We The People

«We don’t believe you, ‘cause we the people». Estados Unidos está roto. Está dividido. Nunca antes en toda la historia del país americano había habido una conflictividad social tan alta hacia la figura del Presidente. La brecha que ha abierto Donald Trump es muy profunda y no sólo afecta a las llamadas como minorías, sino que supone un tema transversal. Tras casi tres décadas después de la caída del muro de Berlín y la victoria por abandono en la guerra fría, en Estados Unidos, por fin, se ha materializado la crisis de representación política.

Hillary fue insuficiente. El establishment pedía apretar todavía más el cinturón al pueblo americano y la figura de Clinton no parecía animar a un electorado cansado. Un pueblo harto de sufrir, de perder derechos sociales y de siempre ceder silenciosamente. El sistema propuso dos opciones, continuismo o ruptura y la gente eligió romper. Pero no nos engañemos, ambos candidatos siempre representaron al establishment. Con muchas cuentas que saldar y un pasado que olía a estructura del sistema, Hillary Clinton no podía encabezar una alternativa real para la gente corriente. Muy alejada del día a día de los americanos, sin ser capaz de conectar con las mujeres y las clases medias, a Clinton sólo le quedó luchar por una dicotomía muy inteligente (y sobreexplotada): yo o el caos.

Anti Trump riot
Protestas ciudadanas en Albuquerque

Ganó el caos. O así lo han expresado los medios, que día a día nos bombardean con las diferentes locuras del cuadragésimo quinto Presidente de los Estados Unidos. Que si ha atacado a los afroamericanos. Que si ha atacado a los musulmanes. Que si se ha inventado un atentado en Suecia. Nada nuevo. Donald Trump es un problema, sí. Pero la solución ya está en marcha, la cultura ha empezado su lucha particular. La conflictividad social que ha generado su elección como Presidente abre una vía todavía inexplorada en Norteamérica.

En un país tan plural y diverso como este, era lógico que una propuesta xenófoba y reaccionaria triunfara, tenía todos los ingredientes para ello. Lo fácil sería acusar de ignorante, de infantil, de mal informado al pueblo estadounidense como ya hicieron los expertos en ciencia política que han copado los medios desde noviembre. Sería muy fácil y muy satisfactorio para nuestra posición de pseudo-intelectuales colocarnos en una posición superior a esos tontos que han elegido a un loco como su Presidente, como me llegaron a decir.

Entender a Estados Unidos y a sus gentes pasa por entender su música y su arte, sin ellos hubiéramos sido incapaces de comprender los movimientos por los Derechos Civiles de los años 60 del siglo pasado. Sin el soul y el jazz no se hubiera entendido a Martin Luther King y a Malcolm X. Las décadas han pasado, muchos se han ido, otros han sido silenciados, pero la llama sigue ardiendo. La cultura evolucionó condicionada por la deriva socioeconómica de las minorías afroamericanas y todo ello convergió en el movimiento hip-hop. La voz de las calles traspasó las plazas y se convirtió en un altavoz para los sin voz.

Es ahora con el mandato de Trump cuando el rap retoma la categoría de canción protesta como actor hegemónico del cambio político en Estados Unidos. No ha habido otro momento similar, ni se han tenido los medios y la repercusión suficientes para que la ruptura con el Régimen pudiera alcanzar cotas tan altas. Acostumbrados al inmovilismo y al silencio de los ciudadanos americanos, la época Trump es una ocasión única. Uno de los gritos que más pueden escucharse en las manifestaciones de los últimos meses no será un We the left o quizás un Break the system, quizás escucharás algo que es mucho más potente: We the people. Porque los estadounidenses no ven en Trump su Presidente, como sí lo vieron en Obama. Con sus luces y sombras, Obama supuso un rayo de esperanza para mucha gente discriminada estructuralmente y que el neoliberalismo le decía que sí podía cuando los muros eran cada vez más y más altos.

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Las calles de Madrid nos enseñaron en 2011 una lección muy valiosa para comprender los movimientos sociales del siglo XXI: las élites ya no son capaces de representar a los de abajo. No se trata de una cuestión de izquierdas o derechas como muchos defienden, se trata de poder responder a las diferentes voluntades colectivas de forma efectiva. El pueblo americano está saliendo a las calles y no le tiembla la voz. El Occupy Wall Street de 2011 fue un aviso a los poderes económicos tras su saqueo y secuestro de los recursos de la gente, lo que surge con Trump es causa y efecto del establishment. El consenso se ha roto por abajo y el desborde puede no tener marcha atrás.

Que cinco días después de las elecciones la legendaria banda de rap A Tribe Called Quest, sin su ya querido miembro Phife Dawg en sus filas, lanzase el single de su nuevo disco en Saturday Night Live bajo el nombre de We The People no es casualidad. «No te creemos, somos el pueblo, somos uno», cantaba Q-Tip con el puño en alto mientras la gente coreaba. Puño en alto, el We the people en el corazón y en los labios la palabra resist.

All you Black folks, you must go
All you Mexicans, you must go
And all you poor folks, you must go
Muslims and gays, boy, we hate your ways
So all you bad folks, you must go        A Tribe Called Quest, We The People (2016)

A Tribe Called Quest y Anderson Paak en la gala de los Grammy
A Tribe Called Quest y Anderson Paak en la gala de los Grammy

No sólo los viejos guerrilleros han salido a la palestra, si hay una voz que ha sido un azote al sistema para el gran público, ese ha sido J. Cole. El artista de North Carolina siempre se ha caracterizado por un marcado mensaje social que trataba la cuestión racial dándole un carácter político. Con un abismo como este, Cole no iba a quedarse callado.

Mira a la gente en la parte de arriba (élites), ellos hacen lo que quieren
Hasta que después de un tiempo los de abajo finalmente se vuelven listos
Entonces empiezan a gritar “¡Revolución!”
Cansados de vivir aquí, la miseria             J. Cole, High For Hours (2017)

Este mensaje no es baladí, en una sociedad como la americana donde los actores contrahegemónicos en lo político “no triunfan”, por decirlo de una forma que los neoliberales lo acepten, unas palabras de este calibre hacen temblar los cimientos del sistema ideológico. La figura de Cole trasciende lo musical y alcanza al día a día de la gente corriente, afroamericana o no. Algo que para nosotros es tan sencillo como la canción protesta o la contraposición a las élites, en Estados Unidos es impensable. Ahí reside la radicalidad del mensaje y la potencialidad, J. Cole está ganando la normalidad con un mensaje de sentido común y que despierta sentimientos y emociones. El de North Carolina está construyendo una identidad colectiva a partir de la falta de representatividad de los líderes.

Hope, por Shepard Fairey
Hope, por Shepard Fairey

Este movimiento contrahegemónico que supone el rechazo a las élites está desarrollándose en un camino ciertamente progresista e integrador. Si hay una imagen que se ha hecho popular en los últimos meses ha sido una ilustración de una mujer musulmana con un hiyab al estilo Yes, We Can de Obama. La gente ha rechazado la xenofobia, el racismo, el machismo y el clasismo explícito de Trump y está respondiendo con nuevas imágenes y nuevos iconos que sí les representan. El pueblo americano ha iniciado una batalla cultural que diría el amigo Gramsci y no va a parar, no va a tolerar más insultos, más Grab her by the pussy, no más Trump.

Aprendamos del 15-M y escuchemos a las calles. Unas calles que claman por respeto, diversidad, pluralidad y reniegan de aquellos que quieren dividir a la sociedad y enfrentar a últimos contra penúltimos. Clamemos alto y con ilusión que We don’t believe you, Mr. Trump, ‘cause We are the people.

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