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Ciudadanas visiblemente invisibles

El concepto de ciudadanía, tal como se entiende académicamente, está relacionado a tres derechos fundamentales: derechos civiles, políticos, y sociales. Sin duda, en los últimos años, incluso décadas, hemos avanzado, afortunadamente, en la consecución de estos derechos, que nos hacen ser ciudadanos de verdad. Hoy en día, la mayoría de las personas piensa que gozan de buena salud estos derechos para toda la ciudadanía. Sin embargo, la realidad es otra: hasta en estos derechos más elementales existen profundas desigualdades sociales, producto de que no todas las personas disfrutan de los mismos.

Es el caso de las mujeres. A pesar de los grandes avances sociales, políticos, e incluso económicos del último siglo XX, las mujeres siguen disfrutando de una ciudadanía en peor calidad que la de los hombres. Estructuralmente hablando, vivimos en sociedades, sin dejar al margen ninguna,  Patriarcales y Machistas, en las que la imposición y el dominio masculino se sigue reproduciendo activamente a través de medios simbólicos. Las tres patas fundamentales del concepto ciudadanía están muy dañadas si nos referimos a la situación de la mujer. A través del derecho se han conseguido importantes avances, pero en el hecho, esto es la vida cotidiana, se siguen reproduciendo desigualdades.

La ciudadanía de la mujer se ve continuamente en riesgo por el acoso sexual en la calle o en el ámbito laboral; o mismamente, ante las múltiples agresiones físicas o homicidios que cargamos a las espaldas de nuestras sociedades, y que en verdad, atentan contra la ciudadanía civil de la mujer,  por la falta de libertad individual. En definitiva, las miradas, los gestos, o las expresiones verbales son suficientes para coartar la libertad de las personas, haciendo de ellas ciudadanas de segunda.

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Políticamente hasta hace pocas décadas, el sufragio universal no lo era más que para los hombres, incluso en sociedades que se autodefinen progresistas. Muchos países, hoy en día, ponen obstáculos para la incorporación de la mujer a la vida política del país. El caso de España es problemático: ninguna mujer en cuarenta años de democracia ha sido presidenta del Gobierno, ni tampoco líder de la oposición mayoritaria.  Partidos tan importantes como el Partido Popular (PP) están en contra de medidas de discriminación positiva como las llamadas Listas Cremallera, cuya única incidencia es corregir los desequilibrios entre hombres y mujeres que se estaban y se siguen dando en las listas electorales.

Dentro de la ciudadanía social, también podemos ser contundentes diciendo que las mujeres se sitúan en una posición de desventaja social respecto a los hombres. Las mujeres, tradicionalmente, siempre han sufrido mayores tasas de paro que los hombres. Y si tienen empleo, es mayoritariamente temporal o a tiempo parcial. Trabajos precarios cuya única meta es aprovechar la incorporación de la mujer al mercado laboral, para sacar de ellas mayor rendimiento y menor coste. En los puestos directivos de las empresas y organizaciones, las mujeres tienen un protagonismo muy reducido en comparación con los hombres. Según un Informe de la Organización Mundial Grant Thornton, en el año 2013 solamente el 24% de todos los puestos directivos, en todo el mundo, estaban ocupados por mujeres.

Es más, la mujer sigue cargando encima aquel papel de “madre” que nuestras sociedades parecían dejar atrás para siempre. Los trabajos reproductivos siguen a cargo principal y fundamentalmente de las mujeres: los trabajos de hogar y los de cuidados son un ejemplo de este desequilibrio. Eso se traduce en que la mujer acaba dedicando mucho más tiempo en los trabajos reproductivos que el hombre. Por no hablar de los trabajos de cuidado de ancianos y personas dependientes, quienes exigen una carga emocional y psicológica muy importante. La mujer, sin ningún remedio, siempre ha ocupado ese papel de acompañante de las personas enfermas, ancianas y/o dependientes, generando además de una importante carga de trabajo, un desgaste emocional y psicológico.

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Volviendo a lo de antes, Pierre Bourdieu hablaba del Poder Simbólico como aquel más importante de todos para la constitución, mantenimiento y evolución de una sociedad organizada. Se produce y reproduce a partir de un conjunto de instituciones sociales, quienes hacen de la función de socialización y transmisión, su acometido principal. Este poder está omnipresente. Aquí es donde radica el poder de este poder: en que no se percibe ni se siente socialmente. Puesto que, en aquello que incide y hace ejercicio del mismo, le hemos dotado de sentido y significación social colectivamente. Por lo tanto, nadie siente la opresión de sufrir las injusticias de un poder que nos permite entender el mundo en el que vivimos. La dominación del hombre sobre la mujer se instituye bajo el paraguas de unas instituciones, que han colaborado para construir sentido y razón de todo aquello que presenciamos en nuestras sociedades. Dicho de otra forma, la dominación no se observa como dominación, cuando el poder de lo social encuentra sentido a todo aquello que se reproduce en sociedad.

El Sistema del Patriarcado se nutre indistintamente de un conjunto de instituciones, tales como el Sistema Educativo, la Religión, los Medios de Comunicación, o la Familia. Todos ellos hacen de agentes de socialización en un orden de cosas, con el objetivo de enmascarar aquello que es poder del hombre sobre la mujer, en un dominio, cuya principal virtud es la incapacidad ciega de la sociedad para percibir aquello como una imposición o un poder social de un género sobre el otro. Es ahí donde reside todo aquello que permite justificar y legitimar una realidad social, tratándola como si habláramos mismamente de la naturaleza.

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¿A qué viene todo esto? Pues es que, es harto sabido que en nuestras sociedades, aquellos o aquellas que claman y luchan por acabar con las desigualdades de género, son incomprendidas y tratadas muchas veces como “locas”. La explicación a todo ello reside en que el poder de lo social es tan estremecedor, que a la ciudadanía le cuesta captar la realidad social en su plenitud. La sociedad o el poder mismo, desenmascara, como decía Peter Berger,  todo aquello que se esconde por debajo, y que es la verdadera realidad. El poder físico es fácil de observar, pero el simbólico, que se transmite a través del lenguaje, la educación, los gestos y las actividades de la vida cotidiana, pues es mucho más difícil de captar y observar, máxime cuando uno pertenece a la posición más privilegiada por esa desigualdad, que como hemos podido observar, hunde sus raíces en una estructura social del patriarcado.

Mientras tanto, la dominación del hombre sobre la mujer, en todas las esferas sociales, sigue existiendo, a pesar de los grandes avances. Negar la desigualdad, es como negar la existencia de la noche y el día. La única vía a corto y largo plazo es corregir y acabar con esta realidad, por cierto bien atada por la estructura social. La Educación es el elemento fundamental para el cambio, puesto que como hemos podido comprobar, estas desigualdades no descansan solo en lo físico, que evidentemente puede ver representada en ello, sino principalmente de lo simbólico, cuya transmisión depende exclusivamente de la socialización.  Por lo tanto, cualquier cambio que se pretenda ser coyuntural y no de dimensiones estructurales, será en vano.

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