Mediocentro como arte y oficio

Parece una utopía que una localidad de 40.000 habitantes pueda asentarse en la élite del fútbol italiano. Más aún que el club de dicha localidad pueda disfrutar de una aventura en una competición europea como la Europa League. Pero el Sassuolo, 6º clasificado e indiscutible revelación de la pasada Serie A, no entiende de utopías. Y no comprende de ellas porque es una institución especial, tanto como para apostar por el vivero italiano en tiempos en los que cada vez es menos habitual hacerlo, tener que jugar en Reggio Emilia o salir del túnel de vestuarios del MAPEI Stadium-Città del Tricolore (estadio de la Reggiana) bajo el ritmo de Sweet Child O´ Mine de Guns N´ Roses. Todo barco tiene un capitán, y el del sorprendente Sassuolo sobre el terreno de juego tiene nombre propio: Francesco Magnanelli.

El -ya- veterano (nacido en 1984) jugador natural de Umbertide dio sus primeros pasos como futbolista en L´Associazione Sportiva Gubbio 1910, un modesto club de su provincia (Perugia) natal que actualmente milita en Lega Pro, la tercera categoría del fútbol italiano. Magnanelli debutó con el primer equipo todavía imberbe, a la temprana edad de 16 años, cuando el equipo militaba en Serie C2 (actual Lega Pro Seconda Divisione y equivalente de la Tercera División española). En la temporada 2001-2002, el hoy jugador del Sassuolo diputó 14 partidos con el cuadro perusino, atrayendo un fuerte interés de varias escuadras de Serie A de entre las que figuraban Torino y Chievo Verona, donde acabaría recalando finalmente.

Sin embargo, pese a formar parte de la primera plantilla del combinado veronés, Magnanelli no consiguió, para su disgusto, debutar en Serie A. De esta forma, y tras sólo un curso en Verona, hacía las maletas rumbo a Florencia para firmar por la Fiorentina, por aquel entonces en Serie B tras haber sido refundada a principios de siglo como consecuencia de una insostenible crisis financiera. Bajar de categoría tampoco fue la solución. Con el conjunto viola, con el que ascendió a la Serie A, vivió un dejà vu de lo experimentado en Verona: no logró encontrar espacio. Habían pasado dos años desde que abandonó Gubbio y el bisoño Magnanelli no conseguía debutar como profesional.

Vista la poca continuidad que tuvo en la Fiorentina, la solución pasó por descender una nueva división, esta vez fichando por el Sangiovannese de Serie C1 (Lega Pro), donde tampoco consiguió acumular los minutos que necesitaba: 7 partidos disputados fueron el escaso bagaje de Francesco en la escuadra toscana. En él había futbolista, como ha acabado poniendo de manifiesto, pero ningún entrenador estimaba oportuno contar con él. Sería entonces el verano del 2005 el que cambiaría su carrera para siempre. La falta de continuidad derivó en un nuevo paso en su progresivo descenso por el balompié italiano, pero, esta vez, el cambio de equipo fue acertado y definitivo, pues apareció el que a día de hoy es el club de su vida, el Sassuolo, que pagó al Sangiovannese 120.000 euros para hacerse con los servicios de un joven de 20 años de historial reciente limitado. Por primera vez, apostaron de verdad por él.

Desde el instante en el que se enroló en las filas del equipo modenés, la trayectoria de Francesco Magnanelli ha mantenido una progresión constante, desarrollada lentamente pero con buena letra. Con el Sassuolo el futbolista de Umbertide ha jugado hasta en cuatro categorías diferentes en las once (con la duodécima en curso) temporadas que acumula como neroverdi: una campaña en Serie C2 (Lega Pro Seconda Divisione), dos en Serie C1 (Lega Pro), cinco en Serie B y tres (camino de cuatro) en Serie A; contando con tres ascensos en su haber. Todo un máster de fútbol italiano.

A lo largo de su carrera Magnanelli ha sido dirigido por entrenadores que con el paso del tiempo han alcanzado un estatus elevado: desde Maurizio Sarri en el Sangiovannese hasta Stefano Pioli o Massimiliano Allegri -del que declaró que por su forma de gestionar a los jugadores era “su Phil Jackson”- en el propio Sassuolo. Pero, sin duda alguna, ha sido de la mano de Eusebio Di Francesco con el que el club propiedad de Giorgio Squinzi (director ejecutivo principal de la Mapei, principal patrocinador del Sassuolo) y el propio jugador se han hecho notar en su aterrizaje en la Serie A.

Ateniéndonos a sus cualidades, si hay un adjetivo que describa el fútbol de Magnanelli es jerárquico: ordena al equipo y manda con su carácter y seguridad en el campo. Desde su fiabilidad y -alto- rango de pase marca el ritmo con balón del Sassuolo. Es capaz de reciclar el esférico a base de pases cortos, así como de verticalizar tanto en largo como en corto, y cambiar con suma precisión de orientación. Él marca la pauta, ejerce con serenidad el rol de regista (término italiano que significa director y es empleado para designar al mediocentro). No gusta de prodigarse conduciendo la pelota, tanto por -ausencia de- condiciones técnicas y físicas como por voluntad propia: recibe, piensa rápido y pasa, como el buen mediocentro. Sin florituras. Él mismo es consciente de sus limitaciones, tal y como apuntó en una entrevista en La Gazzetta dello Sport en Noviembre de 2015. Su sentido táctico es notable con balón (trata de estar en disposición de ofrecer línea de pase a sus compañeros) y sin él. Actuando como pivote en el habitual 4-3-3, es uno de los buques insignia dentro del sistema de Eusebio Di Francesco y se comporta como tal. Francesco Magnanelli juega y hacer jugar, es el director de una orquesta perfectamente engrasada como es el Sassuolo. Todo ello, sin acaparar foco alguno. No los necesita. Pero que no los necesite no quiere decir que no los pueda merecer. Porque de hecho los merece.

La cuestión entonces es la siguiente: ¿Por qué se habla tan poco de Francesco Magnanelli? Es la pregunta que servidor se pregunta una y otra vez, sin alcanzar a entender si es su -en contexto futbolístico- avanzada edad, su tardía llegada a la élite o el hecho de convivir con un talento que acapara -merecidamente además- la mayoría de los elogios como Domenico Berardi. Atraiga o no la atención del espectador, él, tan infravalorado, seguirá irradiando carácter y jerarquía, así como deleitándonos desempeñando el complejo oficio y noble arte de ser mediocentro.

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