Asaltando el puente

Decía Antonio Gramsci que cuando lo viejo no termina de marcharse y lo nuevo no termina de llegar, surgen los monstruos. En eso que llamaríamos claroscuro. Uno debería guardar cautela a la hora de analizar esta idea y traspasarla al campo musical. Y para ilustrarlo, siempre deberíamos usar como referencia el Journals de Justin Bieber. Aquel maravilloso monstruo en el claroscuro. Aquella pieza de transición que nos regaló pasito a pasito. Nos la dejó caer como quien apura un buen libro: página a página.

Entre octubre y diciembre de 2013, Bieber nos desgranó su trabajo más pulido lunes a lunes. Abrió la ventana con Heartbreaker, dejó que la ventisca se asentase, y la cerró con Confident. Durante ese período, 10 lunes se fueron a dormir con 10 obras del canadiense. Otras cinco se sumaron posteriormente.

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Entre la versión acústica de Believe y el ya «post-Justin» Purpose, emerge una idea que no supone el antes ni el después, supone exactamente el interregno de la carrera musical de JB, ese momento en el que muere (en paz) Justin para que nazca Bieber.

Ahora el concepto de Justin Bieber no abre tantas heridas, ha abrazado una personalidad pública más dura para, precisamente, moderar la polarización hacia su persona. Sus fans de toda la vida han tenido que hacer un esfuerzo con más o menos luces para adaptarse a esto, pero para algo existió Journals: para hacer las veces de puente entre lo que nació con My world y lo que se dejó atrás definitivamente con esa obra casi perfecta a la que llamamos Purpose. 

A Justin se le vio crecer con Believe. Ya no era el chaval del flequillo de años atrás, Boyfriend lo cambió todo para siempre. Aquello del «swag, swag, swag» nos presentó a un Justin diferente, uno que, a diferencia de muchos artistas de su quinta, sí se supo renovar constantemente.

Si él cumplía años, también lo hacía su música. Esto nos hizo bailar a los de siempre en un continuo reenganche a su trabajo, al mismo tiempo que se iba haciendo más amable entre los elementos menos lúcidos del fenómeno hater de Justin Bieber.

Purpose normalizó al nuevo Justin, le hizo atractivo al nuevo público, sí. Pero Journals nos lo anticipó para que supiéramos leerlo entre líneas antes de tiempo. Y en el esfuerzo, nos regaló una perla casi sin querer.

No es solo el disco de transición, sino que es el más cuidado, el más cómodo y, quizá, el menos valorado. Porque no fue el llamamiento final a los nuevos (lo reservó para Purpose), pero tampoco pilló del todo bien a muchas viejas guardias del fandom. Ojo, tuvo una acogida excelente en términos absolutos, pero porque es Justin.

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La magia de Journals es otra. Es un disco que escuchas sin exaltarte, lo disfrutas sin cansarte nunca, es amable. Justin hizo un aviso en forma de álbum y nos sirvió como ecuador. Nos llevó de la mano de Eenie-Meenie a Where are Ü now sin paradas, sin mirar atrás, de repente. Y quizá no lo agradecemos lo suficiente.

La cuestión crucial de Journals es haber sido capaz de bailar entre 2013 y 2015, no en la cuestión meramente temporal, sino en su contenido. Todos necesitábamos ese trabajo. Los de siempre, para coger anticipadamente el rebufo de lo que iba a ser Justin en 2014 y en 2015; los nuevos, para dejar de llevar el «Justin de entrada, no» como bandera.

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