The Julius Randle Experience

La NBA es otro mundo, se suele decir. 82 noches de competición solo en temporada regular dan para mucho. La mística esencia de la mejor liga de baloncesto que existe reside ahí; el gran abanico de posibilidades que sus campañas plantean. En el cambio que no está escrito se da el motivo para no levantarse del sofá. Ese que, sin ser esperado, simplemente surge. Con un paso adelante tras lesión o un rendimiento sorprendente de alguien con más oficio que nombre. Las apuestas nunca son seguras en una competición cuyo atractivo abarca tantos aspectos pero siempre uno lo complica: la espontaneidad.

Aquellos que llegan sin estar preparados para el reto son devorados sin contemplaciones.  Quienes triunfan (pocos son los agraciados) son aquellos que pueden decir “sobreviví.” De ritmo acelerado, pero en carrera de fondo, el desgaste físico hace mella en cualquiera. Es en lo mental donde reside la clave. No es solo golpear, sino también saber encajar los golpes. Los imberbes recién llegados, ojipláticos, se fijan en todo y toman apuntes. En casa se tiene esperanza y, por tanto, también paciencia. Fuera es donde reside la dureza. El rival no aguarda en calma, se prepara para ser jarabe de palo. Y de él se debe aprender sin queja alguna.

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Nadie vino de vacaciones. Para llegar se exige un mínimo espíritu competitivo. Para mantenerse, que la llama por ganar no se apague en la mirada. Sin embargo, si piensas que todo gira en torno a la actitud debes saber que tienes razón pero solo un poco. Los ganadores se pueden crear a sí mismos, los triunfadores dependen de un entorno para conciliar el sueño. La obsesión por el dorado es algo que Kobe Bryant quiso inculcar a un grupo de jóvenes que hoy disfruta de la vida independiente. Tienen las llaves; pero parecen precedidos por la suficiente experiencia para hacerse notar. Como aquel adolescente que está harto de serlo, los Lakers han roto todos los moldes habidos. Han soltado los libros, se han remangado y directamente han pasado a la práctica. No hay mejor manera de aprender que con ella. No se da pie a la duda, tampoco a la expectación. De la nada, han surgido y el mundo los contempla con admiración. Se diluye la presión, de un golpe vuelve el baloncesto.

Solía ser al revés. Los sueños se daban en verano y con la llegada de octubre la histórica franquicia era sacudida por la realidad. Hoy son los hechos los que ponen la sonrisa en el Staples Center. Unos piden confianza en el proceso, otros tienen la suerte de poder forzarla. Sin egos ni estrellas; el morado vuelve a brillar. Somos testigos de un renacer envidiable en una liga que vive dentro de un cambio generacional sin fin. Los nuevos talentos siguen brotando, las distintas formas de explotarlo dan resultado.

Pegamento joven.
“Simplemente amo el baloncesto, honestamente.”

El arquitecto del presente partiendo del mañana no es otro que Luke Walton. Lo suyo no es de varita mágica ni de laboratorio, solo se basa en la creación de vínculos. La confianza en el prójimo ha hecho de un vestuario desmotivado y con grietas toda una manada. Nick Young personifica la búsqueda del antiguo ayudante de Steve Kerr. El riesgo es rutina en LA desde que llegó, y quizá sea la única manera que tengan para alcanzar el nivel actual. Propio de minibasket, la diversión es el centro del sistema. Young se siente importante y responde, sin perder un ápice de su esencia. Esa esencia que a veces nos hace pensar que estamos frente a un genio y no ante un ególatra obsesionado por el estilismo. Esa esencia que hace de Uncle P ser Swaggy hasta en chándal. El grupo ahora se antepone a individuos y, en parte, es gracias a tipos como Julius Randle. El ala-pívot es pegamento. Con él, todo fluye. De él, todo emana. Su presencia es un elemento de cohesión indudable.

