Y en eso llegó Fidel

10 de marzo de 1952, Cuba. Fulgencio Batista y su gente derrocan mediante golpe de Estado al presidente electo Carlos Prío Socarrás. ¿El resultado? Una dictadura militar títere (como fue tristemente habitual en América Latina) de los Estados Unidos. En esas, un grupo de jóvenes barbudos liderados por el carismático Fidel Castro deciden que no hay otra vía que la lucha armada para terminar con el régimen de Batista. Represaliados, detenidos o incluso encarcelados el 26 de julio de 1953 y liberados por presión popular en 1955, el ya denominado “Movimiento 26 de julio” entra triunfal en Santiago de Cuba el 1 de enero de 1959. La Revolución había triunfado.

Dejando a un lado análisis y posicionamientos interesados, amarillistas y ambiguos, vamos aquí a mirar con algo de perspectiva lo que Fidel ha significado para Cuba y para América Latina. Fidel supuso el comienzo de un ciclo de revoluciones en América Latina de diversos signos pero con un denominador común: la soberanía. Una defensa plebeya de lo nacional-popular y lo democrático frente al Imperio. Muchos llegaron después de Fidel y la Revolución Cubana (Chile, Nicaragua, Bolivia, Venezuela…), pero siempre con esos barbudos como referencia.

Hugo Chávez (Venezuela), Fidel Castro (Cuba), Evo Morales (Bolivia)

América Latina, acostumbrada al caudillismo y a la supeditación a los intereses (principalmente económicos, aunque también políticos) de Estados Unidos (o de la URSS, como en Cuba), encontró pues un lugar de encuentro. Un espacio de comunicación y desarrollo en común. La Revolución Cubana sobrevivió a la presión estadounidense, al aislacionismo y a la caída del muro y, con ella, sobrevivió también la idea de la posibilidad de una política plebeya en América Latina. Fue el continente que desafió al Fin de la Historia de Fukuyama y le enseñó que había política un paso más allá de las dicotomías del siglo XX.

Lo que nos interesa de la Revolución Cubana hoy no son los logros y el desarrollo que trajo (y que trae aún hoy) al país, sino lo que ha supuesto la figura de Fidel y el proceso revolucionario en América Latina. La Bolivia de Evo, el Ecuador de Correa, el Uruguay de Mujica… y, sobretodo, la Venezuela de Chávez, que parecen haber tomado el relevo de Cuba como ejemplo y referente de los movimientos revolucionarios en el continente. No solo en lo que atañe al proyecto y la construcción política, sino a la propia figura personal. Ojo, que la cuestión del líder no se tome como algo negativo, no nos pongamos así. El líder en política y, en especial en América Latina es esa figura capaz de representar la heterogeneidad de los anhelos de una parte sustancial de la población en sus gestos, palabras, discursos, ideas… Es decir, ese algo capaz de acercar la política a la gente, y viceversa. Supondría pues que la figura del líder es uno de los elementos más democráticos (y democratizadores) en la política. Con un continente colaborativo y solidario en la práctica, hoy parece vivirse en una pulsión continua entre las limitaciones políticas de los gobiernos revolucionarios y la incapacidad de Estados Unidos de controlar, dirigir y dominar al continente.

Nos deja hoy Fidel y toca posicionarse. No respecto a su figura concreta, ni siquiera respecto al futuro de Cuba, sino en lo que tiene que ver con esos dos modelos (en una generalización que se deja muchos matices por el camino) que hoy pugnan en América Latina. ¿Chile o Venezuela? ¿Colombia o Ecuador? Elijan.

 

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