Mr. Robot Farhampton

Mr. Robot

En una NBA en la que el triple cobra cada vez más protagonismo resulta casi imposible conseguir diferenciarse. Establecerse como alguien distinto, sobresaliente, único y además hacerlo con la misma arma que utilizan (casi) todos. Y, sin embargo, Kyle Korver sigue ahí. Su presencia es la del último eslabón que conecta el imperio del triple con otra era muy distinta, la de la NBA a la que llegó hace casi 14 años. Su camino, el ejemplo de que la constancia puede hacer que todo, por improbable que parezca, acabe llegando. Y su vehículo, una de las mecánicas de tiro más perfectas que el baloncesto haya conocido.

Corría el año 2003 cuando un escolta de raza blanca y aspecto de surfista inscribió su nombre en el Draft. Lo hacía tras cuatro años en la Universidad de Creighton donde ya se había forjado un nombre como uno de los mejores tiradores del país (acabó su carrera universitaria con un 45% en triples). Eran otros tiempos,  cuando la liga se componía de 29 equipos, el hand-checking aún no estaba penalizado y las palabras “media distancia” todavía tenían algún significado en el playbook  de los entrenadores de la NBA. Quizá por eso la elección de Korver tenía algo de valor, como un potencial especialista en el lanzamiento de tres, algo de lo que la liga empezaba a carecer tras la salida de Steve Kerr, Tim Legler o Jeff Hornacek entre otros. Que Bruce Bowen liderase la NBA en porcentaje de triples en aquella 2002/03 era una señal inequívoca: la liga necesitaba colonizadores que se instalaran pasada la línea de 7.25. Pocos imaginaban que en un Draft con LeBron, Wade, Bosh o Carmelo Anthony la elección 51 tuviera algo que decir en el cambio más radical que ha experimentado el juego en la última década. 14 años después, es inevitable no ver en Korver uno de los causantes del mismo.

Mr. Robot Farhampton
vía Getty

Los Sixers se fijaron en él y compraron sus derechos a los Nets, quienes le habían elegido en primera instancia. La llegada de otro pionero y amante del triple como Jim O’Brien (sus Celtics habían sido el único equipo con más de 2000 triples lanzados en aquella 2002-03) concedió a Korver su primer rol importante en la NBA. En su año sophomore acabaría con 226 triples, líder de la NBA en ese apartado junto a Quentin Richardson, aunque con un porcentaje superior al de este. O’Brien no siguió, pero con Mo Cheeks y estrenando contrato Korver siguió siendo valioso. Eran los últimos Sixers de Iverson en los que Chris Webber hacía las veces de escudero y él, las del fiel aliado que aguardaba su turno uno o dos pasos por detrás de la línea, anticipando la llegada del balón para recibir, flexionar, elevarse y soltar. Cuatro acciones hechas una y que, con frecuencia, daban paso a una quinta, la más importante de todas: el limpio sonido del balón cada vez que besaba la red.

El traspaso de Iverson iniciada la temporada 2006 haría de Korver un jugador más protagonista que nunca. Jamás volvió a lanzar tanto (11.4 tiros por partido con un más que aceptable 44%) ni a anotar tanto (14.4 puntos de promedio). Aquellos Sixers no carburaban, pero sus méritos fueron suficientes para recibir la llamada del eterno Jerry Sloan. Que Korver recalara en el antiguo equipo de Jeff Hornacek a petición de aquel hombre pegado al banquillo de Utah parecía una señal de éxito. Pero jamás daría muestras de ser el gran sexto hombre que apuntaba en Philadelphia y que los Jazz necesitaban. En la tercera temporada entraría menos que nunca en los planes de Sloan y, pese a todo, también lo haría en la historia. Porque el 53.6% en triples que registró aquel año, curiosamente el que menos lanzó en su carrera, siguen siendo todo el récord en una temporada en la NBA.

Mr. Robot Farhampton
vía USA TODAY Sports

Tampoco en Chicago, su siguiente parada durante dos años, saborearía el éxito. Pero sí la sensación de jugar en el mejor equipo del Este (en la Regular Season) durante dos años consecutivos. Un 82.4% de victorias en esos dos años que de poco sirvió a la hora de la verdad. En 2011, LeBron reafirmaría su autoridad (no olvidemos que aquel año el MVP había caído en manos de Rose) arrasando a los Bulls por un 4-1 en las Finales de Conferencia. En 2012 sería la lesión del propio Rose la que cortó las alas al equipo. La escasa aportación de Korver terminaría con la paciencia de la franquicia de Illinois. Su traspaso a cambio de prácticamente nada y el posterior fichaje de otro tirador como Marco Belinelli le dejaban en evidencia.

Superada la treintena, la carrera de Korver, enviado a Atlanta ese verano de 2012 parecía haber entrado en una profunda cuesta abajo. Su gran virtud, el tiro, se mantenía intacta. Pero su fragilidad y su escaso desempeño defensivo suponían un problema con el que ningún equipo ganador podía lidiar. Tras acumular 5 temporadas seguidas (entre Utah y Chicago) con más de 48 victorias, parecía evidente que Kyle Korver jamás ganaría un anillo. Ni siquiera llegaría a estar cerca de ello.

Y, sin embargo, hoy hablamos de uno de los mayores ascensos que una carrera NBA ha podido pegar pasados los 30. Uno que no se entiende sin Mike Budenholzer, el padre del sistema que pillaría por sorpresa a todo el mundo del baloncesto. Porque al empezar la 2013-14, asumía el cargo de una franquicia que tenía muy poco. Él respondió metiendo al equipo en Play-Offs, forzando siete partidos a los Indiana Pacers del mejor Paul George y del ya olvidado Lance Stephenson. Pero, sobre todo, allanando el camino para lo que vendría después.

