La macdonalización del cine

Marvel Estudios ha traído al cine la filosofía productiva de McDonalds. Escribo esto sin acritud pues, lo crean o no, no siento especial animadversión hacia Marvel; tan sólo frustración y algo de nostalgia por películas que pudieron ser y otras que ya es imposible ver. Es más, puedo asegurar que he visto cerca del noventa por ciento de los productos de Marvel y los he disfrutado. Mi problema es que tras un mes más o menos todas se me escurren de la memoria mezclándose en una vaga sensación de disfrute; como las hamburguesas de McDonalds.

Al final la culpa de todo esto la tienen las expectativas personales. Reconozco que me he enfrentado a más de una de las producciones de Marvel con la esperanza de ver algo diferente a la película anterior: un enfoque más atrevido, un planteamiento más incómodo, un estilo más personal… Fallo mío. No puedes exigir a quien crea lo que nunca pretendió hacer. La decepción, por tanto, quizás sea injusta y debiera estar volcada sobre mí mismo por no aprender. Es por eso que ya he asumido sobre la cuestión un principio de marketing: si no te satisface es que no era para ti.

Todo lo anterior me lo podría haber ahorrado simplemente diciendo que no me gustan los superhéroes. Para ser precisos no es que no me gusten, es que ya no me interesan. Reconozco que me atraen la personalidad e historia de no pocas de las personas que están detrás de los trajes de colores: la simpática egolatría de Tony Stark, el férreo convencimiento de Steve Rogers, la rabia de Frank Castle, la poderosa humanidad de Luke Cage… Disfruto con todos ellos, pero al final todos se ponen un traje y vuelve el dejá vu cinematográfico.

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Dos versiones de Punisher, la de Netflix (izquierda) y la de la película de 2004 (derecha)

Pero resulta que Marvel hace películas de superhéroes, ¿de qué iba a hacerlas si no? En mi opinión, el fundamento de su exitoso modelo es que transformó las películas en las que salían superhéroes en películas de superhéroes. Hay una gran diferencia entre Spiderman (2002) o Punisher (2004), y Iron Man (2008), iniciadora ésta del tsunami superheroico que hoy vivimos. Si las dos primeras, pese a presentar en pantalla personajes de cómic plenamente configurados, se moldeaban de acuerdo al género negro y el drama familiar, la primera entrega del tríptico de Tony Stark aportaba un sustancial cambio: el traje se convertía en protagonista.

Como podrán imaginar no soy muy amigo de los trajes (de los superhéroes). No sólo me aburren, sino que además creo que se comen a los personajes. No es lo mismo contar la historia de Tony Stark que la de Iron Man y, de hecho, no es casualidad que en su tercera entrega (2013), la que más incide en la vulnerabilidad del hombre, se centrara el foco más en Robert Downey Jr. que en su armadura. Quizás por este motivo DC, gran rival de Marvel, sigue dando tumbos en su trágico periplo cinematográfico, porque su referencia, la trilogía de Christopher Nolan, no es tanto el relato de Batman como el de Bruce Wayne.

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En Marvel, sin embargo, tienen muy claro lo suyo son los superhéroes, ¿y saben qué? Hacen películas de superhéroes. Su variedad de géneros y propuestas es sólo aparente, porque son todas películas de superhéroes. Muchos subrayan su capacidad para adaptar los esquemas de la épica, el thriller, las películas de robos e incluso la fantasía y la ciencia ficción para componer las narraciones de sus personajes. Yo más bien creo que Marvel ha logrado codificar una suerte de supergénero, el de los superhéroes, que transforma su apariencia tomando algunos rasgos del género que más beneficie al estilo del personaje y su historia. En el fondo Capitán América (2011) se parece más a la serie Daredevil (2015) que a Salvar al soldado Ryan (1998), mientras que Antman (2015) está más próxima a Iron Man que a Ocean’s Eleven (2001).

Así, con independencia de la época, el estilo o el enfoque, todas tienden a contarnos más o menos la misma historia con más o menos el mismo tono. Personajes elevados a una condición superior por un poder o habilidad destacada cuyo alto sentido moral y compromiso (que siempre sale a relucir), son contestados por siniestros personajes u organizaciones desde su mismo plano de poder. El antagonista quizás sea uno de los mayores condicionantes de estos relatos, pues ayudan a configurarlos desde esquemas morales sencillos y facilitan que la acción se traslade a un nivel alejado de una normalidad que plantearía otras exigencias e interrogantes. En este sentido se tiende a evitar excesivas consideraciones sobre la justificación, implicación y consecuencias de los actos de los superhéroes que podrían embarrar demasiado su historia. Al final siempre hay un supervillano al que apalear.

