Taxi Driver

Se llamaba Joaquín y tenía cierto parecido con su tocayo famoso, el de las canciones y la voz ajada por los cigarrillos. Me lo encontré una madrugada de domingo en Madrid, en ese limbo azulado en el que la ciudad no ha despertado todavía y nos encontramos los que han madrugado y los que todavía no hemos pisado la cama. Estaba comprando churros y tenía el taxi aparcado al lado del puesto de comida. Me acerqué tentativamente y señalé el asiento de atrás con un gesto en forma de pregunta. Asintió, pidió cinco minutos para acabar de comprar y me abrió el coche para que esperase dentro. Hacía frío.

  • ¿No quiere usted churros? –me preguntó una vez instalado frente al volante. En lo que duraría el trayecto hasta mi casa me ofrecería cinco veces más. Las rechacé todas.

  • No como cuando he bebido. – le expliqué en un arranque insólito de sinceridad de esos que sólo nos dan cuando hablamos con extraños.

  • Ah. Tiene usted uno de esos estómagos débiles. Yo soy igual. – me respondió.

 

Me encogí de hombros. Más allá de las ventanas del coche se sucedían las farolas y los portales a medio encender.

 

  • ¿Trabaja siempre tan temprano? – le pregunté.

  • Más bien tan tarde. Toda la noche. Ahora la llevo a usted y ya termino. Los domingos compro churros para el desayuno en casa. ¿Seguro que no quiere?

 

Joaquín me preguntó que si trabajaba. Negué con la cabeza lentamente.

  • Estudio – le dije.

  • Muy bien. Es lo que hay que hacer. Fíjese, yo no pude estudiar porque tuve que ponerme a trabajar y llevo catorce años de taxista. Que me gusta, ¿eh? Me gusta el trabajo y conducir. Otros taxistas le protestarán si el trayecto es demasiado corto, pero yo no. No me parece bien. El taxi es un servicio público y está ahí para ayudar al cliente.

  • Bueno, conmigo ha tenido suerte.

  • Sí, la verdad es que vive usted lejos. ¿Y qué estudia?

 

Intenté explicarle a Joaquín la inusual mezcla de economía, política y derecho en la que había decidido meterme en la universidad. Nunca sabré si lo entendió del todo. Prosiguió a preguntarme, como casi todo el mundo cuando hablo de mi carrera:

  • ¿Y eso para qué sirve?

 

Me reí.

  • Buena pregunta.

Joaquín me miró divertido.

 

  • No parece estar usted muy convencida.

  • No lo estoy. Pero es lo que hay.

  • Sabe que siempre hay tiempo para cambiar de opinión, ¿verdad? No todos los caminos tienen por qué ser definitivos.

  • Lo sé. – le lancé una sonrisa tibia desde mi asiento.

  • Bueno, pero usted estudie. Que en eso los jóvenes tenéis mucha suerte. Mi hijo también está estudiando. Una ingeniería. Yo no entiendo de esas cosas, pero supongo que le servirá para encontrar un trabajo. Si no es aquí, fuera.

  • Sí, me temo que es lo único que nos queda, irnos.

  • Pero irse puede ser bueno, mujer. Se conocen otras vidas, otras culturas. Además, hoy en día uno ya no tiene patria. La patria es el mundo, sobre todo para ustedes los jóvenes.

  • Está usted hecho todo un cosmopolita.

  • Eso suena a cóctel. Las palabras difíciles se las dejo a los intelectuales con carrera. – me dijo guiñándome un ojo a través del retrovisor.

 

Joaquín captó entonces algo que debió de interesarle en la radio y subió el volumen. Hablaban del Madrid.

  • Cristiano Ronaldo… en fin. – murmuró.

  • Coincido. – le dije.

Levantó las cejas vagamente sorprendido. “Sí, me gusta el fútbol.” le dije antes de que preguntase.

  • ¿Opina como yo que estaríamos mejor sin Ronaldo?

  • Opino como usted. – le dije. – Pero es que vende camisetas.

  • En eso se ha convertido el fútbol. En vender camisetas. Una pena. Mi mujer es del Atleti, en casa es divertido. – me contó.

  • Mi abuela era del Atleti. Buena afición. – comenté con nostalgia. – Era gracioso porque se ponía muy nerviosa cuando había penaltis y tenía que salir del salón. Pero era una verdadera colchonera.

  • Entonces le gustará verles ahora con el Cholo. No lo están haciendo nada mal.

 

Un silencio pesado cayó sobre el taxi unos momentos.

 

  • Falleció hace unos años. – dije.

 

Joaquín se giró brevemente para mirarme a los ojos sin espejo. Creo que notó que se me rompía la voz.

  • Entonces les verá desde el cielo.

 

Bufé imperceptiblemente y me obligué a sonreír.

  • No creo que esté ya en ningún sitio.

  • Joven y sin fe. – dijo con una sonrisa pícara. –No pasa nada. A mí tampoco me queda.

  • ¿Fe?

  • Tiempo. Esta es su casa, ¿no?

 

Miré por la ventanilla. En efecto, estábamos aparcados delante de mi portal. Había perdido la noción del tiempo con la conversación. Me detuve antes de pagarle.

  • ¿Por qué ha dicho lo del cielo si no tiene fe?

Joaquín me aguantó el silencio unos instantes y suspiró.

  • A la gente parece consolarle cuando alguien ha muerto. Ya sabe, la idea de que algún día volverán a ver a sus seres queridos. He hecho muchos viajes al tanatorio. – añadió, como para justificar su reflexión.

  • Ilusos.– murmuré.

  • Cada uno es libre de creer lo que quiera, joven. Incluso si es mentira.

 

Sonreí y se lo acepté.

  • Está bien. Aquí tiene. – le dije tendiéndole el billete de veinte.

  • Si no le gusta la religión debería usted leer a Nietzsche. Y a Dawkins. – me dijo mientras me bajaba del coche. Le miré con curiosidad. – Sí. Me gusta la filosofía. – añadió antes de que pudiera preguntarle.

 

Me reí, le di la mano y desaparecí en la oscuridad del portal. No volví a verle. A veces si estando en un taxi suena Sabina pido que suban el volumen y me acuerdo de Joaquín, que no sabía que se podía ser filósofo sin haber ido a la universidad.

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