<<Esperamos que Julius sea grande. Hay mucha responsabilidad en eso, así que hablamos y todo lo que le dije a Julius es que todo gira en torno a hacerle mejor y hacerle darse cuenta de que este es su equipo como el de cualquier otro. Queremos que sea un líder.>> – Luke Walton

El baloncesto actual vive en una era de interiores polarizados. O no quieren el balón si no es para cambiar su forma y destino o lo buscan para siempre. Inevitablemente Julius pertenece al segundo grupo. Se atraen y constantemente lo quiere entre sus manos. Un caso del guard en cuerpo de forward, fenómeno que vemos casi trivializado en la figura de Draymond Green pero se extiende más allá de Oakland. Dinamiza al extremo el fastbreak, porque en él se tiene al hombre que comande en carrera. Los errores no se pueden borrar de un plumazo, pero sus aptitudes los minimizan. Con sobriedad, echa el balón al suelo para manejarlo a su antojo. A partir de ahí lee, sin dar cabida al egoísmo.

No forma parte del afamado club del unicornio por cadencia de un elemento extraterrestre hecho a medida de Giannis Antetokounmpo y Kristaps Porzingis. Tampoco lo necesita. Sin brazos de alambre ni la obligación de asombrar a diestro y siniestro, cumple con solidez. La función de la estética en su arsenal es diferente. Es distinto, pero al fin y al cabo humano.

Con él como acaparador, la ventaja no se busca; se da. Libera de labores a D’Angelo Russell y obliga al cuatro rival a bajar el culo. Abre, despeja la pintura y deja a Timofey Mozgov el trabajo en la sombra. Porque entre flashes, el ruso es trabajo. No acapara atención, pero posibilita que lo haga el resto. Perímetro y bola para unos, zona y lucha para otros.

Vive en un ecosistema en plena expansión, pero aún lejos de su máxima amplitud. En el puzzle angelino aún queda por definir la pieza clave. Tienen en el colectivo la fuerza de la mejora, pero en el frío invierno no pueden subsistir sin un motivo para hacerlo. De puertas para dentro, los Lakers son una joven manada con el macho alfa por definir. El forward ha tomado papeletas, pero sigue lejos del mando.

Sin embargo, no todo es luz en el juego de Randle. Sin espíritu no se le entendería. Sin su historia, no se pondría en contexto. El capítulo más cercano nos lleva a su temporada como novato. Primer día de trabajo; los nervios no tornaron en saber estar, sino en agobio. 14 minutos de juego fueron suficiente para que una fractura en la tibia le alejara del parqué por toda la campaña. Ocho meses de recuperación después, estaba preparado para dejarlo todo en el olvido. «La primera vez que entré en la cancha pensé ‘Tío, esto es raro’. Pero después, sincera y honestamente, agaché mi cabeza y simplemente jugué. No he pensado en eso para nada» recogía FOX Sports. 

They know we talk that lick talk, that lick talk
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Era consciente del escalón que no había podido afrontar, clave en el duro proceso de adaptación, pero lo hecho estaba hecho. No le quedaba otra opción que remangarse para recuperar el tiempo perdido. Una primera prueba como profesional más dura que el propio hecho de serlo. A su lado, Kobe Bryant sirvió de mentor. «Es como un hermano para mí». El rol que se le había otorgado hacía imprescindible el ejercicio de psicólogo y con Julius surtió efecto.

«Veo donde quiero estar, sé lo duro que tengo que trabajar»

El carácter se da sin provocarlo. Acaba saliendo al exterior como una respuesta natural a ciertas acciones, aunque, en cierto modo, se puede construir. En Julius tenemos la figura del joven que no pudo serlo. La realidad avanzó a velocidad aumentada y no optó por lamentarse. Dio un paso adelante, acaparó responsabilidades y entendió la importancia de la madurez. El reto no le hace arrugarse. La competición es su modus operandi. Nadie le pasará por encima sin respuesta. Tyson Chandler, DeMarcus Cousins y Kevin Garnett han asistido a sus sorprendentes muestras de temperamento. Walton quiere encontrar el equilibrio entre el descaro propio de la inexperiencia y la agresividad del ganador por naturaleza. Fuerzas opuestas que se complementan para darse estabilidad entre sí. El yin y el yang pintados de oro y púrpura.

Los resultados quedan a un lado cuando no se inventan excusas. El margen de mejora se entiende por edad, las derrotas se explican mejor si la personalidad acompaña. Julius Randle es un veterano de 22 años. No esquiva obstáculos, les hace frente. Todo el plantel agradece la libertad, él la posibilidad de luchar cada noche sin limitaciones. El alma de un equipo que se conoce cada día es aquel que no teme hacerlo.

LA Lakers 2016/17: Welcome to the Julius Randle Experience.

 

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