Feminismo Simpson

«¿Por qué cuando una mujer tiene confianza en sí misma y poder, se la llama bruja?»
Lisa Simpson (La casa-árbol del terror XIX)

La andadura de Los Simpson en nuestra televisión comenzó en TVE (primero en la primera cadena y, posteriormente, en La 2) allá por 1991. Esto significa que este año se cumplen 26 años de emisión de la que me atrevería a decir que es la serie de animación más popular de todos los tiempos en todo el Estado español. Recuerdo haber tenido varias conversaciones con extranjeros (alemanes, austriacos y franceses, principalmente) sobre la popular familia amarilla y que estos me confesasen que estaban asombradísimos con el tremendo éxito de la serie de Matt Groening en nuestro país. En absolutamente ningún país (me atrevería a decir que ni siquiera en EE.UU) existe un público tan fiel y tan friki como en España. Yo mismo soy uno de esos frikis fieles que son (somos) capaces de reproducir conversaciones completas de esta serie de memoria.

Sin embargo, me asombra que en 26 años de uno de los éxitos más fulgurantes de cultura pop, apenas nadie se haya atrevido a hacer lecturas políticas amplias sobre el fenómeno Simpson (más allá del excelente libro ‘Los simpson y la filosofía‘). Por ello hoy quiero coger el toro por los cuernos (o más bien, ponerme a los mandos del monorail de Springfield) y hablar de lo que he venido a denominar “feminismo simpson”.

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Partamos de la premisa básica de que Springfield, como reflejo satírico pero fiel de la sociedad norteamericana es eminentemente machista. Seguramente si os pregunto por habitantes de Springfield que no sean integrantes de la familia protagonista, pensaréis antes en el señor Burns, Apu o Moe que en Maude Flanders, Luann van Houten o Manjula. No os culpo: la población de Springfield es mayoritariamente masculina, apareciendo los hombres en una proporción de 4 a 1 con respecto de las mujeres. Es más, los personajes femeninos que existen suelen ser por lo general, “mujeres de” o “madres de” personajes masculinos mucho más desarrollados. En su mayoría estos personajes son amas de casa y, cuando intentan salir de ese rol, se producen las situaciones cómicas (véase, por ejemplo, “Springfield Connection”).

Sin embargo, la propia serie nos ofrece una gustosa venganza feminista en el capítulo “Vocaciones separadas”, en el que Lisa experimenta una crisis de identidad debido a un test de aptitud fallido. Preocupada por el “gen Simpson” piensa que se irá volviendo cada vez más tonta. No obstante, al final del capítulo descubre que dicho gen se encuentra en el cromosoma Y: es decir, que solo los varones Simpson son estúpidos por naturaleza, mientras que las mujeres Simpson son grandes triunfadoras. Y realmente, este no es el único ejemplo que podemos aportar al respecto de la estupidez masculina frente al valor y la ética de las mujeres como Mona o Lisa Simpson. Los hombres de Springfield son eminentemente estúpidos y torpes, lo cual genera la comicidad deseada.

Llegados a este punto, llega el momento de romper una lanza en favor de la serie de Matt Groening. Quiero, desde aquí, reivindicar el papel de la pequeña Lisa Simpson como una de las primeras referentes feministas de la generación millennial. Y es que en un país en el que toda una generación ha crecido conviviendo con la familia amarilla a la hora de comer, Lisa se convierte en el primer ejemplo contestatario que observamos con una cierta conciencia de serlo. Esta niña de ocho años es el punto de subversión política de la serie. Ante una sociedad marcada por el consumo y la destrucción del medio ambiente, Lisa Simpson es ecologista, vegetariana y, si me apuráis, incluso anticapitalista.

El acierto a la hora de construir un personaje como este es no presentarle como un ser perfecto (aunque cierta crítica ha querido verlo así), sino como una mujer que duda de sus acciones, que es insegura pero que se empodera para superar sus obstáculos lanzando un fuerte mensaje de lucha social (La última salida a Springfield), antipatriarcal (Lisa, la reina de la belleza) o ecologista (Lisa, la ecologista).

Mi generación, antes de saber quién fue Simone de Beauvoir o Judith Butler, supo gracias a Lisa de la existencia de toda una industria que promovía el sexismo por medio de juguetes aparentemente inocentes (Lisa vs Stacy Malibú). Vimos a Lisa reventando los roles de género alistándose y superando el curso en la Escuela Militar Rommelwood (La guerra secreta de Lisa Simpson) o disfrazarse e infiltrarse, bien en el mundo de los chicos (Girls just want to have sums), bien en la comunidad universitaria (Niña pequeña en gran liga), siempre movida por ese afán por saber más.

Por todo ello, como he dicho antes, reivindico desde aquí una posición de honor en el feminismo pop para Lisa. Y es que, al fin y al cabo, estamos hablando de la próxima presidenta de los Estados Unidos de América, el icono feminista que tomará las riendas del país más poderoso del mundo cuando acabe la era Trump.

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