El tercer hombre

Enséñame un héroe y te escribiré una tragedia – Francis Scott Fitzgerald

Creyó que volaba, nunca lo supo describir. Ni siquiera 32 años después de lo ocurrido. De hecho, tampoco debería haber estado allí. Su sitio estaba en Victoria, Australia, alternando sus entrenamientos de atletismo con su trabajo como entrenador de fútbol del West Brunswick, un modesto equipo local.

Pero la historia quiso que Peter Norman estuviera en la curva del Estadio Olímpico de Ciudad de México, una cálida noche del 16 de octubre de 1968. Por delante 200 metros y dos favoritos: Tommie Smith y John Carlos. Sólo ellos habían corrido más rápido en las series. Aquel pequeño australiano no era desconocido, pero sí irrelevante.

Tras el pistoletazo eso no parecía dispuesto cambiar. Los tacos le atrapan y la curva le engulle. Lo que pasaría después sería absurdo explicarlo racionalmente. El ángulo de la cámara apenas recogía su silueta cuando en los últimos 80 metros, un proyectil desde la calle 6 dejaba la razón a un lado, y el crono en 20.06 segundos. Récord de Australia (aún vigente).

Entre Smith y Carlos, Peter Norman. Medalla de plata, la carrera de su vida.

La historia se quedó con el resto, o mejor dicho, con parte de él. El podio, el himno, el gesto, la imagen. La línea de meta de aquella  prueba puso fin al capítulo deportivo para dar paso a un icono social. Uno lleno de dignidad y valor, pero también de vergüenza.

Tommie Smith (derecha) cruza la meta delante de Peter Norman (izquierda). Getty Images

Apenas unas horas después, los tres atletas se encontraban en la sala de espera, preparándose para recibir sus medallas. Tommie y John hablaban sobre lo que iban a hacer, no estaba claro el qué pero sí tenían una idea.  No querían que fuera un secreto. Vieron a Norman y le dejaron claras sus intenciones. También querían saber su opinión. El australiano, lejos de aislarse de la protesta, les aseguró su apoyo.

«Creía que iba a ver miedo en sus ojos, pero lo que vi fue amor», afirmaría John Carlos años después.

La lucha por los derechos civiles en Estados Unidos estaba entonces en su punto álgido. El reciente asesinato de Martin Luther King y los primeros pasos de las Panteras Negras dejaban a una sociedad que se debatía entre la vía pacifica y la armada. Como relataba Pavel Ramírez,  la reivindicación se había convertido en protesta y la protesta, en odio.

Los dos velocistas afroamericanos iban a llevar guantes negros, pero Carlos se los había dejado en la villa olímpica. Estaban a punto de desistir cuando Norman apareció para dar con la solución: ponerse un guante cada uno. Propuesta aceptada. Habría más.

Norman conoció a Paul Hoffman, remero del equipo estadounidense y activista del Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos (OPHR), una organización americana concebida para protestar contra la segregación racial. No quería dejar solos a sus compañeros y le pidió a Paul una insignia de la organización. Nadie le obligó a nada.

«Vino hacia mí y me dijo: ‘¿tienes una de esas insignias, compañero?’», reveló Hoffman. «Si un australiano blanco iba a preguntarme por una insignia del OPHR, por Dios que iba a tener una. Sólo tenía una, la mía, así que me  la quité y se la di.»

Fuera les esperaba la gloria olímpica, pero nunca llegó.

Los dos velocistas negros subieron al podios descalzos para simbolizar la pobreza de la comunidad negra. Norman, sonriente, ocupó su escalón. La alegría de los protagonistas duró el mismo tiempo que los apretones de manos. Con las medallas al cuello, momento del himno. Giro a la derecha y llama olímpica al frente. Empezó a sonar el Star-Spangled Banner. Y sucedió.

Tommie Smith se erigió desafiante, agachó la cabeza y alzó su puño derecho enguantado. Le siguió su compatriota con la otra mano. Delante quedó el australiano, serio, inmóvil, luciendo su insignia impasible ante los abucheos del público. Habían sacrificado la cima por su mensaje, para romper lo establecido. Cada uno a su manera.

Tommie Smith (centro) y John Carlos (derecha) alzan el puño. Getty Images

Al día siguiente los periódicos de todo el planeta despertaban con la impactante imagen. Los Juegos Olímpicos pasaron a un segundo plano. Tommie Smith y John Carlos fueron inmediatamente repatriados y expulsados de por vida de la competición. Su lucha no acabó ahí, tampoco el sufrimiento. Pero con los años se les reconoció como pioneros, héroes de una causa que les hizo eternos.

