El trigo tiene hambre

Es la tercera vez que come hoy. Una desfachatez, en mi cara. Yo aquí plantado, mirándole, y el tipo sin enterarse de nada. También le entiendo, es posible que aún no se haya dado cuenta. Lo peor es que, si no lo hace, si no consigo que se entere de que ahora tengo hambre, tampoco tiene pinta de ir a cambiar mucho. No parece que vaya a morirme, ni nada. Lo cierto es que no sé cuánto tiempo llevo aquí, pero fue hace tres días ya, sé que hace tres días pero no sé por qué lo sé. Los días, el hambre, todo. Lo único que ocurrió fue que hace tres días de pronto noté un hambre terrible, y junto con ella vino todo. No tengo recuerdos antes que eso, y lo cierto es que después sólo he estado quieto, aquí, en la puerta de mi casa, delante de un campo de trigo falso, pensando en ello. Aunque hoy he hecho un descubrimiento a tener en cuenta; entre su desayuno (maldito cabrón) y el café de media mañana (mataría por un café, aunque en realidad no sé si me gusta, sólo que me oigo las tripas cuando le veo sorberlo), he descubierto que puedo mover las manos. Aunque las tengo tan frías que cuando he intentado dar un golpe contra el cristal, sólo se me ha movido el pulgar. A saber por qué tendrán que poner nieve en las bolas estas. No parece que se planteen que con la nieve suele ir el frío. Un frío del carajo, me permito añadir. Supongo que no cuentan con que te despiertes, al fin y al cabo estoy en una bola de cristal, no creo que fuera la idea. En una bola de cristal, con una casita monísima, una casa del tamaño de su mano, que está en un campo de trigo (falso) lleno de nieve. No han caído en que el trigo y la nieve no suelen aparecer, lo que se dice, de la mano. Yo soy del tamaño de la puerta de la (¿mi?) casa, así que ahora que sé que puedo moverme, no puedo entrar. No parece casualidad que el que hizo esta tontería, que puedo haber sido yo porque como digo, no hay nada en mi cabeza antes del hambre, creyera que un campo de trigo dorado e idílico casaba con nieve por todas partes. La nieve va con el frío. Y con el hambre, que fue lo que me despertó (supongo). Mucha, mucha hambre. Siempre vuelvo al mismo tema, qué pesadilla. Me recuerda a una costumbre bastante molesta que tiene el tipo este; de pronto es como si se despertase, mejor dicho lo contrario, se le queda la mirada perdida, justo como debía estar yo antes del hambre. Alarga la mano, coge mi bola de cristal y me da un par de vueltas. Todo debe estar pegado al suelo, porque no nos caemos, ni mi casa, ni yo, ni los trigos. Pero justo después de eso siempre nieva, la nieve que estaba forrándolo todo de pronto desaparece y al instante siguiente me está cayendo encima. Cómo le gusta esto de dar la vuelta a las cosas.

También he estado pensando en este hombre. Vivo con él, más o menos, yo tengo mi casa y él la  suya, todavía no nos conocemos, aunque de primeras no me cae del todo bien. Quiero decir, esto de darle vueltas a mi casa, nevarme encima, y no plantearse que igual comer delante de mí no es lo que se dice elegante. En realidad vivo sobre su mesilla de noche, al lado de una lámpara monstruosa y amarilla (como el trigo). De cuando en cuando me baja al salón, y mientras hace cosas me pone cerca, normalmente sobre un sitio elevado, no querrá darme una patada, claro. De cuando en cuando me mira, es bastante incómodo, se queda con los ojos fijos en los míos un rato. A mí se me hace eterno, la verdad. Antes no sabía que podía moverme, así que sólo le miraba a mi vez, pero ningún signo de reconocimiento. Tiene la mirada en blanco, los movimientos congelados, los labios sin llave. Después de eso suspira, como si se hubiera dado cuenta, como si hubiera aprendido a verme y fuera evidente lo absurdo de mi situación. Pero sólo se levanta, yo me doy cuenta de lo pequeño que soy, se da media vuelta y se marcha, y nos quedamos solos yo y el hambre. El hambre y yo.

Ahora estoy en el salón; él acaba de recoger la mesa y ha subido las escaleras. Es un hombre de costumbres, siempre acaba de comer, me deja en el salón, sube un rato corto (no sé qué hace, yo me quedo en la mesa) y después vuelve al salón a mirar por la ventana. No es muy hablador, ni muy entretenido. Esa es otra, mi vida es de un aburrimiento sin límites. Y eso que sólo llevo tres días, pero es que no puedo pensar en divertirme, tendría que comer algo primero. Además nunca me he divertido como tal, el aburrimiento debe ser esto de tener ganas de hacer algo pero no saber el qué. El hombre no las tiene. Se levanta, enciende la lamparilla infernal, así que ya aprovecha y me deja ciego a mí. Y luego se pasa el día comiendo a intervalos fijos, siempre en las horas de la comida, que no sé por qué son tantas pero siempre las mismas, y el tiempo entre medias mira por la ventana del salón. Tampoco hay mucho que mirar. Un campo verde y una carretera, que lógicamente no sé qué hace ahí. Nunca me ha sacado de casa, que yo recuerde al menos. Aunque en algún momento tuve que entrar, me imagino.

