Anna Gabriel tenía razón

Trabajo conjunto por Aixa Lattes Valbuena y Eduardo García Granado.

Hace menos de un año saltó la polémica de la «tribu» a partir de unas declaraciones de Anna Gabriel, diputada de la CUP en el Parlament de Catalunya, que planteaba lo siguiente: «Si yo pudiera formar parte de un grupo de personas que decidieran tener hijos e hijas en colectivo, me satisfaría la idea». Por si esto no fuera suficientemente polémico, apostilló después que «el formato que tenemos ahora es pobre, enriquece poco y tiende a convertir a las personas con hijos e hijas en conservadoras porque, como quieres lo mejor para “los tuyos” y los tuyos son uno, dos o tres, se entra en una lógica muy perversa». Lejos de intentar —como se ha venido haciendo en otros medios— desprestigiar estas declaraciones, vamos aquí a intentar trazar una explicación en defensa de este planteamiento.

Existe un factor clave para abordar este asunto: el porqué de los lazos afectivos con las figuras (que no los individuos) paternas. Lo que se va a plantear no es una explicación monocausal de por qué se establecen estas conexiones emocionales entre un hijo y sus padres, sino un intento de abordar el precedente necesario para el desarrollo del modelo relacional padre/madre-hijo existente hoy en día. Esto es entender que estas relaciones tienen siempre como precedente una situación (necesaria por ser obligada) de dependencia económica vertical. El núcleo familiar que, en dos procesos paralelos, es condicionado por aprendizajes culturales y determina por tanto al hijo en su crecimiento social, no es una elección personal en ningún caso, sino una necesidad, primero económica por la ausencia de un modelo alternativo, y segundo aprehendida en los términos de lo que es normal (bajo el concepto de «Ideología» de Slavoj Žižek).

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Esta situación precedente deriva en una serie de pulsiones a lo largo del crecimiento de la persona que se evidencian especialmente durante la adolescencia. Estas pulsiones tienen que ver con choques de intereses, motivaciones, opiniones y posiciones que encuentran su solución inmediata bien en la imposición de forma coercitiva, bien en el aumento de tensiones temporales. Todo esto nos conduce a un necesario intento de definir el concepto «adolescencia».

Se define adolescencia como «una etapa de tránsito entre la infancia y la edad adulta, un período marcado por las transformaciones biológicas —que comienzan en la pubertad— y que posibilita a los adolescentes alcanzar su madurez psico-social, sexual y moral». Pero no. Cabe mejor definirla como «un constructo social en el que la dependencia económica se convierte en dependencia emocional». Constructo en tanto condición social que viene dada exteriormente y legitimada por una serie de reglas (re)producidas por las diferentes instancias de construcción ideológica; dependencia económica en tanto que manutención directa sin alternativa; y dependencia emocional en base a forzar el desarrollo de unos vínculos afectivos potencialmente tóxicos que condicionan al individuo durante toda su vida.

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‘Física o Química’, un buen ejemplo para comprender estos procesos.

¿Cómo deriva la dependencia económica en dependencia emocional? Los choques más frecuentes entre padres e hijos durante la adolescencia se corresponden en su mayoría con la verticalidad de la relación económica. Por un lado, a las figuras paternas se les inculca su capacidad -y obligación- de imponer sus posiciones a sus hijos por ser los encargados de su manutención. A su vez, el hijo interioriza la resignación al no encontrar -ya que no existe- una vía al margen del núcleo familiar.

En esta etapa, además, tiene lugar la fase de reafirmación del Yo. El individuo toma conciencia de sí mismo y se asume como un potencial adulto que por lo tanto necesita una mayor autonomía. Esto da lugar a una serie de conflictos con múltiples instancias concebidas como superiores: padres, profesores y otras figuras de autoridad. En el ámbito familiar se producen constantes crisis puesto que los tutores perciben estos reclamos como cuestionamientos o desafíos, lo que desemboca en imposiciones con argumentaciones falaces o directamente no justificadas que el sujeto interpreta como coercitivas, restrictivas y desproporcionadas. Sin embargo, esta reiterada forma de proceder acaba siendo inconscientemente asimilada por el sujeto como lo normal.

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La relación de Robin con su padre en Cómo Conocí a Vuestra Madre.

El sujeto, de esta manera, conforme se aproxima a la etapa adulta ha mejorado en apariencia su capacidad para tomar decisiones, pero no por un proceso racional de aprendizaje —que tendría que ver con la comprensión de una situación desde múltiples perspectivas, así como con una predicción de consecuencias a largo plazo— sino por recelo a la sanción parental. Esta conducta no terminar al alcanzar la etapa adulta, ya que pese a independizarse, el sujeto será incapaz de actuar sin temor a la reacción de sus padres al sentirse en deuda con ellos.

Con esto se deduce que las relaciones paterno-filiales no se desarrollan de manera «natural» sino que son consecuencia de un largo proceso en el que la dependencia económica actúa como precedente necesario. Además, a menudo suponen unas relaciones cargadas de toxicidad, imposición y frustración. Para los padres, al pretender ser —sin éxito— partícipes en todo momento de la vida de su hijo, puesto que a menudo no comprenden que la vida del sujeto ha comenzado a desarrollarse al margen de ellos. Esta situación de alerta constante deriva en ansiedad y preocupaciones permanentes. Mientras tanto, el hijo se ve a sí mismo como silenciado por las figuras de autoridad y perseguido por sus tutores, que lo siguen percibiendo como a un niño.

Con esto en la mano, algo nos queda claro: como mínimo, en el diagnóstico, Anna Gabriel tenía razón.

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