Paul Hoffman fue acusado de conspiración, aunque el castigo se quedó ahí. El australiano no correría la misma suerte. Igual que su legado, todo acabó con la foto.

Peter Norman no agachó su cabeza ni alzó su puño, pero con él no hubo piedad. Pese a ser el quinto mejor del mundo y obtener la marca hasta en 13 ocasiones, la federación australiana le impediría más tarde participar en los Juegos de Munich del 73. A sus 26 años dejó el atletismo y su gobierno le borró del mapa. La sociedad respondió dándole la espalda.

 «Peter no tenía por qué ponerse el parche. Peter no era estadounidense, Peter no era negro, Peter no tenía que sentir lo que yo sentí, pero fue un hombre» – John Carlos.

Una imagen separó una carrera meteórica de un descenso a los infiernos. La fugacidad de su nombre le condenó al ostracismo, no tenía por qué hacerlo. Las respuestas estaban en sus raíces, en alguien que en la mayor carrera de su vida, decidió mirar atrás.

Peter Norman creció en Coburg, un barrio obrero de Melbourne, en el seno de una familia perteneciente al Ejército de Salvación. Desde muy joven se le inculcaron unos valores simples pero que arraigó desde la convicción. Una infancia marcada por la humildad y la tutela de la religión.

Él, como muchos de sus amigos, quería jugar a fútbol australiano, pero no se podía permitir el material.  Cuando parecía abocado al oficio de carnicero, del que fue aprendiz, su padre se presentó en casa con un par de zapatillas de clavos de segunda mano. Y Norman se comprometió con el tartán. Su baja estatura no fue impedimento para exhibir una explosividad que pronto le diferenció del resto.

No sólo se distinguió por su talento físico. Su compromiso con los ‘Salvos’ (así llaman a la organización los aussies) era muy estrecho, creía en ella como vía de escape para los que menos tienen. Y por ello, también la cuestionaba. No su ética pero sí la institución. Él quería  aprovechar «el regalo que le había hecho Dios» con su velocidad, y no podía si le prohibían competir los domingos. Protestó contra los privilegios de quien por su cargo, podían actuar libremente. Se enfrentó a ellos. Tenía el activismo en sus venas.

peter-norman-mural

Norman ligó su trayectoria al deporte. Mientras se hacía un nombre en el atletismo, se convirtió en profesor de educación física y entrenador de fútbol amateur. Se enroló en las filas de los Melbourne Harriers, Neville Sillitoe pasó a ser su entrenador y a partir de ahí, todo fue muy rápido. Tras su campeonato junior en 1960, sólo las lesiones pudieron frenarle. Ya en 1966 se había asegurado la corona de la velocidad australiana para los próximos cinco años.

Los JJOO de Ciudad de México llegaron en su plenitud. Sin embargo, su pedigrí internacional no iba más allá de los juegos de la Commonwealth. Consiguió adaptarse bien a la altura del escenario (literalmente), asimiló el aire fino y hasta aseguró que su zancada pasó a ser más larga de lo normal. Su mayor baza eran los finales, tanto por su resistencia a la velocidad como por su idilio con la épica. Mucho que ganar, poco que perder.

El comité olímpico australiano le impuso tres normas, según recuerda el velocista:

  1. Repetir (mínimo) su tiempo de calificación antes de los JJOO.
  2. No quedar último en ninguna carrera.
  3. No quedar detrás de un ‘pom’ (un inglés).

Peter las cumplió todas, menos la de mantenerse callado. Tampoco tenía razones, y es que Australia no era ajena a la convulsión social del 68. Los aborígenes estaban en el fulgor de la batalla por sus derechos, hasta 1962 no les estaba permitido votar y hasta 1967 no fueron incluidos en el censo nacional. El sentimiento de culpa hizo que en el año 2000, el primer ministro John Howard decidiera dedicar a la causa 1.5 billones de dólares del presupuesto nacional.

«Lanzarles dinero no es la solución», sentenció entonces Norman. «Tenemos un primer ministro que no les pedirá perdón. Los problemas tal vez no se solucionen así, pero así podríamos empezar a hablar. Yo no puedo pedir perdón por la mitad de Australia, él sí puede».

Ese fuego interior ya existía, pero estaba encerrado en una sociedad hermética. Sólo necesitaba un pretexto para avivar la llama, y el deporte se lo dio. El mayor escenario posible para su despliegue unido a dos compañeros dispuestos a hacer ruido sin alzar la voz. Porque entonces no había declaración ni palabra insólita, pero sí faltaban hechos, acciones que imitar y referentes que seguir.

