Erdoğan, de la alcaldía al sultanato

Corrían los años 70 cuando un joven turco jugaba al fútbol a escondidas de su padre en el barrio de Kasimpasa, en Estambul. Cuentan que hasta el Fenerbahçe, uno de los mayores equipos del país, se interesó por él. Hoy, el estadio de la localidad lleva su nombre: Recep Tayyp Erdoğan, actual presidente de la República de Turquía y la persona más poderosa del país desde los tiempos de Atatürk.

Familia muy conservadora, muy vinculada al islam, modesta, y una infancia que se desarrolló rodeada de pobreza. Aunque pudiera parecer la típica descripción del personaje de una novela, tener presente estas características es fundamental para entender por qué Erdoğan ha logrado alcanzar la cima del poder y continuar escalando.

Turquía saltó a la primera plana de todos los medios el pasado 15 de julio tras el fallido golpe de Estado. A este le han seguido purgas de militares, jueces, catedráticos, periodistas y cualquier persona a la que acusen, con fundamentos o sin ellos, de estar relacionada con el golpe.

Sin embargo, la deriva autoritaria de Turquía, llevada a cabo por su actual presidente, no comienza ahí, sino que tenemos que remontarnos tiempo atrás.

“La democracia es solo un tren al que subimos hasta que llegamos a nuestro destino”

-Recep Tayyip Erdoğan

Tendremos que echar una rápida mirada a los orígenes de Turquía para entender su evolución. En 1923, tras la caída del Imperio Otomano y la ocupación por los aliados, un oficial del ejército, Atatürk, lleva a cabo “la liberación de Turquía”, que supuso una guerra contra Grecia y la reformulación de los tratados por los que se dividía la península de anatolia tras ser vencidos en la I Guerra mundial. Atatürk, tras conseguir la reunificación de Turquía, se volcó en lograr un país laico y occidental.

Esto es necesario para entender dos cosas: la primera que, en contra de la creencia mayoritariamente extendida, Turquía no ha sido durante la mayor parte de su historia un estado de corte islámico. La segunda, que en Turquía el ejército siempre ha defendido la laicidad del Estado, lo cual le ha llevado a dar varios pronunciamientos defendiendo la secularidad, muy diferentes a los ocurridos en Europa durante el siglo XX que defendían posiciones reaccionarias. Esto no quiere decir necesariamente que los levantamientos fuesen legítimos o no tuviesen otros intereses, pero es necesario tenerlo en cuenta para comprender Turquía.

¿Cuándo comenzó la deriva autoritaria de Turquía?

Erdoğan llegó a ser primer ministro de Turquía, antes de ser presidente, en el 2003. Sin embargo, durante gran parte de su primer mandato mantuvo posiciones abiertas, con la mirada puesta siempre en Europa, llegando a ser alabado por la oposición de su país. Al fijarnos en la situación actual de Turquía, poco menos que un sultanato al servicio de un hombre, más que creer que sus principios han cambiado en este tiempo, quizá lo más acertado sería pensar que entonces sólo estuviese adoptando una postura pragmática.

El turco llegó a la alcaldía de Estambul en 1994 de la mano de un partido de corte islámica, Refah Partisi. Este sería el primer partido islamista en ganar unas elecciones legislativas en Turquía, y en 1997, durante la alcaldía de Erdoğan en Estambul, se produjo un pronunciamiento militar, sin sangre, donde el ejército hizo caer al gobierno, acusándole de ir contra la laicidad del Estado e imponer el islam. Erdoğan sería detenido por leer un poema islamista que recordaba a grupos radicales cercanos al salafismo, como los Hermanos Musulmanes. Pasó 4 meses en prisión.

Su estancia en prisión, en vez de radicalizar sus posturas, le llevó a comprender que tenía que moderar su discurso. Por el momento.

Tras salir de la cárcel, quien luego establecería el gobierno más islamista de la historia de Turquía, declaró la necesidad de mantener la separación Iglesia-Estado.

En 2001 fundó el partido de la Justicia y desarrollo (AKP por sus siglas en turco), del cual sería su presidente. Mantuvo su carácter islámico, moderado, siempre remarcando su defensa de la democracia, que a la vez era capaz de conectar con las clases más pobres. En ese espacio ideológico se encontraba el mayor caldero de votos, y la mejor cantera para formar una gran base de apoyos para este partido. La imitación de un partido democristiano con valores islámicos.

vía El País
vía El País

La coyuntura de Turquía desde el 2000 establecía el caldo de cultivo perfecto para romper el sistema, con una crisis económica que afectó de forma severa a la población. En 2002, un año después de fundar el partido, ganaría las elecciones con un 34% de los votos, pero más de dos tercios de los escaños con un sistema electoral que aplasta las minorías en Turquía.

