La seducción del díscolo

Nos atrae lo rebelde, lo transgresor, aquello que sin penetrar lo criminal, se desmarca de lo establecido.  Es instintivo, de germen adolescente y final indefinido. El macarra de chaqueta motera, el precoz fumador de aparcamiento, el guaperas circunspecto. O los hemos sido (intentado, mas bien) o los hemos presenciado. Y envidiado, para que mentir. Porque Danny Zuko ha tenido muchas caras y ha ido a muchos institutos.

Esto se pasa, tanto para el intérprete como para el espectador, pero nunca del todo. Siempre queda un resquicio, algo que aviva la llama, que crea el cariño. Ocurre en el deporte, con un aficionado fiel a su fetiche, aquel que aprecia allá donde vaya y haga lo que haga.

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El sujeto que nos atrapa en su irreverencia destaca por sus matices, pero está moldeado por factores comunes fácilmente apreciables. Lenguaraz, de trayectoria inestable, impulsivo en el ejercicio de sus actividades y extrovertido fuera de su puesto de trabajo. Entre el amor y el odio, ahí están ellos. Nosotros preferimos lo primero.

Y sí, digo nosotros. Todos tenemos uno.

Las peripecias de éste provocan la sorna de nuestro entorno. Pero aguantamos. A veces las compartimos, qué remedio, lo dejan a huevo. Sus extravagancias nos unen más si cabe a ellos. Su singularidad es la razón de nuestro hechizo, uno basado en la confianza vitalicia, una poco coherente. Aquí lo racional es trivial. Nuestro demente es nuestro y de nadie más.

Estos personajes se manifiestan en todas las disciplinas y ámbitos, no hay discriminación posible. Están llenos de tópicos (el tiempo los justifica), no necesitan caricaturas y las apariencias tampoco engañan. Llegados a este punto, son varios los nombres que han circulado por vuestro subconsciente. Puedo conjeturar quienes son, y aún mejor, saber el por qué de su presencia ahí. Predecibles en lo inesperado.

Pese al denominador común, los detalles también juegan. El contexto, por ejemplo. Éste determina si la broma es divertida o de mal gusto. El talento es el mejor aval, y sin embargo, no siempre es suficiente.

Porque el resultado manda y a veces no casa bien con su espectáculo. Pocas veces ambos se conjugan como debería, alcanzando el equilibrio que lleva al éxito. Lo normal es que el personaje se coma a la persona, que nos quedemos con la anécdota, que simplemente perviva en coloquios de bar.

Pero hay excepciones.

Rarezas que conocen la gloria y el ostracismo, la guasa y la determinación. Una es JR Smith, al que sin querer, ya hemos presentado.  El mejor representante del descaro, contorsionista de profesión y rey nocturno de etiqueta. Si no es difícil no le gusta, así es él. Único.

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NY Daily News

Su carrera lo acredita. Desde la necesidad de llamar la atención a su afán por levantar al espectador de su asiento. La confianza es su trinchera, necesita el reto para ser diferente. Estar defendido cuando arma el brazo, anotar el primer tiro para agenciarse los cinco siguientes. Es su referencia mental, que diría Gonzalo Vázquez.

 «I’d rather take a contested shot than an open shot. It’s kind of boring when you take open shots» – JR Smith

Su destreza es indudable pero no insólita. Lo especial es el cómo, no controlar sino dinamitar. Salir y ejecutar en el momento justo. Un flujo desbocado que solo discurre sin cadenas, con más riesgo que ninguno. Espectacular para la galería, no tanto para el palmarés. Porque con él nunca han existido puntos medios, y eso le ha hecho tan grande como pequeño. Él prueba que lo inverosímil encandila y frustra al mismo tiempo.

Earl Joseph Smith III ha bebido siempre del cáliz de la eterna juventud. Las fiestas, la polémica, la inmadurez. El oportunismo nos dice que de haber tomado otro camino, lo visto hasta la fecha pudo ser sólo una parte del total. No obstante, con la treintena llegó la realidad. JR Smith era un bufón, uno extraordinario sí, pero un bufón. Uno que entretiene, pero no gana. Nadie se lo planteaba ni hacía falta. Conformismo basado en un público que le reía las gracias.

El presente nos afirma lo contrario, nos demuestra que él, como muchos otros, fue víctima del mismo mal: la derrota. Como trastorno y enemigo, como barrera emocional. No tenía que cambiar, sino gobernarse a sí mismo. Ser útil, formar parte de algo.

Dijo basta.

