James Harden Farhampton

Arte y revolución en James Harden

Dispuesto a cambiar el rumbo de todo lo que fluye. Porque entender el juego es un atributo muy valioso, pero aún más disfrutar creándolo. Elaborar su propio arte.

Cuando el artista se siente con la necesidad de crear, entiende que para diferenciarse al resto ha de transmitir unas emociones. Y cuando eso se hace, el testigo sabe apreciarlo.

Y eso en todo. En un deporte existen miles de maneras de comprender un juego, pero (muy) pocas son las que son capaces de reinventarlo, de dar un punto de vista completamente distinto que nunca hubiéramos imaginado. Mentes privilegiadas dispuestas a crear un nuevo estilo. Sujetos capaces de hacer de su profesión un arte.

Harden Farhampton Oscar Periz
vía tumblr

James Harden necesitó un soplo de aire fresco. Su talento buscaba esa libertad que tanto ansían los artistas para poder expresarse y, por encima de todo, transmitir. Ese tiempo y espacio necesario para definirse y descubrir su verdadero yo. Porque, en realidad, una obra auténtica es aquella que no se puede describir con miles de palabras. Es aquella tan pura e inimitable que, con el paso del tiempo, todavía queda grabada en la retina de aquel que es testigo.

Y si una obra resulta eterna y trascendental en el tiempo, como si de la Gioconda (Leonardo Da Vinci, 1503) o El Grito (Edvard Munch, 1893) se tratase, es probable que el 2016/17 se clasifique como la obra magna de James Harden hasta la fecha. El año en el que, de alguna forma, es artífice de una de las mayores revoluciones de juego individual que ha vivido el baloncesto moderno.

Está claro que, para que esta obra se llevara a cabo, una idea tuvo que germinar. El origen deriva de una de las mentes más arriesgadas, dispuestas a llevar su filosofía al extremo. Mike D’Antoni tenía un plan, y James Harden sería su director de orquesta. Éste aceptaría el reto, pero a su manera. Mostraría una versión que nunca antes había mostrado al mundo. Harden moldearía su nuevo ‘modus operandi’ en el caos de la velocidad, en un ritmo frenético de juego que muy pocos podrían seguir.

Harden Farhampton Oscar Periz
Skrr skrr (vía yimg.com)

Lo haría sin renunciar a la que es su mayor virtud, la que le ha definido durante su trayectoria en la liga y su forma de ser. Tan sólo tuvo que cambiar de perspectiva.

Anotar por puro instinto seguiría siendo su arma más demoledora, pero su visión del juego empezaría a cobrar mucha más relevancia, porque el nuevo escenario propuesto requería a un nuevo Harden, a uno capaz de adelantarse al resto y a interpretar como nadie todo lo que sucede en la pista. Empezó a entender que, en ese nuevo contexto propuesto de run&gun llevado al límite, podía desatar el terror en sus rivales. Un nuevo hábitat que, a fin de cuentas, ha despertado a su vertiente más creativa, exprimiendo hasta la última gota de su talento. Una versión suya más moderna, destructiva y, sobretodo, más bella.

Son los nuevos Rockets de James Harden. Una obra de culto que lleva el baloncesto de ataque a su punto más álgido y desenfrenado. Un juego que da rienda suelta a su imaginación, a su versión más desenfadada. Él da vida a un tan extremista modelo. A una seña de identidad grabada a fuego.

Un ingenioso y revolucionario artista. Un nuevo Harden ha nacido. Y sus monstruosos registros no hacen más que inmortalizar y magnificar (todavía más) su creación.

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