feminismo

De qué (no) hablamos cuando hablamos de feminismo

Creo que cuando hablamos de feminismo somos responsables de dejar claro que no hablamos por hablar, ni por subirnos al carro del intelectualismo políticamente-correcto. En vista de lo mucho que hay en juego, no podemos cansarnos de repetir que el feminismo persigue la igualdad entre sexos. Por mucho que a algunos les cueste entender esto, no se trata de tirar más fuerte que los hombres ni de enzarzarse en una guerra absurda de estereotipos. Tiene que quedar claro que estamos haciendo política desde una postura ética.

Pero a veces pienso que aunque repitamos esto hasta la saciedad, siempre va a haber alguien que lo entienda mal y se tome la libertad de echar la suya. El año pasado leía en un blog sobre cómo el autor en cuestión se había sentido ofendido, como hombre pacífico que él era, al escuchar a una chica de su clase arremeter contra el patriarcado. Dicho esto, se emprendía con una teoría según la cual el “hembrismo o feminismo” respondía a un rencor histórico e histérico contra el hombre, que según él no tenía cabida en este siglo.

Pues bien, para mí lo que no tiene cabida es que a estas alturas no hayamos aprendido que: uno, el patriarcado es una institución que legitima la discriminación de la mujer en base al sexo, y por lo tanto no va en la línea del pacifismo de nadie; dos, esta estructura no es una cosa del pasado, sino que sigue funcionando en muchas cabezas desde ahí, y prodigándose en la política y en la cultura actual; y tres, confundir el feminismo con el “hembrismo” (el extremo opuesto al machismo) supone automáticamente despolitizarlo y desvalorizarlo, dejándolo a la altura de una demagogia agresiva que será fácilmente abrasada con respuestas misóginas y chistes sobre la regla.

¿Qué es el feminismo?
El feminismo es la idea radical de que las mujeres son personas

Y es que, por muy modernos y desinhibidos que nos creamos, las actitudes machistas se siguen dando a diario, de manera más o menos consciente y no sólo por parte de hombres. Sólo hay que ver cómo, en los últimos años, los ataques y juicios contra mujeres han se han propagado a través de nuevos canales en Internet. La proliferación de discursos sexistas o nuevas formas de acoso como el slut-shaming (igual que el mother-shaming, el body-shaming y otras calumnias anónimas y gratuitas) son sólo algunos ejemplos de prácticas que, desde esa ciudad sin ley del ciberespacio, perpetúan el patriarcado en la red. Claro que hay que distinguir entre las distintas formas y grados, pero también creo que los casos de violencia machista son producto de la misma sociedad que no termina de aceptar que una mujer gane más que un hombre y pueda ser al mismo tiempo atractiva e inteligente, o trabajadora y madre.

Desde hace años, hay quien sigue cayendo en la trampa de pensar que el feminismo ya no es necesario, que nuestras abuelas (o seguramente las de algún otro) triunfaron con sus minifaldas en los sesenta y ahora todas las chicas podemos llegar a ser la rehostia vestida de Prada. Ésta es la nueva mentira que sostiene el patriarcado en el mundo occidental. El llamado “postfeminismo” es un fenómeno actual que algunos críticos identifican como una reacción a los avances de las cuatro sucesivas olas del feminismo. Se trata de una forma subliminal de contraataque ideológico, a través de la promoción del consumo masivo y del bombardeo de imágenes de empoderamiento en la cultura popular.

Desde las protagonistas de Sexo en Nueva York, en su Wonderland neoliberal, hasta las omnipresentes it-girls, con su irresistible desparpajo millenial, el postfeminismo ofrece todo un catálogo de vidas ilusorias que se prometen por la compra de lo último de Beyonce junto con el nuevo iPhone[1]. Según esta teoría, básicamente, las mujeres somos libres. Nuestra libertad en el planeta Cosmo se manifiesta primero en una forma de libertinaje que promueve ansiosamente todo tipo de experimentos amorosos. Aunque a largo plazo, continuamos creyendo en una idea de amor (ese que, como diría Céline en Before Sunset, es “contradictorio” con la realidad) que rara vez contempla otras alternativas a la heterosexualidad y al matrimonio.

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¿Hay algo más que podamos pedir? Sí, claro, la luna vista desde la azotea de las oficinas del Huffington (a unas manzanas de la torre Trump, por cierto). Recordando a Melanie Griffith en Working Girl, sonrisa radiante y cintura de avispa, mirando la isla desde su nuevo despacho, sin poder creerse que ya no va a ser la secretaria de nadie, una también se siente agradecida al sistema y capaz de tomar Manhattan, aunque empiece de becaria en la empresa de su primo. Sin embargo, la que fue la comedia romántica favorita del reaganismo tenía también mucho que decir sobre cómo no debíamos comportarnos las mujeres con respecto a nuestros compañeros de trabajo.

El éxito, dependiente de la decisión de un hombre, de la perspicaz pero prudente Melanie se antepone al descenso a los infiernos de su astuta y autoritaria jefa Sigourney Weaver. El maniqueísmo extremo de esta película a la hora de imaginar los nuevos roles femeninos sugiere que aunque una mujer puede ser reconocida por su trabajo, nunca podrá exactamente “llevar los pantalones”. Como señalan Yvonne Tasker y Diane Negra, dos de las autoras que han explorado el postfeminismo en distintos medios:

“El tipo de igualdad de género que se promulga hoy dentro de la cultura popular está profundamente limitado. Se caracteriza por la valoración del logro de la mujer dentro de un ámbito de trabajo tradicionalmente masculino y por la celebración de la cirugía y otras técnicas que ‘posibilitan’ (esto es, exigen) que la mujer mantenga una actitud y una apariencia juvenil durante años”. (2007: 1-2)[2].