Durante su mandato como primer ministro, Turquía prosperó de una forma asombrosa, creciendo a más del 5% del PIB anual durante una década en un entorno de lo más complicado, con la guerra siria al sur, vecinos empobrecidos y un contexto internacional muy difícil por la crisis en Europa desde 2008. Redujo la desigualdad de forma considerable. Abandonó su discurso islamista y se mostró abierto a Europa, a la vez que dio una imagen exterior muy positiva, con más de 35 millones de turistas anuales. Y así se ganó el apoyo popular y la legitimidad que le permitiría acumular los poderes necesarios para llevar a cabo cualquier reforma que considerase oportuna.

En el interior, su popularidad también iba en aumento. Del 34% de los votos obtenidos en el 2002, pasó al 47 en 2007, y volvería a mejorar el resultado en 2011.

Fue entonces cuando llegó el momento de bajarse del tren de la democracia.

Siendo sinceros, el trayecto democrático de Erdoğan había sido corto. Desde 2008, mientras en lo económico eran todo éxitos, las libertades en Turquía se habían ido recortando, lo cual había sido acompañado de una tendencia hacia la islamización. Los periodistas eran perseguidos; los medios, multados por sus contenidos “poco morales”, los niños separados por sexo en ciertas escuelas, el alcohol prohibido en muchos lugares… todo esto mientras mantenía un discurso abierto de cara al exterior.

Desde sus comienzos como primer ministro, Erdoğan había adoptado un fuerte personalismo. Los logros no eran de Turquía, del gobierno o de su partido, simplemente eran suyos. Los desaciertos, por supuesto, estaban provocados por un enemigo exterior, ya fuesen potencias extranjeras o grupos opositores, a los que empezó a perseguir. Este fuerte personalismo le permitió concentrar el poder. Cuando en su partido, el AKP, se debatía algo, primero hablaba él, luego se llevaba a cabo lo que había dicho. En el gobierno, su influencia fue absoluta.

El punto de inflexión llegó en 2013 cuando, un asunto de poca importancia (relativizando) como el derribo de un parque para construir un centro comercial y, sobre todo, las medidas tomadas contra los pocos activistas que allí se encontraban, llevó a desatar manifestaciones por todo el país en contra de la deriva autoritaria que estaba tomando el gobierno. La represión de estas acabó con 2 muertos y 1.200 detenidos. Los miembros de su partido que le cuestionaron fueron obligados a dimitir. Ya no había vuelta atrás.

Varios países, como Alemania, alertaron de la deriva autoritaria de Turquía. La respuesta de Erdoğan, que hasta entonces había adoptado siempre un tono conciliador, fue decir que nadie podía entrometerse en la política interna del país.

En 2014 accedió a la presidencia de Turquía abandonando el cargo de primer ministro. Su declaración de intenciones fue la formación de una Nueva Turquía, que recuperara los valores ancestrales (anteriores a la propia Turquía). Este camino es el opuesto al que llevaba ocho décadas recorriendo Turquía desde Atatturk, construir un nuevo país. Las intenciones del nuevo presidente iban encaminadas a reconstruir la esencia del Imperio otomano.

De sus primeras decisiones destaca la de mudarse a un palacio de más de 300 millones de euros, que la justicia había prohibido construir, y él dio la orden de continuar construyendo siendo aún primer ministro. Este palacio, con aspecto otomano, es la mayor muestra del cambio que ha sufrido Turquía, dejando de ser una república para ser un sultanato.

Al comenzar el siglo XXI, Turquía era un sistema parlamentario, es decir, el parlamento ostentaba la mayor parte del poder. Desde que Erdoğan llegó al poder, con su partido controlando el gobierno, el parlamento ha perdido prácticamente todo su poder. Además, declaró su firme intención de convertir Turquía en una república presidencialista, lo cual, en un país donde no existe clara división de poderes, es el equivalente a una dictadura personalista.

El primer ministro que colocó en el gobierno cuando fue nombrado presidente, fue destituido en mayo del 2016 (dimisión en extrañas circunstancias) al no apoyar estos planes.

También en mayo de 2016, Erdoğan quitó la inmunidad a los diputados del parlamento, semanas antes de que se produjese el fallido intento del golpe de estado.