Peter Norman con su medalla de plata. BBC News

Aquella decisión le impidió distinguir entre la cúspide y el ocaso. No se dio cuenta del significado de sus actos hasta que vio como en el himno americano, la solitaria entonación que destacaba entre el público se disipaba entre el silencio inquisidor. Luego llegaron los silbidos, después el correctivo mediático.

Incluso acorralado, Norman fue incapaz de perder el sentido del humor del que tanto se jactaba. Cuando Julius Patching, team manager de la expedición australiana, le avisó de las posibles represalias («quieren tu cabeza»), él optó por el cinismo: “¿tienes entradas para el hockey?” No estaba arrepentido.

Nunca lo estuvo.

Y no sería por penitencias. Aunque en Australia no le esperaban ni sanciones ni escarmientos públicos. Simplemente fue condenado al olvido. A su llegada sólo encontró la indiferencia de las instituciones y el desdén de la gente. Resultaba complicado para una federación de atletismo ignorar al mejor velocista de su historia, pero lo consiguió hasta forzar su retirada. Sin los juegos de Munich, sin otro escaparate, para Norman ya nada tenía sentido.

Dejó el deporte profesional en su madurez deportiva para sumirse en una espiral de desgracias. Se separó de Ruth, su mujer, y tuvo que despedirse de sus tres hijos. Estaba solo, y la única luz la arrojaba un pasado que los demás intentaban borrar.

Apenas diez años después, el nombre de Peter Norman no trascendía de los periodistas y los suburbios de Melbourne. En él ya no quedaba ninguna traza de aquel subcampeón olímpico, pero él siguió corriendo. No para lograr medallas, sino para sobrevivir, escapar de un laberinto del que pudo no haber salido jamás.

«Al menos, cuando Tommie y yo llegamos a casa, nos teníamos el uno al otro», explicaba John Carlos. «Cuando Peter llegó a casa, tuvo que enfrentarse a un país él solo. Nunca dudó, nunca negó que estuvo ahí por un propósito y nunca pidió perdón por involucrarse. Esa es la persona que fue Peter Norman».

Porque hasta eso le arrebataron. En una carrera de relevos se lesionó gravemente el tendón de Aquiles y el yeso no pudo impedir que la herida se extendiese. Su pierna se gangrenó y la posibilidad de amputarla era la más factible. En cuanto le mencionaron una alternativa, él se negó.

La solución pasaba por insertar una barra metálica entre sus rodillas y pasar tres meses confinado en una silla de ruedas. El cirujano le avisó de que se volvería loco, pero era una oportunidad para salvar su pierna. Suficiente.

Sin embargo, estuvo cerca de caer. Durante la travesía se aferró al alcohol, y con él llegarían la depresión, los continuos viajes al hospital y la adicción a los analgésicos. Sus dificultades para encontrar trabajo antes de la lesión tampoco ayudaron. Pasó un tiempo en un colegio como profesor de gimnasia, retomó su oficio de carnicero e incluso fue miembro de algunos sindicatos de la ciudad. El hombre que salió de la rehabilitación había recuperado una pierna pero había perdido todo por lo que luchó.

Su perseverancia tendría premio. Se casó con Jan, su nueva esposa, y encontró empleo en el departamento de deporte de Melbourne. Razones para respirar, recuperar la calma y empezar de nuevo. Pero a Peter le faltaba algo, algo que como contaba su sobrino Matthew, «cerrara el círculo».

Ese algo estaba en Sidney. Fue ser anunciada como sede de los Juegos Olímpicos del 2000 y recuperar la sonrisa. Era la ocasión para redimirse, volver a los focos, enterrar el pasado. La posibilidad de ser reconocido por su país se convirtió en el motivo para seguir adelante.

Peter Norman (centro), junto a Tommie Smith (izquierda) y John Carlos (derecha) en Sidney en 2006. BBC News

Aún habría tiempo para otro golpe. Atendiendo a razones económicas, el comité olímpico australiano (AOC) no le incluyó en la expedición, por lo que no podría dar la vuelta de honor junto al resto de invitados. En cambio, fue galardonado con la Australian Gold Sports, una medalla dirigida a hacer visibles los éxitos del deporte aussie. Se darían hasta 18.000, Peter Norman sería uno más.

Durante años, a Norman se le dio la oportunidad de retractarse. Un simple perdón le habría bastado para evitar el destierro social y entrar con honores en el AOC. Desde la cúpula querían que formase parte de la organización de los juegos, sólo tenía que arrepentirse. Nunca lo hizo.

