La generación tardía para el rock

¿Os acordáis de cuando los músicos no dependían de otras personas contratadas para que les compusieran las letras de las canciones? ¿Os acordáis de cuando la música la hacían los cantautores y no los productores? ¿Os acordáis de aquellas voces y melodías que se generaban de manera natural, sin la necesidad de depender de un ordenador para ser retocadas y mejoradas? ¿Os acordáis de cuando un músico vendía discos por su talento y no por su apellido o por haber salido en un programa de televisión de tele basura? Yo, personalmente, no me acuerdo, más que nada porque en aquél entonces no había nacido; pero siento la misma añoranza que las personas que lo recuerdan, pues la música de antes no la he vivido de forma empírica, pero sí que la vivo en mi interior cada vez que la escucho.

Corre el año 2016; la era tecnológica nos absorbe, y no nos quepa duda de que también se ha llevado por delante la música. Recuerdo cuando el otro día fui al centro de la ciudad a por una cejilla para mi guitarra: FNAC de Callao, sección de instrumentos musicales. Ni cejillas, ni guitarras, ni ukeleles, ni pianos, ni siquiera un mísero triángulo: platos de DJ. Eso es lo que se ha convertido la sección de “instrumentos musicales”. Parece ser que ahora el raro es el que hace y escucha música natural, ya sabéis, la de toda la vida. Por no hablar de las discotecas, ¡no nos metamos en camisas de once varas! Bob Seger publicó un single en 1978 llamado old time rock and roll. Decía algo así como “no trates de llevarme a una disco, ni siquiera me sacarás a la pista, en diez minutos estaré buscando la puerta, a mí me gusta ese rock ‘n’ roll de los viejos tiempos”. Es una canción completamente equiparable a los rockeros que sufrimos los tiempos que corren. El hecho de entrar a una discoteca y ver todo lleno de frikis y modernos cuyo único propósito es emborracharse y ligar bajo el sonido artificial de una melodía que lleva sonando durante todo el verano día sí y noche también te hace querer agarrar la puerta y volver a casa, poner un vinilo de los Rolling Stones y bailar en camisa y calzoncillos, rememorando los tiempos de cuando se bailaba porque había razón de sobra para bailar: porque la música era buena.

 

El fenómeno de la industria musical del siglo XXI es evidente: hacen de los nuevos ‘hits’ musicales una moda pasajera. Las canciones que se bailarán y se escucharán este verano a modo redundante dejarán de ser oídas el verano siguiente, como si no hubiesen existido nunca; a cambio de otras que volverán a salir el próximo verano, y así sucesivamente. La gente no dice “yo escucho los hits musicales del verano de 2012”, ¿por qué? porque esa moda ya ha pasado. Las cosas cuando están de moda son molonas, pero cuando pasan de moda es signo de vergüenza y cuesta admitirlo. Esto mismo no ocurre por ejemplo con el rock. Los rockeros no sólo admitimos, sino que afirmamos orgullosamente escuchar exitazos de hace décadas como bohemian rhapsody, hey jude, highway to hell, wish you were here, welcome to the jungle y muchas más. Esto indudablemente tiene un significado: la buena música es la que nunca pasa de moda.

Este ejemplo que acabo de poner es una muestra clara de que la industria musical de hoy en día no pretende hacer música ni placer para los oídos; simplemente quieren crear dinero, explotar la canción del verano tantas veces que acabe saliendo en televisión, en radio, en anuncios; en resumen, introducir la canción en tu subconsciente como si fuese dopamina en el cerebro. Por si no fuera poco, la industria textil se dedica a vender camisetas de grupos como The Ramones, Nirvana, The Rolling Stones, etc. creando una sociedad con rock en las apariencias y decadencia musical en los auriculares.

Escribo para todos aquellos jóvenes que sienten que han nacido en la época equivocada, que sienten que musicalmente no tienen un espacio propio, que sienten que deberían haber vivido la época de las chupas de cuero y los tupés, la época en la que todavía seguían vivos Freddie Mercury y John Lennon, la época donde había más guitarras y menos perreo, aquella época de en la que tenías el triple de posibilidades de triunfar musicalmente por estar en un escenario y no en un plató de televisión de Telecinco.

Cuando William Axl Rose, vocalista de los Guns N’ Roses era pequeño, le preguntaron lo que a todos nos han preguntado de pequeños: ¿qué quieres ser de mayor? A lo que él respondió: Yo quiero ser estrella del rock. Su sueño acabó cumpliéndose, siendo conocido actualmente como uno de los mejores rockeros de la historia. Mi posición actualmente, al igual que la de miles de rockeros jóvenes del siglo XXI, es la misma que la de Axl Rose de pequeño, sólo que, con una pequeña escisión: no queremos ser sólo estrellas del rock, sino regeneradores del rock. Queremos que el rock vuelva a las calles, que las guitarras suenen tan fuerte como antes y que las carreteras vuelvan a tomar el camino al infierno. ¿Cuántas veces habremos sufrido los jóvenes rockeros la frase de “¿Rock and roll? ¡Eso es música para viejos!”?

La juventud se asemeja a lo regeneracional, al cambio. “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica” dice la frase. La juventud odia el conservadurismo, sobre todo el conservadurismo político. ¿Hay algo más asqueroso que el conservadurismo político? Sí: el conservadurismo musical, el “déjalo como está, que esto ya no se lleva”. La generación del rock ha pasado, ahora toca la regeneración del rock. Volveremos a hacer historia como lo hicieron Chuck Berry, Little Richard, Jimmy Hendrix, Elvis Presley, The Beatles y Freddie Mercury. Porque el rock no es sólo música, también es un sentimiento; y puede que la música se vaya, pero los sentimientos permanecen.

Larga vida al rock and roll.

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