Keeping up with the telebasura

Son las dos de la mañana. Es uno de estos días festivos que yo he denominado “días de ni me ralles” en los cuales el mayor ejercicio que haces es cambiar de canal. Había pasado todo el día tirada en la cama buscando la mierda más rara que pudiese encontrar en las entrañas de internet y comiendo bollería industrial.

Son las dos de la mañana. A esa hora decidí que ya había tenido suficiente internet e hice el gran esfuerzo de bajar las escaleras de mi habitación al salón de mi casa para sentarme en el sofá y encender la televisión. Navegué entre un mar de canales donde seguramente podría encontrar una amplia gama de televisión cultural de una calidad altísima, pero lo más productivo que había hecho esa mañana había sido lavarme los dientes, así que seguí con mi espiral de decadencia y busqué un programa que no me hiciese pensar en absoluto.

Llegue a un canal llamado Ten. Estaban emitiendo un programa llamado Real Housewives of Beverly Hills. Estas mujeres, que de housewives tenían poco, solo se dedicaban a dar fiestas, insultarse y montar el drama. Seguramente fue todo ese drama lo que hizo que ese grotesco circo me atrapara completamente. 

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El reloj del salón pitó marcando las cuatro. Son las cuatro de la mañana y sigo pegada al sofá. Había perdido la noción del tiempo por completo. Es como si aquel programa me hubiese transportado a otra dimensión donde el tiempo no avanzaba.

A la mañana siguiente quise repetir para ver si me sucedía lo mismo, así que encendí la televisión y busqué aquel canal que me había embrujado la noche anterior. Esta vez era el turno de Las Kardashian, así que subí el volumen y me senté a esperar que sugiera la magia. Este programa fue incluso más efectivo. Probablemente en otro canal estarían poniendo una película de Malick, o incluso de Haneke, pero yo estaba ahí viendo cómo unas mujeres ricas no hacían absolutamente nada, y me estaba gustando. Yo, que soy una gran fan de Godard y Lars Von Trier, que disfruto del cine polaco de autor y que he visto Ciudadano Kane entera; estaba ahí, totalmente enganchada, sufriendo con Khloe y Lamar o preocupándome por el embarazo de Kim.

Sí, me gusta la telebasura y no me da miedo admitirlo. Que me gusten las Kardashian no significa que no pueda ver una película coreana de tres horas en versión original subtitulada o que no vaya a apreciar una película de Ingmar Bergman. Nada te impide ser fan de François Truffaut y de Kris Jenner a la vez. Ese estigma a la telebasura sólo es mantenido por personas bastante aburridas que no tienen por qué tener una cultura o capacidad intelectual superior a la de una persona que ve Chapuzas estéticas todas las tardes.

Porque nadie, absolutamente nadie, ve solamente cine de autor o los documentales de la dos. Y añado: sólo volvería a ver Ciudadano Kane si fuera sobre Kanye West.

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