Justo pensando en el aburrimiento y acabo de oír un ruido desde la puerta. Es parecido al que hace él cuando da con las manos en la mesa. Es un ruido gutural, oscuro, sordo, casi me laten los oídos, aunque lo oiga a través de cristal. Quizá precisamente por eso. Como si viniera desde muy profundo, desde la tripa, se me ocurre (estoy sembrado). Baja corriendo las escaleras, parece nervioso, uy, nervioso, no sabía que supiera esa palabra. Joder, igual que el hambre. Ha llegado a la puerta y la abre, pero desde la mesa me tapa el paisaje y no veo nada más. Le oigo hablar por primera vez, pero no acabo de entender lo que dice. También su voz es muy profunda, le oigo muy lento, como si ronronease (eso también me ha venido solo). Se hace a un lado y en la puerta hay una espiga de trigo, de su tamaño. Esto tiene que ser una broma. Es igual de perfecta que las de mi suelo, estilizada, pensada para moverse con viento, muy delgada, apenas una idea de algo. Su cabeza no, tiene un pelo precioso. Pero sólo hay uno, me resulta curioso. Yo estoy acostumbrado a una moqueta de trigo, pero bueno, se ve que me he perdido muchas cosas. El tipo cierra la puerta y el trigo viene hacia el salón, seguido por el hombre, que le mira como intentando que no se dé cuenta. El trigo no parece que intente nada. Sólo va andando, parece que no pesa nada, hasta el sofá, y se sienta donde se suele sentar el hombre, se deja caer mejor dicho. El sofá apenas se mueve, como si no hubiera notado nada. En ese momento me rugen las tripas, y el hombre se queda parado en la puerta del pasillo; joder, ojalá me haya oído, sería un momento perfecto. Hay un trigo enorme en tu salón y yo tengo hambre. Le miro a él y consigo, a fuerza de voluntad, mover dos dedos contra el cristal, pero apenas suenan dos toquecitos de nada. Vuelvo a mirar al trigo y es curioso, tiene orientada hacia mi mesa lo que me parece que es su cara, aunque tampoco estoy seguro, claro. Un poco como si me hubiera oído. Pero no puedo comprobarlo, porque justo entonces el hombre va y se sienta a su lado. Se mueve muy raro, como incómodo, hace lo posible por no tocar al trigo. La verdad es que se ven graciosos desde aquí. Le dice algo que no entiendo, igual habla otro idioma, no se me había ocurrido. El trigo le contesta muy bajo. No sé de qué hablan pero esto ya no es tan interesante. Tengo hambre. Me concentro en mover las manos con más fuerza mientras los dos siguen, uno sentado al lado del otro sin hacer nada.

La siguiente vez que miro casi me desmayo (qué buena expresión, tengo que probar a desmayarme). Me he concentrado tanto en mis manos, que por cierto he conseguido despegar del cristal, que me he perdido toda la historia. Pero como parece que estamos ligados, casi casi podría ser azar, dos en uno; el tipo tiene al trigo entre las manos, cogido por su tallo largo y precioso. Y de pronto le veo partirlo. Partirlo en dos, literalmente, el trigo aún vivo y el pobre sacude la cabeza. Pero el hombre está ciego o simplemente no le importa. Vuelve a partirlo, en cuatro, y cada trozo, ahora tiene a ocho pequeños trozos de trigo. No sé si seguirá vivo o no, le está mirando igual que cuando se pone a mi altura y sus ojos dejan de pensar y sólo se quedan pegados al cristal. Coge uno, con cuidado, parece como si ahora le diera vergüenza, como si se arrepintiese. Por un momento creo que sí, que se arrepiente, y noto que me va a ver, esta vez sí, que se va a acercar con el trozo de trigo entre los dedos y me lo va a ofrecer porque de pronto lo sabe. Pero no, no es así. Coge y se lo mete en la boca. Diría que no me lo puedo creer pero sí puedo, aunque acabe de comer, aunque es imposible que tenga hambre. No importa, sólo sabe mirar con ojos blancos. Mientras él sigue comiendo yo cierro una mano, la consigo hacer una bola; levanto el brazo, pero todos los movimientos me cuestan mucho, el aire dentro de la bola parece más espeso que fuera. Soy más lento, todo cubierto por el hambre, todo lleno del vacío de la nieve. Pero no impide que consiga dar un golpe al cristal. No ha sido muy fuerte, pero esta vez sí ha sonado un poquito. Incluso he movido algo de la nieve. Me fijo en él y vale, tengo que darme prisa, sólo quedan tres trozos de trigo (uno para cada día). Ahora que sé lo que tengo que hacer es más rápido. Y más fuerte, vibra todo el suelo de nieve, bum. Los golpes suenan divertido, suenan huecos, vacíos, también son lentos pero suenan desde dentro, siguen sonando incluso cuando dejan de sonar. Doy un golpe tras otro, cada vez más rápido, ya no hay silencios entre ellos pero no importa, no importa porque se ha acabado el trigo. Y yo sigo teniendo hambre y sólo estos golpes huecos. De pronto se levanta, se levanta y viene hacia mí, y claro, me quedo helado. Me entra un miedo casi tan fuerte como el hambre, y si se ha enfadado, quiero decir,  está un poco desequilibrado como pasemos a las manos. Pero no, sólo coge mi bola, me siento infinitamente ridículo, coge mi bola con esas manazas y subimos a la habitación, me pone de nuevo en la mesilla de noche y estoy tan, tan enfadado, cómo se atreve a ignorarme así, eso no se hace con el hambre, maldita sea, y menos cuando tú acabas de comer. Doy golpes y golpes, pero la nieve ahora ya no se sacude, creo que son mucho más suaves o ni siquiera sé si estoy dando golpes, sólo le estoy llamando pero está tumbado en la cama,  no me oye, no me oye porque ahora me doy cuenta de que el hambre sólo sabe llamar con el silencio.

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