Un sueño de libertad (I)

La ventana del piso estaba empañada, pero dentro la temperatura era muy agradable. Era pequeño, con muebles nuevos y vistas a las calles céntricas.

La pregunta que sobrevuela mi cabeza es: ¿qué hago aquí?

Todo era muy raro. Hacía unos días que los secretas habían entrado en el cuchitril donde vivía pagando una renta excesiva; con ellos iba uno de sus jefes, un conocido de algunos de mis compañeros que ahora la pagan en Carabanchel. Empezaron a hurgar pensando que encontrarían algo comprometedor. Me habían tirado al suelo; me habían esposado y me habían llevado a la parte trasera de un Seat 1400. Mi cuerpo empezaba a notar las huellas de sus indagaciones.

Y ahora estaba en lo que se podría considerar un apartamento moderno y lujoso en el centro.

De repente suena el teléfono y lo cojo. La voz me resulta extrañamente familiar:

—¡Hola! ¿Te he pillado en mal momento?

Al otro lado del teléfono está María. Hacía tiempo que no sabía nada de ella. Se tuvo que exiliar en París; si seguía aquí, seguramente acabaría mal. Además, no podía aguantar mucho tiempo el sórdido ambiente cultural. Era cuestión de vida y muerte en lo superficial y en lo esencial.

—¡No, en absoluto! ¿Qué tal te va todo? Hacía tiempo que no hablaba contigo.

—¡Pero si nos vimos la semana pasada! —dijo, y empezó a reírse. —Mira que eres tonto. Te llamo porque ya he acabado de estudiar por hoy y me he enterado de que en el Capitol han empezado a proyectar Lolita hace poco. ¿Te apetece que vayamos juntos?

Aquí falla algo. La semana pasada yo no vi a nadie más que a la gente justa y necesaria en la universidad, en la editorial y en la célula. Y sé que han estrenado esa película, pero solamente en Francia. Estando las cosas como están en este país, un largometraje con un tema tan retorcidamente inmoral sería un sacrilegio para los censores. Pero bueno, vamos a dejar que las cosas fluyan.

—¡Oh, estupendo! —contesto, incrédulo. —¿Dónde quieres que nos encontremos?

—¿Qué tal en los ascensores de la estación de Gran Vía a las ocho y media?

—¡Claro! Estaré ahí.

—Genial, pues nos vemos. ¡Hasta luego! — y colgó.

Para cuando terminó la conversación, había quedado con una chica que se supone que se había exiliado en Francia, para ver una película que creía que estaba prohibida, y lo había hecho a través del teléfono de un apartamento en el que me sentía un extraño por las cosas que me habían pasado antes y por el simple hecho de que no era mi apartamento.

Sinceramente, no entendía nada.

Continuará…

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