En lugar de eso, estableció un lazo inesperable con sus dos compañeros de podio, uno estrechado por el sufrimiento y el desprecio. El mismo que provocó que la delegación estadounidense se acordará entonces de Norman, invitándole primero a la fiesta de cumpleaños de Michael Johnson, y después, a pasar el evento con ellos.

Esta vez no sería uno más. Nada más entró por la puerta, Johnson detuvo el jolgorio para abrazarle:

«Eres mi héroe»

Su vida por fin parecía enderezarse. Melbourne le volvió a abrir los brazos (que no Australia) y Estados Unidos reconoció su coraje. Tommie Smith y John Carlos habían dejado atrás la vida marginal para ser considerados héroes. Un camino anclado a un instante.

En 2004 los tres se reunieron de nuevo en San Jose State, cuando la universidad decidió homenajearles con una estatua que inmortalizara el momento. Los dos velocistas afroamericanos aparecen con el mismo uniforme, descalzos, levantando el puño. Pero el escalón del segundo puesto está vacío. Hoy es el lugar donde estudiantes, turistas y curiosos se toman sus fotos para formar parte de la historia del deporte.

Estatua en San Jose State. GRIOT Mag

Metáfora de la soledad de un hombre que se limitó a hacer «lo que creía que era correcto». Recuperada la dignidad, era el momento de salir del anonimato, de hacerse oír, o en este caso, ver.

Su sobrino, Matthew Norman, reunió ese mismo año por primera vez a los tres atletas en una misma habitación. Su objetivo, crear un documental que exhibiese la verdad, pero en esta ocasión, completa, con la versión de Peter Norman. Un trabajo que ante todo, debía abrir los ojos de un país que desconocía su existencia.

Dos años después, Peter vio el filme acabado. Satisfecho, se disponía a realizar una gira promocional por Estados Unidos tras los Juegos de la Commonwealth. Eran en Melbourne, y el comité le había designado como uno de los portadores de la antorcha.

Pero ni siquiera le dio tiempo a saborear nada. El 3 de octubre de 2006 un ataque al corazón le quitó la vida. Tenía 64 años.

Tommie Smith y John Carlos recibieron devastados la noticia. Tanto que cogieron juntos el primer vuelo a Melbourne para asistir a su funeral. Tenían pensado dedicarle unas palabras, pero igual que hizo Peter en Ciudad de Mexico, tenían que hacer algo más.

Con la misma personalidad y entereza que demostró en su día aquel pequeño australiano, decidieron acompañarle hasta el final. Se pusieron en primera línea y portaron su féretro hasta la tumba.

Se cerraba el círculo.

Tommie Smith (izquierda) y John Carlos (derecha) portan el féretro de Peter Norman. Daily Telegraph

Dos años después, Salute fue un éxito en taquilla. En Australia muchos escucharon el nombre de Peter Norman por primera vez, pero no lo olvidarían nunca. La historia de un humilde chaval de Coburg que se atrevió a agitar los cimientos del siglo XX. Callado, impasible, junto a los puños de sus compañeros.

La gente entonces quiso saber más, pedía explicaciones, se avergonzaba de lo ocurrido. Peter Norman fue un héroe, y así lo debió de ser siempre. Cuatro años más tarde, la presión surtió efecto. El 11 de octubre de 2012 el Parlamento Australiano emitió una disculpa oficial.

Leída la resolución al debate de la moción presentada por Andrew Leigh – la Cámara de Representantes de Australia:

  1. Reconoce los extraordinarios logros deportivos del fallecido Peter Norman, quien ganó la medalla de plata en la prueba de 200 metros listos en los Juegos Olímpicos de 1968 en un tiempo de 20.06 segundos, que se mantiene como récord nacional.
  2. Reconoce la valentía de Peter Norman en lucir un parche de Proyecto Olímpico por los Derechos Humanos en el podio, en solidaridad con los atletas afroamericanos Tommie Smith y John Carlos, que realizaron el saludo del ‘black power’.
  3. Pide disculpas a Peter Norman por el error cometido al no enviarle a los Juegos Olímpicos de 1972 en Múnich, pese a clasificarse en repetidas ocasiones.
  4. Reconoce tardíamente el importante rol que desempeñó Peter Norman en la futura igualdad racial.

«Si no fuese por mis actos aquel día, hubiese sido simplemente una medalla más para Australia. Nadie hubiese oído hablar nunca de Peter Norman».

La justicia llegó tarde para Norman. Nunca lo hará el recuerdo.

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Grafiti en Sidney. News.com.au

Fuentes utilizadas: BBC, GRIOT Mag, CNN, New York Times, TIME, The Guardian, Confessing Congregations, Daily Telegraph, El Español, The Star, San Francisco Globe.

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