La mano que mece la cuna

A los 17 años, lo normal es hacerse una pregunta tan simple como complicada es su respuesta: “¿Qué quiero hacer con mi vida?” Una tesitura en la que se encuentran millones de adolescentes día a día, apremiados por la cercanía de una mayoría de edad que, valga la redundancia, en la mayoría de los casos supone haber tomado una decisión. A veces correcta. A veces errónea. No siempre gratificante. Difícilmente rectificable.

Pero cuando a los 17 años se es profesional, es más, ya se lleva siéndolo un tiempo, es porque no se trata de hacerse preguntas, sino de responder las que hacen otros. El deporte, de vez en cuando, se concede estos caprichos. Remover Roma con Santiago para sacar del colegio a un proyecto. Ya no de jugador, sino de persona, aunque en estos casos ambos términos significan lo mismo. Y es que cuando a una edad tan tierna se elige ese camino, lleno de luces y focos que atrapan a (casi) todo el que osa acercarse, se pierde la perspectiva de todo lo demás. Muchos llegan, pocos se mantienen y casi ninguno sigue creciendo. No en vano muchos de los niños prodigio aclamados por la prensa a edad imberbe no pasan durante su vida adulta de ser eso mismo, niños. La promesa de algo más grande que nunca llegó a materializarse. El compañero empollón que un día probó la cerveza y decidió que un 6 y un 10 eran lo mismo para él.

Para jugar en la primera división de cualquier deporte a los 17 años hacen falta varias cosas. La primera, talento. En dosis de adicto. Una droga necesaria para enganchar a aficionados, compañeros, entrenadores, presidentes, o algún agente deportivo con poder suficiente para imponer sus deseos a los de todos los mencionados anteriormente. Con esto se abre la segunda puerta, la de la confianza. No la que pueda tener el genio en sí mismo, sino la que deposite en él el mandamás de turno. Con esas dos armas, muchos han pasado y siguen pasando, en cuestión de semanas, de ver a sus ídolos por la tele a compartir cancha y vestuario con ellos. (Habría una tercera vía, la del puro enchufismo y solo requiere dinero¸ pero este artículo no va sobre aquel hijo de Gadafi que llegó a fichar por la Juventus).

Son muchos los que han pasado delante de nuestros ojos para llegar, caer y no volver. Pero esa maldita droga llamada talento y el escenario del niño entre hombres, la utopía del adolescente que todos quisimos (o queremos) ser es demasiado poderosa. Siempre acabamos girando la cabeza, observando el panorama y afirmando para nuestros adentros “Este sí”. Muy, muy de vez en cuando aparece alguien realmente diferente. En esos casos, paradójicamente, la embriaguez desaparece. Lo que nos ocurre es algo más parecido a un trance, la sensación de estar viviendo algo natural, habitual, en nada diferente al orden establecido. Hasta que el todo acaba y te das cuenta de que el partido lo ha ganado un chico de 17 años. Y cuando despiertas, ya sí, atrapado por la euforia y semiconsciente del pedazo de historia que acabas de presenciar, no te contienes. Dejas claro (si no estaba ya) que Luka Doncic sí. Y eso os voy a demostrar con este artículo.

Toda leyenda, para serlo, tiene que tener un punto de partida. Un momento exacto en el que las cosas cambian o lo hace su entorno. Un partido en el que te das cuenta de que, efecitvamente, ese chico tiene algo que lo hace distinto y superior al resto. El de Luka Doncic, surgido en una era en la que un Vine vale más que cualquier palabra, podría ser difícil encontrarlo entre la montaña de highlights que nos ha regalado en temporada y media. ¿Sus exhibiciones en categoría júnior? ¿Su primer partido con el Real Madrid en ACB, metiendo un triple en el primer balón que tocó? ¿Aquel brillante stepback contra el Estrella Roja en su segundo partido en Euroliga? ¿La victoria en Miribilla en Noviembre de 2015, cuando por primera vez se echó el equipo a la espalda?

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Luka Doncic celebra junto a Sergio Llull su primera canasta en la ACB, en Abril de 2015. (via: CordonPress)

Nada de eso. Porque en una era en la que, gracias al formato Vine, cualquier jugador puede parecer increíble durante unos segundos, o en la que YouTube nos presenta día a día nuevos Jordans, Petrovics o Nowitzkis, el de Ljubljana se las ha ingeniado para ganar al sistema. Enero en Moscú no presenta una atmósfera cálida para que un niño de 16 años florezca. Menos aún la cancha del CSKA y ese equipo plagado de defensores aguerridos, que unos meses después se alzaría con el título de campeón europeo. Quizá por eso Itoudis, técnico de los moscovitas, pudo permitirse un error: creer que Luka Doncic era como cualquier otro crío de esa edad. Pudo parecerlo al inicio del encuentro cuando, pese a verse libre de marca, como ordenaba Itoudis, Doncic no se atrevió a lanzar de tres. Pablo Laso, el padre baloncestístico de Doncic, paró el partido. No dudó en abroncar (nada fuera de lo común en el técnico vitoriano) a un chico con cara de susto que recibiría dos mensajes al instante. El primero, que era uno más del equipo, el trato que le dirigía Laso no distaba del que recibía cualquier otro. El segundo, un mensaje mucho más simple: Tenía que tirar.