“Lo que vendría después” es la mayor demostración de baloncesto colectivo de la última década. Porque no es posible concebir a aquellos Hawks de la 2014-15 como otra cosa que no sea una sola estrella de cinco puntas. La pareja interior más versátil de la liga con Horford y Millsap, el aguerrido Carroll en el puesto de tres, la batuta de Teague moviendo al equipo y, por supuesto, el robótico Korver acechando desde el perímetro. Entre los cinco, circularía el balón como pocas veces se ha visto en la liga, herencia de los Spurs en los que Budenholzer se había criado como entrenador. Ganarían 62 partidos, incluyendo una racha de 19 seguidos y, entre ellos, los 17 disputados durante el mes de Enero. Un mes en el que los Hawks llegaron a cuestionar el reinado de los mismísimos Golden State Warriors del entonces debutante Steve Kerr.

Mr. Robot Farhampton

De un día para otro, esos cinco jugadores que eran uno solo pasarían a obtener reconocimiento al alcance de las supersetrellas. Los cinco serían galardonados con el premio de Jugador del Mes de Enero. No había precendentes en la historia para una decisión así. Simplemente hubiera resultado injusto señalar a uno por encima del resto. En el All-Star de Brooklyn, todos menos Carroll (con seguridad el menos mediático de los cinco) formarían parte del equipo del Este, para el que Korver anotaría siete triples. Ya había participado en el Concurso de Triples del All-Star cuando llegó a la liga. En cierto modo, su presencia en una cita como esa, tantos años más tarde y tan inesperada como merecida, puede interpretarse como un guiño al concurso de triples en el que la NBA se ha convertido.

Que Korver sea el que reciba este guiño no es, ni mucho menos, una casualidad. Sí un reconocimiento a uno de los jugadores capaces de eliminar la última frontera que ha cambiado el baloncesto actual. En Korver encontramos, por un lado, al tirador puro, ese género primitivo surgido en los 80 y que tuvo su auge en los 90 (Kerr, Legler, Hubert Davis), de gran precisión pero escasa incidencia. Estos tres son algunos de los primeros especialistas en una rama del baloncesto que aún estaba en vías de desarrollo, como prueba el hecho de que ninguno pasara de tres triples intentados por partido en ninguna de sus temporadas en la liga. En el caso de Korver, el 53.6% de aquella temporada en Utah no impacta tanto como una de las mayores muestras de robotismo jamás vistas en una cancha de baloncesto.

A finales de marzo de 2015 el fuego de los Hawks se apagaba, al igual que el de un Korver que empezaba a ser un mortal más. Milwaukee visitaba Atlanta y mediado el tercer cuarto buscaban la campanada, perdiendo por solo 5 puntos. En los siguientes 66 segundos, la locura se apoderó una noche más del Phillips Arena. Porque Korver anotaría, en ese lapso de tiempo, sus únicas cuatro canastas del partido (tres triples y otro en el que pisó levemente la línea). Sin llegar al nivel de espectáculo del 13 points in 33 seconds de McGrady, la mayor exhibición de explosividad vista en una cancha de la NBA, se puede apreciar en la erupción de Korver el mismo grado de confianza, visible cuando tras acertar tres se juega el cuarto, a unos ocho metros del aro, en una rapidísima transición y con las manos de Giannis Antetokounmpo (que no es poca cosa) y Michael Carter-Williams delante. Y nada de eso cambia el resultado. Esta, además, reemplaza la anarquía de T-Mac por un grado extra de precisión, gracias al que fue capaz de anotar desde cuatro puntos distintos (frontal, esquina izquierda y angulado desde la izquierda y la derecha) en el escaso minuto y seis segundos mencionado.  Y entre cada uno de ellos, 22 segundos exactos, un milagro de la programación al que los Bucks contribuyeron tomando decisiones precipitadas en sus ataques, como si una parte de ellos deseara unirse al espectáculo.

Mr. Robot Farhampton
(AP Foto/Gerald Herbert)

Pero por otro lado podemos ver en Korver, junto con otros modelos como JJ Redick, el eslabón que une al tirador puro, ese que solo aparece en ocasiones especiales, con el que jugador que cotiza al alza en la NBA: el todotirador, el jugador capaz de mantener porcentajes de tiro de especialista con cantidades de tiro muy superiores. Ya en su día fue el hombre de los 127 partidos seguidos anotando un triple, racha que Stephen Curry superó, dejándola en 157. Ahora se mantiene como el jugador con más temporadas con, al menos, 5 triples intentados por partido y un 40% de acierto en esa faceta (6). Es el octavo de la historia de la NBA en triples convertidos (1964) y porcentaje de acierto en triples (42.8%). Si bien sus registros parecen condenados a desaparecer ante el empuje de la nueva generación, su condición de pionero nunca lo hará. En sus días en Atlanta era conocido como Threezus. Un Mesías del triple que encontró la tierra prometida más allá de la línea de 7.25. El colono que puso la primera piedra del colosal edificio que hoy domina la NBA.

No es ningún secreto que a LeBron James le gusta rodearse de los mejores para tratar de asaltar el anillo. Y Korver, cerca de los 36 años, ha aceptado gustoso su llamada. Porque al ascenso meteórico que su carrera ha experimentado en el último lustro solo le falta el anillo. Qué mejor vehículo que los vigentes campeones para llegar hasta él.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s