1478899425352A este modelo narrativo le ha acompañado un estilo visual de gran coherencia y uniformidad que permite a Marvel tejer con sus películas un vasto universo audiovisual de manera nunca antes vista. Este gigantesco proyecto no sería posible sin el control de los despachos, lo que le está permitiendo lo que cualquier productor desea: regularidad y fiabilidad ante el consumidor. La parte negativa es que no hay espacio para la novedad; todo queda sometido a un tono general que hace imposible cualquier sorpresa que no haya sido prevista con anterioridad. Da igual a qué país del mundo vayas, siempre podrás ir a un McDonalds; no descubrirás nada nuevo, pero tampoco arriesgarás el bienestar de tu colon.

Bajo esta filosofía hasta lo imprevisto se hace uniforme. La crudeza y realismo de Daredevil y Jessica Jones (ambas de 2015) nos hicieron pensar que Marvel estaba dispuesta a recorrer otros territorios, sin embargo, cierta repetición de esquemas y la aparición de tramas abiertamente superheroicas en Daredevil II (2016) y Luke Cage (2016) están demostrando que el estilo definido se ha convertido en un nuevo estampado con el que adornar historias de superhéroes. Oscuridad, tragedia, acabados semejantes, cierta recurrencia cromática, un tono crudo en apariencia, y una violencia en ocasiones exagerada que casi parece una reivindicación de su carácter adulto, han hecho de las series Marvel-Netflix el reflejo oscuro de las producciones cinematográficas.

1478772019441Desde una menor escala, estas series, sin embargo, han aportado algunas novedades al relato superheroico al descender a sus protagonistas a pie de calle y hacer que se manchen con el triste material con el que frecuentemente está hecha la realidad. En Daredevil quizás eché de menos que los guiones pusieran un poco a prueba su buenismo como abogado y justiciero, pero Jessica Jones, Luke Cage o Frank Castle han aportado unas dosis de disfuncionalidad, normalidad y dramatismo que han resultado interesantes en contraste con el colorido panorama de las películas.

Pero al final Marvel termina por normalizar sus productos, y sus productos son historias de superhéroes. La estandarización de lo anormal para mí ha quedado patente con la serie Luke Cage, producción sometida a configuración del proyecto televisivo Los Defensores (2017) y que, en mi opinión, ha sido un desperdicio. Marvel podría haber hablado de un hombre con superfuerza e invulnerabilidad que no quiere ser un suerhéroe, podría haber hablado de la comunidad negra americana, del compromiso moral que surge del día a día y que empuja a dar un paso al frente, del vínculo de una comunidad con su héroe… En una época en la que transformación cultural y sexual de los personajes clásicos es objeto de controversia y en la que los disturbios raciales demuestran que quedan importantes brechas en el seno de la sociedad americana, Luke Cage podría haber sido una aportación muy interesante desde un determinado punto de vista. Marvel, sin embargo, ha preferido hablarnos de Power Man contra Stryker.

img_0552Lo más triste es que Luke Cage, como Frank Castle, como tantos otros, son personajes que tienen algo que ofrecer. El deseo de normalidad del primero cimentan un heroísmo que se construye desde abajo, desde el compromiso con sus convecinos, no por la amenaza de un robot, mago o alienígena. La serie podría haber hablado de drogas, bandas juveniles o violencia policial, pero son cuestiones que sólo asoman porque Marvel hace historias de superhéroes, y en el mundo real no hay superhéroes, sólo héroes. Luke Cage lo es hasta que le plantan delante un villano con casco y guantes de hierro. Antes de eso, la serie ofrece algunos momentos verdaderamente especiales cuando se atreve a mostrar el vínculo de una comunidad necesitada de defensores con el que fue en su día el primer superhéroe negro, o cuando desde ese vínculo esboza un ejemplo de heroísmo que por cercano y humano va más allá de un barrio o una comunidad racial.

Muchos me dirán que para ver todas esas cosas me ponga The Wire, que no es justo exigir a Marvel todas esas cosas porque ellos al fin y al cabo, hacen películas de superhéroes. Otros quizás invoquen el ejemplo del sistema de estudios que rigió la producción cinematográfica en Hollywood durante los años 30 y 40, pero es una realidad que por variedad y calidad está a años luz del tema que nos ocupa. Lo único cierto es que hoy los superhéroes tienen éxito. En parte creo que, como iconos, expresan de manera sencilla e impactante cuestiones que nos pueden preocupar o interesar tomando retazos del mundo que los rodea, aunque al final siempre terminen por refugiarse en un universo propio que poco tiene que ver con el nuestro.

Me gusten o no los superhéroes no puedo escapar de ellos, porque el cine-espectáculo se ha visto conquistado por ellos y porque la standarización de tono y estética de Marvel está afectando no sólo al producto sino también al gusto. Eso es toda una contrariedad para alguien que se está cansando de los trajes. ¿Qué puedo decir? Supongo que no me satisfacen los superhéroes, y si no me satisfacen será porque no son para mí.

Imagen de portada: www.geek.com.mx

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