Las tres oportunidades de Europa

Europa se forjó a través del carbón y el acero porque sus soñadores entendieron que para lograr la paz y poner fin a las guerras que habían llenado de sangre el continente, las raíces del proyecto deberían asentarse en la única cosa capaz de unir a los hombres: el dinero.

Esta es la esencia de Europa, una mezcla de ideales vinculados a un pragmatismo necesario para conseguirlos. Lamentablemente, esto es algo que muchos han confundido durante las últimas dos décadas, o bien olvidando por completo los ideales, o bien creyendo que estos se lograrían con tan sólo desearlos, y ese error, de apariencia inocente pero en ocasiones cargado de intereses, puede acabar con el proyecto político más grande ­-y, permitidme, más noble- que el mundo haya conocido.

Y es que si Alemania y Francia se unieron en la Comunidad Europea del Carbón y del Acero fue porque eran el carbón y el acero los medios más básicos para hacer la guerra. Comprendieron que, teniendo unos intereses económicos en común, lograrían alcanzar el fin político que deseaban: la paz.

Tratado de París, 1951

Permitidme por ello ser pragmático en estas líneas sin por ello culparme de renunciar al idealismo. Han sido demasiadas las voces que han atacado injustamente a Europa y muy pocas las que se han atrevido a alzar la voz para defenderla. Es necesario que se alce una voz tan crítica como defensora de Europa.

Vivimos en tiempos extraños, donde a lo que siempre se le ha llamado mentira ahora se le denomina posverdad. Un caos difícil de comprender donde los radicalismos han buscado atajos para explicarlo, y una Unión Europea con muchas carencias que más que previsiblemente ha sido la cabeza de turco de todos los males que asolan el mundo.

En este caos, tres hechos han influido de forma determinante en el rumbo de Europa: la crisis de los refugiados, el Brexit y Trump. Todos ellos han sido vistos como una desgracia, pero a su vez han supuesto una oportunidad para Europa, un proyecto inacabado y con tantas incoherencias como virtudes. Lo que se viene a demostrar en estas líneas es que el problema no es lo que ha pasado el último año, sino que esto sólo ha puesto en evidencia las carencias que llevaba arrastrando dos décadas y, al advertirlo, nos ha permitido cambiarlo. A Europa le han regalado tres oportunidades para llegar a convertirse en el sueño que muchos compartimos, un espacio de cooperación entre Estados, desarrollo económico, de defensa de la paz y derechos humanos.

La crisis de refugiados puso en evidencia una gran incoherencia, lo mucho que se le pide a la UE que haga y el poco poder que se quiere que tenga. Cuando hablamos de ceder soberanía a Europa son muchos los que ponen el grito en el cielo, pero Europa siempre pidió unas cuotas muchísimo mayores de las que los Estados aceptaron, y fueron estos y no la UE quienes levantaron fronteras que Europa había derribado. Fueron los Estados, los 28, quienes firmaron el acuerdo con Turquía, donde la UE jamás tomó parte.

“La crisis de refugiados puso en evidencia una gran incoherencia, lo mucho que se le pide a la UE que haga y el poco poder que se quiere que tenga”

La UE es utilizada como un comodín, el lugar donde van los políticos mientras esperan tener espacio en la competición nacional. Se culpa a Europa cuando advierte sobre unos presupuestos con más gastos que ingresos, pero no he visto ningún gobierno decir: esto lo tenemos gracias a Europa. ¿Qué sería de España si no hubiese entrado en Europa? Quizá esto os pueda responder a la pregunta.

Entrando en tierras pantanosas, jamás pondré en duda la cultura democrática de ciertos países europeos, pero las decisiones tomadas en el último año, los referéndums planteados, el radicalismo demostrado, me hacen pensar que queda mucho por lograr. Y hoy por hoy, con sus muchos desaciertos, nunca he visto a la Unión Europea dejar de querer combatir el racismo y la xenofobia. El problema, una vez más, es que no tiene medios para hacerlo, porque la última palabra la tienen los Estados, Estados que han decidido abrazar discursos que van contra todos los valores que Europa defiende.

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Es mucho más fácil que uno de los veintisiete Estados elija un tirano en un momento de debilidad, a que lo hagan entre los veintisiete. Dar más poder a Europa significaría impedir que los países puedan levantar fronteras, darle medios para hacer cumplir los acuerdos con las cuotas de refugiados, que quienes se benefician de las ventajas del mercado único no puedan expulsar a los trabajadores de su propia nación.

Si la UE hubiese tenido más poder sobre los Estados, hoy el mundo sería un lugar más justo.

