De profesión: votante titulado

La salida del Reino Unido de la UE, la elección de Trump como presidente de los EE.UU., y el auge de los partidos de extrema derecha en Europa han reavivado el debate sobre si todo el mundo debería poder votar. Aunque muchos de los que están a favor de restringir el derecho de voto únicamente a aquellas personas que tienen capacidades y conocimiento para hacerlo no lo saben, su visión electoral tiene nombre y no es nada nuevo. Se trata de la epistocracia y cuenta cada vez con más adeptos, entre los que me incluyo Aunque resulte un movimiento relativamente reciente, su origen etimológico se remonta a la Antigua Grecia: episto, de epistḗmē (conocimiento) y krátos (poder). En definitiva, el poder o “gobierno” de los que saben o tienen el conocimiento necesario para gobernar.

Esta definición habrá puesto ya el adjetivo “elitista” en boca de muchos, incluso antes de terminar de leer el texto. Sin embargo, la epistocracia no tendría sentido en las democracias actuales si fuese elitista. La epistocracia no busca discriminar a los ciudadanos por el número de títulos que tienen, o el nivel educativo que hayan alcanzado, o su nivel socio-económico o cultural sino que hace una discriminación selectiva en base a la capacidad de cada ciudadano para analizar objetivamente sus diferentes opciones de voto y decidir aquella que crea conveniente, consciente en todo caso de las consecuencias que su voto pueda tener sobre el conjunto de la sociedad y el futuro del país.

De la misma manera que no nos gustaría que el Ministerio de Educación estuviese presidido por una persona que no pasó la E.S.O. o que nos operara del corazón un escritor en lugar de un cirujano titulado, ¿por qué debemos conformarnos con la idea de que cualquier persona pueda decidir sobre el futuro de nuestro país, incluso aquellos que ni siquiera tienen claro el significado de las palabras “déficit”, “I+D”, o que ni siquiera conocen las fechas de la Guerra Civil Española y de la muerte de Franco?

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La epistocracia, al contrario que la aristocracia, del griego áristos (“el mejor”) y krátos (poder), donde a sólo unos pocos se les permite gobernar, no está reñida con la democracia. La aristocracia sí es elitista y, como tal, está desfasada y no es aplicable en nuestro contexto histórico. La epistocracia, sin embargo, entendida dentro de un régimen “democrático”, únicamente limita el poder de tomar decisiones políticas a aquellos individuos con interés en hacerlo y capacitados para ello.

En tanto y cuanto la epistocracia se desarrolle bajo un régimen igualitario y “democrático”, el Estado tendrá el deber de ofrecer formación gratuita a todo ciudadano que desee participar en política ejerciendo el voto (derecho que, por cierto, debería poder ejercerse más a menudo en un sistema llamado “democrático” y no una vez cada cuatro años). De esta manera, como un poder separado del gobierno, el organismo encargado de esta formación se encargaría de dotar a tales ciudadanos con una formación política  básica (economía, historia, análisis de ideas, justicia social, derechos laborales, etc). Al finalizar la formación, el ciudadano haría una prueba de “capacitación política”, tras la cuál se le expediría una acreditación de votante.

Así, el ciudadano interesado en participar en la vida política del país, tomaría la iniciativa, se formaría y estaría capacitado, sea cual fuere su decisión de voto en cada momento particular, para valorar sus opciones objetivamente y tomar decisiones de manera consciente y analítica. Por otro lado, los ciudadanos que opten por opciones de voto que no salgan vencedoras afrontarán sin quejumbres los resultados de dichas votaciones, al tener la certeza de que sus conciudadanos han elegido objetivamente y al poder confiar plenamente en la capacidad de toma de decisiones y de voto de sus conciudadanos, que han sido acreditados para votar.

En definitiva, se trata de un sistema que libraría al país de verse gobernado por una masa de individuos apolíticos, indecisos y que votan de manera muy influenciable y subjetiva. Un sistema que garantizaría la estabilidad y cohesión social, que mejoraría la calidad de la política del país y que garantizaría una sociedad políticamente más activa y con un proyecto de país a largo plazo más estable y consecuente.

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Un comentario en “De profesión: votante titulado

  1. Muy buen artículo. Felicidades. Pese a las posibles discrepancias que pueda conllevar, que las hay en irrisoria medida para con mi idea y pensamiento político, entiendo que con dicho sistema se vulnerarían Derechos Fundamentales, y algunos Principios Generales del Derecho, pero, en cierto modo, suscribo gran parte del mismo.

    A primera instancia entiendo, bajo mi humilde opinión, que redundaría en beneficio del Estado y de sus ciudadanos confeccionar un Gobierno Tecnócrata, sin perjuicio de qué partido dirija el timón. A segunda instancia, entiendo conditio sine qua non mantener el sistema de votación, -que no la Ley Electoral-, actual a efectos de Sufragio Universal. A tercera instancia, entiendo que la sociedad actual no está capacitada ,a efectos intelectuales, para someter importantes decisiones a Referendum. Entiendo que es la sociedad quien ha de elegir a sus representantes que, “debidamente preparados”, son los que han de tomar las decisiones pertinentes e importantes redundando en beneficio de sus representados.

    No quiero fundamentar que desaparezca la figura jurídica del Referendum, no, ni hablar, pero, quizá, y sólo quizá, convenga que tales decisiones de sustancial importancia, -sometidas a la manipulación política por otro lado-, no sean tomadas mediante voto por gente que carece de conocimientos e incluso en muchos casos de sentido común, incluyéndose en dicho saco a votantes de todos los colores políticos y diversas orientaciones jurídico-políticas.

    Es triste, pero, en diversas ocasiones nos habremos hecho la siguiente pregunta; ¿Y este tipo tiene derecho a voto?¿su voto dispone del mismo valor que el mío?.
    No quiero en absoluto dármelas de intelectual, no lo soy, pero, que gente que carece de conocimientos básicos o, como dice el artículo, no sepan ni fechar la Guerra civil Española, posea potestad para determinar tu rumbo… Mi rumbo. Nuestro rumbo.

    Quizá sea aberrante e incluso incongruente mi argumento, pero es mi argumento y lo entiendo apropiado y ajustado a la realidad, y, la verdad, en cierto modo, da miedo cual puede ser nuestro destino dependiendo de qué, cómo, cuándo y por qué se vota y quién vota.

    Felicitar al autor del artículo y a la página
    Farhampton Mag por vuestra labor.

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