Al final, esa libertad sexual que mencionaba antes es sólo parte de una actitud que depende de una supuesta libertad económica. De este modo, el postfeminismo sólo puede vender sus fantasías en un sistema capitalista. Por desgracia, lo hace demasiado bien, pues aunque nos parezca que hemos alcanzado la cima del sueño americano, no siempre vemos con claridad la realidad de las diferencias salariales, las expectativas a nivel personal o la fijación con el control de nuestro cuerpo (¿o no se queja Jennifer Lawrence de ganar menos que Robert Downey Jr. por estar hasta en la sopa?, ¿o no es la mismísima Taylor Swift la víctima más ilustre del slut-shaming?, ¿o no dejaron a Harley Quinn en bragas en Suicide Squad?, ¿o no nos hemos preguntado nunca porque las presentadoras de noticias son cada vez más jóvenes y guapas?).

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Por otro lado, lo que el postfeminismo ha creado es una “cultura” tremendamente exclusiva para a una minoría de mujeres con (mucho) dinero y a menudo blancas, anglosajonas, y relativamente jóvenes – sí, lo mejor de vivir en el planeta Cosmo es que tienes treinta y pocos eternamente, fuera de él hay actrices que a partir de cierto día trabajarán un poco menos. Esto es para mí lo más preocupante de todo este asunto, esta desigualdad dentro de otra, la igualdad de mentira concedida como un lujo a cuatro privilegiadas y sólo por un tiempo limitado.

Así, que esta mentira se mantenga en el mundo occidental tiene consecuencias hasta para las que no se la creen. En una entrevista publicada en octubre en esta revista, la prostituta feminista Natalia Ferrari decía ser consciente de las dimensiones del patriarcado en la sociedad actual. Natalia decía amar su trabajo y defendía la total legalización y dignificación del mismo, pero quizá lo hizo sin darse cuenta que no todas las mujeres de su gremio pueden permitirse pensar y ser como ella.

En su reivindicación de un acercamiento a la prostitución más tolerante y comprometido, Natalia dio por hecho que, con la excepción de los casos de trata, todas las prostitutas habían sido, hasta cierto punto, libres de elegir su oficio. Puede que tenga parte de razón pero, ¿significa esto que todas son igualmente libres de dejarlo? ¿Acaso vivimos todas [las mujeres] en las mismas condiciones? En este sentido, creo su argumento no hace justicia a muchas de sus compañeras; y pienso en las adolescentes dalits en la India, obligadas a ejercer por su condición marginal en sistemas de castas, pero también en las mujeres que se exponen a diversas formas de abuso por parte de proxenetas, clientes y viandantes en pleno centro de Madrid.

Opino que cuando uno escribe acerca de un tema que concierne a todas las mujeres del planeta, debería cuidarse de no aplicar una visión que sólo comparten unas pocas que viven en el hemisferio norte y ganan más de 1200 €. El feminismo debe ser interseccional, en vez de sólo blanco, occidental y de clase media. De lo contrario modo, podría convertirse en otra forma de colonización cultural. Qué duda cabe que uno defiende sus ideales hablando desde su experiencia, pero al mismo tiempo no se puede perder de vista que cada situación exige una perspectiva diferente.

Volviendo al principio, decía uno de los comentarios en aquel desafortunado post que no deberíamos hablar de “feminismo”, sino “igualdad, y ya está”. Y he aquí el por qué de la importancia de llamar las cosas por su nombre. Está claro que la igualdad es nuestro objetivo, pero como palabra, sugiere una abstracción, un ideal que todavía queda muy lejos. Necesitamos hablar de feminismo, y hacerlo con respeto y responsabilidad, para acercarnos a la realidad que queremos y recordar la que hemos ido construyendo. Las mujeres que consiguieron el voto a principios del siglo XX son parte de nuestras vidas. Lo son también las que defendieron una feminidad individual, lejos de modelos sumisos o perversos imaginados por hombres, y las que reivindicaron que un feminismo plural, abierto a diversas experiencias e identidades culturales. El feminismo es una lucha que debe continuar. Olvidar el nombre, o apropiárnoslo, es olvidar la historia y la necesidad de tomar parte en ella desde distintos ángulos.


[1] Dicho esto, es importante aclarar que se puede ser feminista y a la vez disfrutar de todos estos productos culturales. Mi intención no es atacar estas formas de entretenimiento en sí mismas ni condenando la moral de sus autores, pues estaría siendo una grandísima hipócrita. Pero toda cultura produce ideología y la globalización ha teletransportado y reducido sistemáticamente nuestro campo de miras. Lo que me parece importante, ante todo, es darse cuenta del contexto que los produce y de hasta qué punto son creíbles y representativos de nuestra sociedad.

[2]El fragmento pertenece al libro Interrogating Postfeminism, editado por Yvonne Tasker y Diane Negra y publicado por Duke University Press en 2007. La traducción del pasaje es mía, ya que no existe una edición traducida del volumen.

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