O mejor dicho, se lo dijo el destino. Unas cuantas llamadas y adiós Nueva York, hola Cleveland. La ciudad del todo por una que no dice nada. Llegó como despojo, se lo querían quitar de en medio. Competir con él se antojaba una quimera, y puede que lo fuera. Menos para LeBron: “yo me encargo”.

Era el primer paso, contagiarse del huracán competitivo que transmitía el elegido. Lo consiguió. ¿La prueba? Un contrato de 5 millones de dólares. El ego por fin quedaba a un lado. Quería ganar, caer contra los Warriors prendió el fuego.

«El mercado se volvió loco, había muchos chicos recibiendo grandes contratos y empecé a hacerme preguntas. ¿Seré realmente un cáncer para el equipo?», declaraba para la ESPN.

El segundo paso, el más importante, era personal. Años de promiscuidad y despilfarro desembocaron en un sentimiento de soledad alarmante. Su padre le decía que había un momento y un lugar para todo, y JR no lo entendió hasta entonces. Volvió con Jewel, su ex pareja, aquella con quien había tenido una hija, Demi. Ella le abrió los ojos.

Un día JR estaba haciendo inventario con los juguetes de Demi, ante la comprensible desaprobación de ésta. Quería donar aquellos que ya no usaba, una bonita lección que sin embargo, acabó a la inversa:

«Me dijo que no daría esos juguetes. Yo le comenté que tenía que hacer sacrificios, si quería juguetes nuevos tenía que dar los otros. Entonces ella me miró y me dijo, ¿y tú qué sacrificios estás haciendo? Me sentí como, wow. Tenía que pensar sobre ello, ¿qué estaba sacrificando?», le explicaba a Brian Windhorst.

Entonces, el exhibicionista se convirtió en soldado. Uno que se aferraba a las mismas armas, pero que las ponía a disposición del resto. El remate, sin embargo lo hizo en la zaga. Se puso a defender, a estudiar al rival y entender la retaguardia. Nunca había hecho el esfuerzo, admitió. Ahora todo era distinto.

Lo era su entorno, y sobre todo, su objetivo. Tenía que saber quién era y quién quería ser, y por primera vez en su vida se dedicó a ello. Sin perder su esencia, sin esconder ni su carisma ni sus acciones circenses. No se trataba de una segunda juventud, sino de plenitud.

De completarse.

La consumación vino con la gloria. El líder cumplió su promesa y los Cavaliers reescribieron la historia. El anillo justificaba el camino, ponía en valor todo lo vivido. Eran muchas las bocas que cerrar, pero aún no era el momento. En cambio, nos dejó el instante más emocionante de su carrera. El lado más humano del pícaro por excelencia.

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La narrativa del proceso expone los clásicos ingredientes del chaval problemático que encuentra una motivación para cambiar y tener éxito. A Hollywood no se le escapa una. Pero en JR Smith todo es auténtico, la esencia se mantiene intacta. Porque cuando salta al rectángulo, los guiones se resquebrajan. Es el verso libre, el patito feo, la anomalía.

Nunca ha querido ser uno más y nunca lo fue. Por eso es fácil quererle, todos lo hemos hecho alguna vez. Sea por sus trances anotadores o sus despropósitos, que van desde desatar la zapatilla del rival en un partido a recibir consejos estilísticos de Barack Obama. Y así podríamos pegarnos todo el día, porque es muy fácil recibir multas de la NBA, pero no con la diversidad de infracciones de nuestro protagonista. Si hay que saltarse las normas, que sea de forma original al menos. Tiene su mérito.

JR Smith lleva años amenizando la liga y no se lo agradecemos lo suficiente. Alimenta tertulias, nos engancha al juego y despierta el gen canalla. Pero doctorado en la extravagancia estaba vacío. Y no, no cambió. Sólo canalizó sus vicios y conoció el sacrificio. Porque más que tocar la cumbre, quería tapar la herida del que siempre ha caído.

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Getty Images (Elaboracion propia)

Cuando quieran hablar de díscolos, hablen de él, pero como lo que es: un ganador. Uno que luchó por la gloria sin dejar de cautivar y confundir, uno nacido para entretener y construido para competir. Un sinvergüenza con anillo de campeón.

Es la luz de los díscolos, de aquellos atrapados en la espiral de lo absurdo. Algunos sin respuesta, sea por impotencia o indiferencia. Da igual, nosotros, como con él, nunca perderemos la esperanza.

PD: Querido lector, si en algún momento se siente solo en su cruzada, piense que podría estar peor, que podría ser un fan acérrimo de Michael Beasley u OJ Mayo. Como el aquí firmante. 

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