Poemarios de aeropuerto (II)

delirio

una luna de cristal

de diamante, de glaciar

siente que mira

nota que ríe;

necesita su guiar, le encanta

pensar, sentir, creer, jugar

pretender, pedir acaso

que nos observa

pero ella, que no es tal

se retira y abandona

nubes de telón

o recuerdos

o dolor

y cesa la magia, la danza, la función

esclavos de la luna o del tiempo, nos abruma

la realidad  no es tal

bajo sus manos

esclavos ante ellos desfilamos

y ante todo y más que nunca

callamos, olvidamos, renunciamos.

digamos que enfrentamos

que pensamos, que avanzamos

¿quiénes somos?

peones tras la verja que apoyamos.

 

sus ojos casi huyen hacia la oscuridad de la ventana. la noche de ciudad, de laberinto metálico, de calles asfaltadas con las cenizas de quienes las pisan. una ciudad, una entre miles y todas cárcel, en serie, trajeados con camisas de fuerza o soga o secretaria o escaparate. se pregunta qué corbata llevará mañana. Y de pronto

bang

conoció a una libertad

y asoma entre su mente planchada, se desnuda, le observa y le hace

recordar

y la luna creciente se transforma en una dantesca sonrisa, en una mueca esperpéntica.

tan blanca, que asemeja

estepa, pureza

tan níveo

tan luz, tan esperanza

tan piel de Ella cuando las persianas son coladores de sol

tan sus manos

tan su cuerpo, tan sus ríos: mapa con venas de sangre azul

mapa de libre, mapa de los que dicen piérdete

sólo tan blanco al chocar con su mitad

al estallar

con tan petróleo, tan tóxico

tan negro

tan oscuro, tan espanto

tan Ella huyendo de sus manos, de sus ruegos

tan humo gris, tan miedo

tan cansancio, abrasa

tal dolor en sus pupilas, infinitas y tan negras…

 

y huye de sí mismo de nuevo, como siempre; como ella. más esa luz que le acogía le persigue, le zarandea, grita y desgarra, guerra interna sin soldados mas con armas, y disparos, y dolor, y discordia entre sí mismo y la parte de sí mismo que sigue siendo ella

 

pero cierra los ojos, fuma, se esconde y se aovilla por el frío, por el frío que da la oscuridad. por ese frío de metal, de dios, de mortal; de metal que se llama soledad, que se desliza como mujer, como brisa y de pronto tormenta y después… nada.

y eso es su recuerdo. Verso, bala, arte, cascada; y esconderse y de esa forma reencontrarse, y un dolor que abrasa y que a la par es respirar.

tan diciembre,

lágrimas ardientes

que incluso la noche de ciudad,

la oscuridad

de la ventana

parece inmensa, parece tersa,

parece y perece,

pues él perece y le parece quizá un refugio

comparado con la falta de aire que le aqueja, que le muerde

como hace ella

sin estar;

imagina que la luna observa y asiente

que la luna es ella y que ella vuelve.

 

 

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