Llegados a este momento, seguro que os habéis hecho una pregunta ¿Qué ocurre con los militares? Turquía había sufrido en toda su historia cinco golpes militares, amparados en la defensa de la democracia y el laicismo del Estado. Cuesta creer que, si los militares habían realizado un pronunciamiento dos décadas atrás por la llegada de un partido islamista al poder, no hiciesen nada ante esta manifiesta deriva autoritaria e islamista. Lo cierto es que en 2007 ocurrió algo. Los militares, en un comunicado en la página web del Estado mayor, se posicionaron en contra del AKP, diciendo que, si salía ganador en las próximas elecciones, tomarían acciones. El gobierno, ya en manos del AKP, condenó los hechos y, tras ganar las elecciones, no ocurrió nada. Sin embargo, las personas del partido habían tomado nota de esta advertencia.

vía BBC
vía BBC

En ese momento, el AKP, buscó un aliado en un movimiento islámico con el cual compartían ideas. Este movimiento estaba dirigido por un clérigo, Gülen. Tenía una aceptación social muy grande, controlaba gran parte de la opinión pública y, sobre todo, algo que al AKP le interesaba fundamentalmente: la educación. Este clérigo tenía gran influencia debido a que dirigía numerosos centros educativos y universidades de gran importancia, no sólo en Turquía, sino también fuera del país. Ambos tenían un enemigo en común, el gran poder del ejército en Turquía y, derivado de ello, la secularización que este ejercía sobre el Estado. El AKP dio poder institucional al movimiento, y este a cambio usó su influencia para reducir el poder de los militares y transformar esa Turquía laica en un estado islámico, en un principio muy alejado del fanatismo religioso que caracteriza los estados islamistas, pero una vez vencido el dique de la secularización, el ejército, pocas cosas se oponían ante una creciente islamización.

Pero este matrimonio de conveniencia entre el AKP y el movimiento duró poco. Las luchas por el poder estallaron en 2012, donde el movimiento acusó al AKP de corrupción y el gobierno de Turquía empezó a perseguirle cerrando sus centros. Un año más tarde, el movimiento fue declarado ilegal, calificándolo de organización terrorista.

Dos factores han cambiado en la última década en el ejército Turco, el segundo mayor de la OTAN, la ya comentada persecución por parte del AKP, que veía en el ejército un impedimento para llegar al poder, y una deslegitimación ante la sociedad, favorecida por el gobierno.

En la primavera de 2016, todos los interesados en la situación de Turquía eran conscientes del descontento del ejército, y de la intención de muchos de cometer un golpe de estado. Lo que no tenían tan claro era que pudiera triunfar.

Algo que llama la atención es la poca, más bien nula, información que tres meses después tenemos del golpe. Sin ninguna consecuencia directa importante que pudiera perjudicar al AKP y Erdoğan, fue la mejor oportunidad para establecer el Estado de Alarma, lo cual le permitió vencer cualquier obstáculo legal que le impidiese culminar su ascensión política. El golpe de Estado fue tan favorable para el régimen, que cualquiera podría pensar que lo habría deseado. Sin entrar a valorar todo lo que ocurrió el 15 de julio, que fracasase el golpe de forma tan rotunda, cuando la coyuntura era la más favorable posible, hace ver que el gobierno de Erdoğan está más que consolidado.

El chico que empezó dando patadas a un balón se ha convertido en el nuevo sultán turco.

Es difícil decir cuál es el futuro que le espera a Turquía. Sin embargo, podemos intuir algunas cosas.

El islamismo y el autoritarismo del régimen seguirán creciendo con la trayectoria que han mantenido hasta ahora, librados de toda oposición interna que les pudiera suponer una verdadera amenaza, por lo que es de suponer que todo avanzará mucho más rápido. Algo a tener en cuenta es que estos dos aspectos, tanto islamismo como autoritarismo, son defendidos por gran parte de la población, no pueden ser vistos bajo el punto de vista occidental.

Turquía dará la espalda a occidente, no sólo a la UE, donde a Erdoğan ni le interesa ni le permitirían entrar, sino también a Estados Unidos, y empezará a tejer alianzas o, cuanto menos, acuerdos puntuales con quien hasta ahora han sido sus adversarios. Bien es cierto que estas rivalidades no pueden cambiar de un día a otro, y que seguirá habiendo muchos intereses opuestos. Una situación verdaderamente compleja.

La situación es irreversible, al menos en el corto plazo. No podemos decir lo que pasará en 100 años, ni siquiera en 30, pero sí que podemos observar que, tras el golpe fallido, Erdoğan eliminó cualquier oposición, además el contexto ayudó a legitimar sus acciones. La popularidad del presidente dentro

 

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