una oligarquía que no pretende renunciar a sus privilegios, en contra de aquellos dolores de los 80 que provocaban – a la clase media – unos trabajadores que vivían a costa del estado y, por tanto, del contribuyente.

"No hablan, ni visten, ni parecen altos políticos ni intelectuales, porque vienen de una reivindicación de la clase trabajadora desde la propia clase trabajadora".
“No hablan, ni visten, ni parecen altos políticos ni intelectuales, porque vienen de una reivindicación de la clase trabajadora desde la propia clase trabajadora” (vía The Independent)

La prueba de que esta estrategia, en su contexto, es partisana, apuesta por la victoria política, está en una consecución discursiva del corbynismo tremenda, y es la construcción de nuevos significantes compartidos. El mismo «socialismo» vale para el caso. La Era Corbyn ha venido marcada por las recuperaciones: una, la de la relación con los sindicatos. Otra, la de militancia y simpatizantes jóvenes y urbanos. Los viejos trade unions, evidentemente, se refieren a los significantes de la vieja socialdemocracia como horizonte de igualdad económica, de conquista de derechos laborales, de socialismo, en definitiva. Lo curioso, y lo potente, es que en círculos urbanos, intelectuales, se alaba a Corbyn porque significa un «retorno al socialismo en las políticas laboristas», entendido cada vez más como una meta colectiva de lucha y victoria en los diferentes ejes de desigualdad – social, económica, pero también de religión, raza o género. Y estos dos horizontes se cruzan, se convierten en una amalgama discursiva. Se consigue un sistema de valores que combina propuestas económicas nítidamente socialistas propias del sindicalismo británico con reivindicaciones de soberanías, en plural: energética – la campaña contra las nucleares del Trident a la que se sumó el propio Corbyn y que le valió un enorme rechazo en el PLP – alimenticia, nacional… La  inacción de la cúpula laborista en la campaña a favor del Brexit y la aceptación inmediata del resultado del referéndum, incluso con una propuesta firme de un proyecto británico fuera de la UE respondía mucho a las demandas de soberanía – mucho más explícitas – de sindicatos como Socialist Workers. Además, se coloca como la primera fuerza progresista con un proyecto fuera de la UE actual con que disputarle el euroescepticismo – en clave de soberanía nacional/popular –  a las fuerzas reaccionarias al estilo UKIP.

El contexto británico ha favorecido esta política. Los movimientos sociales a favor del NHS, el sistema de sanidad; por una educación pública y gratuita o contra el TTIP y las incursiones externas en la soberanía británica, que son masivos y también transversales, han permitido a Corbyn situar una serie de demandas concretas en el centro de un nuevo sujeto que va de Londres a Liverpool y que aúna en su oposición al Partido Conservador y a lo que éste representa las viejas reivindicaciones, especialmente económicas, de un laborismo obrero que se resiste a abandonar las trincheras con las demandas de sectores urbanos, progresistas. El gran problema del corbynismo, sin fundar polémicas, es Corbyn – al menos dentro del marco de la hipótesis populista. Toni Negri contaba en su Otra vuelta de Tuerka una anécdota sobre Ernesto Laclau, que criticaba un movimiento social de protesta contra el gobierno peronista con una cita clave para entender su pensamiento político: «No son nada, porque no tienen un jefe». Los analistas británicos coinciden con las definiciones sobre la dialéctica del líder: gélido, pétreo, sin alma. Corbyn ha impuesto unos significantes, las bases de un nuevo sujeto. Pero, eso sí, él no es un significante. No es un ultraliderazgo que sintetice su discurso y que movilice por sí mismo. En ese sentido, no es el Pablo Iglesias británico, como alguien dijo. Ahí reside la dificultad, y la eventual – posible – derrota de Corbyn como actor electoral, pero no de su discurso como objeto articulador.

La fundación de un pueblo contra la Dama de Hierro sería una proeza política, pero algo parecido ha hundido la revuelta oligárquica, de vuelta a Garzón, de los «hijos de Thatcher», de los Blairs y los Browns, con incluso más apoyo interno. Corbyn tiene vía libre, apoyo de las bases, sindicatos a su lado y, muy importante, a la prensa conservadora en contra. Si hay un contexto en el que se pueda fundar un pueblo, ese es el suyo.

 

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