Doncic no saldría del partido. Más bien al contrario, entraría en el mismo. Y dos minutos y tres triples después, Itoudis dio por aprendida la lección. CSKA ganaría con facilidad aquel partido, pero aquella tarde Luka Doncic demostró, probablemente en el escenario más complicado, que tenía mucho más que simple talento. Un año después de aquello, cuando su irrupción en la élite ya es un hecho, surgen las comparaciones. Pocos a su edad habían dominado a este nivel. Y no es casualidad que dos de los nombres que aparecen sean los de Drazen Petrovic (uno de sus ídolos), por la serenidad y el carácter del que Moscú fue primer testigo, y Dejan Bodiroga (con quien Pablo Laso le llegó a comparar), tanto por su talla como por la jerarquía que muestra cada vez que salta a la pista. Porque Luka, pese a ser hijo de una Eslovenia independiente, también lleva en las venas la misma sangre caliente que ellos, criados en aquella Yugoslavia unida que lo estuvo, más que en ningún otro sitio, sobre una cancha de baloncesto.

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Doncic celebra el triunfo ante Zalgiris Kaunas, tras anotar dos triples decisivos. (via: EFE)

El fenómeno Doncic necesita mucho más para ser explicado. Talento y carácter sirven para abrir la puerta de un histórico como el Real Madrid. Pero llegar a un gran club no siempre es sinónimo de hacerlo a un gran equipo. Luka Doncic, sin embargo, ha llegado al mejor Real Madrid de los últimos 20 años, con un entrenador que no dudó en apostarlo todo a su idea de cómo se debe jugar al baloncesto cuando llegó en 2011. Un lustro después y con más de una decena de títulos bajo el brazo, la joya de la corona ha caído en sus manos. Y está sabiendo utilizarla, como también probó aquella fría tarde en Moscú.

No solo Laso confía en él. Lo más increíble de todo es cómo lo hacen sus compañeros, cómo se sienten seguros cuando un chico de 17 años lleva las riendas del equipo. No les queda otra viendo la madurez que atesora, la seguridad con la que sube el balón y dirige al equipo desde el puesto de base. Quizá en esto tenga algo que ver el influjo de uno de sus maestros. Porque en un vestuario plagado de grandes jugadores, ninguno como Sergio Llull para enseñarle lo que significa esa madurez, lo necesario para alcanzarla y usarla para convertirse, como lo es el menorquín ahora, en uno de los mejores jugadores de Europa. 

El pasado verano, uno de los pilares del Real Madrid como Sergio Rodríguez tomó rumbo a la NBA. La apuesta por Doncic para ocupar su puesto, el de todo un MVP de la Euroliga (temporada 2013-14) aclara el valor que tiene el esloveno en el proyecto del Real Madrid. Un adulto de 17 años con un futuro brillante por delante, pero cuyo presente es también fructífero.

Hace ya tiempo que Luka Doncic dejó la cuna, también baloncestísticamente hablando. Una pequeña lesión de Sergio Llull a comienzos de este mes de Diciembre sembró las dudas. Por primera vez desde 2011, ni Llull ni el ya emigrado Sergio Rodríguez, las dos piedras en torno a las que el proyecto de Laso cobró vida, estaban disponibles. Durante esa semana sería Doncic el encargado de dotar de ritmo y equilibrio al juego blanco. ¿Estaría preparado? A modo de respuesta, en su primera semana como titular le dio tiempo a convertirse en el jugador más joven de la historia en ser nombrado MVP de la jornada en la ACB (34 de valoración ante Fuenlabrada), ganar prácticamente solo un partido que Zalgiris puso difícil (17 puntos, con 2 triples decisivos en el último minuto) y volver a salir victorioso de Bilbao, escenario de su primer gran partido en ACB justo un año antes. No contento con eso, esta última semana también se ha convertido en el MVP de la jornada más joven de la Euroliga (25 de valoración en un partido cómodo ante Bamberg). En los últimos 20 días, el aumento obligado de su minutaje en pista ha probado lo que muchos sospechaban. Luka Doncic no es un proyecto de nada. Si acaso una realidad a la que aún espera un margen de mejora insospechado. Una que ha demostrado, con todas sus diferencias respecto a Rodríguez y siempre junto a Sergio Llull, con el que comparte muchos minutos de juego, ser la mano capaz de dirigir al equipo blanco hacia nuevos éxitos.

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Entrega del testigo. Luka Doncic y Sergio Rodríguez. (via: Realmadrid.com)

Todo artista tiene una firma. Un símbolo de identidad, algo que les desmarca del resto. A alguien que nunca haya visto a Luka Doncic podría decepcionarle saber que él no, o al menos no de la manera convencional. Doncic no se define por un movimiento, no es un hijo del parque que marea con un crossover o hipnotiza con una finta. Lo que identifica a Doncic es que, además de deslumbrar técnicamente, cada una de las acciones que realiza sobre una pista de baloncesto tiene sentido. Miles de jugadores de 25, 30 o 35 años no pueden suscribir esta afirmación, leitmotiv a su vez de un adulto al que solo el carnet de identidad niega esta consideración.  Su firma es cada una de las letras que la componen, cada balón que toca y cada movimiento que hace. En eso, también Luka Doncic es diferente.

Llegará a la NBA (como pronto) en 2018. Lo hará con tres temporadas completas como profesional a sus espaldas y quién sabe cuántos títulos. No esperen hasta entonces. Vean jugar y dominar a Luka Doncic en un baloncesto difícil, cocido a fuego lento como es el europeo. Y cuando lo hagan, no se queden en los resúmenes, donde a buen seguro también aparecerá con alguna acción digna de acaparar los focos, ni tampoco en las estadísticas, a pesar de que estas por sí solas sirven para separarle del resto de los mortales. Porque los 15, 20 o 25 minutos completos que juega Luka Doncic en cada partido del Real Madrid acostumbran a ser obras de arte, una pieza de coleccionista demasiado selecta como para compartir galería con el moderno, y a la vez simplista, formato del Instant Replay.

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