Aquí llegó la segunda oportunidad, el Brexit. Reino Unido mostraba que no habíamos entendido Europa. Dar privilegios a un Estado frente al resto para lograr que no se fuese de la UE, y con ello destruir la esencia de la UE, la igualdad. Afortunadamente las concesiones no bastaron y Reino Unido saldrá. La UE debería aprovecharlo para lograr una mayor unidad y no repetir el mismo error con los países del este. Si en el camino a la unión se descubre que no todos los países pueden formar parte de esta, será algo doloroso, pero necesario.

Una de las mayores críticas, dolorosa y algunas veces malintencionada, que se le realizan a la UE es su falta de democracia. Las mentiras más dañinas son las que van envuelta en una verdad, y es que la forma de elección de los cargos, salvo el Parlamento Europeo, puede decirse que no es tan democrática como muchos desearíamos. Son los Estados los que eligen la composición de la Comisión Europea, y el Parlamento, la única institución que se elige de forma directa, tiene un poder relativo muy inferior.

Y decía mal intencionada porque esta “falta de democracia” no es más que resultado de lo anterior expuesto, una Europa que no es tal, sino que es la suma de Estados. Si el poder en Europa -la soberanía- lo tienen los Estados que la componen y no los ciudadanos en su conjunto, es lógico que sean los Estados quienes elijan sus ejecutivos, y no la ciudadanía.  Para alcanzar esa democracia por la mayoría deseada, previamente hemos de redefinir Europa, y eso pasa porque los Estados cedan poder a las instituciones europeas. Es entonces cuando vuelve a demostrarse la incoherencia en el discurso de pedir una Europa más democrática y con menos poder. Democracia y soberanía en Europa van de la mano. La democracia debe estar en quienes poseen la soberanía. Si queremos una Europa democrática, demos la soberanía a los europeos. La salida de un país con tanto peso como Reino Unido y con tantos intereses en que la UE no avanzase hacia una mayor unión es la oportunidad perfecta para recuperar el tiempo perdido las últimas dos décadas.

vía The New Yorker

La tercera oportunidad fue Trump. Europa había nacido bajo la sombra de un gigante que no le dejaba crecer. La UE se formó en un contexto de Guerra Fría siguiendo unas pautas marcadas A Estados Unido le interesaba una Europa fuerte -y gracias a ello hoy Europa es Europa- pero no tan fuerte como para poder hacerle competencia. La OTAN es el reflejo más claro de ello, nunca fue una alianza entre iguales con intereses comunes, sino la representación de un bloque dirigido por Estados Unidos, algo que en su día pudo tener sentido. Pero la Guerra Fría terminó. Europa no puede seguir siendo un área de influencia de ninguna otra potencia, sino ponerse a la cabeza y convertirse en la primera potencia mundial sin dejar de defender sus valores, pues es la única que está dispuesta a hacerlo.

La llegada de Trump, siendo reforzada por la mayoría republicana, la imposibilidad de seguir confiando en los Estados Unidos durante, al menos, cuatro años, puede permitir a Europa abandonar la estela marcada por los Estados Unidos y erguirse líder de una forma de entender el mundo donde la democracia y los derechos humanos van por delante, convirtiéndose en una verdadera potencia mundial.

Con una OTAN desfasada e ineficiente, Europa debe crear su propio ejército para dejar de depender de otras potencias. Este ejército europeo permitirá ofrecer la defensa que tanto reclaman los países de un Este temeroso de Rusia y preocupantemente inestable. Podrá combatir las mafias que plagan el Mediterráneo, enfrentarse al terrorismo instaurado como norma en Oriente medio y estabilizar la zona, evitando así una nueva crisis de refugiados que de otra forma se torna inevitable -cuando la actual no está ni mucho menos resuelta-.

Este paso adelante en el liderazgo internacional no puede verse únicamente reflejado en lo militar. Europa debe conocerse y actuar en consecuencia, empezando a tejer una red de alianzas internacionales sin la necesidad de sumarse a los acuerdos ideados por otros. Una Iberoamérica que pasará a ser un actor esencial en las próximas décadas, el norte de África con muchos intereses en formar alianzas estables, un Oriente Medio enfrentado y actualmente huérfano, y las potencias que emergen en el pacífico que serán decisivas en el el nuevo panorama internacional.

Ante una evidente necesidad de cambio, parecemos encontrarnos ante dos opciones, o desmantelamos la UE o avanzamos hacia un proyecto mayor. Este 2016 ha demostrado que quedarse a medio camino nunca fue una opción. A Europa le han regalado 3 oportunidades, y probablemente serán las últimas en su historia. ¿Sabrá aprovecharlas?

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