Felices de otra forma: Historias de amor líquido

Hay un episodio de Sexo en Nueva York en el que Carrie va a visitar a su nuevo novio (David Duchovny) al centro psiquiátrico donde está interno. El fracaso se prevé antes de que en entre por la puerta, pero todos sabemos que para ella esto es algo normal. Lo que convirtió a Carrie en la heroína de una de las series más influyentes de su tiempo era su forma de entregarse a las relaciones sin importarle si iba encontrar o no a su alma gemela.

Recuerdo que una vez casi discuto con una amiga porque no comprendía cómo podía estar saliendo con un chico que escuchaba regeatton en el coche y pensaba que el feminismo era innecesario. Ella me dijo que eso le daba igual mientras pudiera plantearle sus opiniones y sentirse cómoda a su lado. Su respuesta, a diferencia de su relación, me pareció bastante sensata. Como Carrie, a mi amiga no le importa no tener claro dónde dormirá en el próximo episodio ni cuántas temporadas durará con su último ligue. Y pensándolo bien, a todos nos gusta imaginar finales alternativos al mismo beso de buenas noches durante el resto de nuestras vidas.

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Por supuesto, esta independencia es un privilegio exclusivo de estos tiempos (y por desgracia, creo que también del primer mundo). A lo largo de sus seis temporadas, Sexo en Nueva York celebró la libertad sexual de la mujer, dejando ver lo mucho que ésta dependía de poder permitirse vivir sola en el Village y salir de copas una noche tras otra.

Los cambios en la estructura socio-económica y las revoluciones del siglo pasado nos han permitido elegir entre las múltiples alternativas al matrimonio y a la heterosexualidad. La familia ya no es una institución que refuerza la estructura de clases y determina la vida y las relaciones del individuo. La gente puede pagarse unos estudios y encontrar un trabajo que le permita viajar (aunque ahora esto último funcione justo al revés). Poco importa la distancia entre Madrid y Hong Kong cuando cada día se inventan nuevos canales de comunicación.

Por ello, en cierto modo somos libres de elegir dónde, cómo y con quién (o con cuántos) queremos vivir. Naturalmente, nuestra actitud hacia las relaciones ha cambiado. Muchas de las historias que contamos entre amigas me recuerdan a las viñetas de la ilustradora Sara Herranz, con su voz irónica, honesta y eternamente joven. En su libro Todo lo que Nunca te Dije lo Guardo Aquí (Lumen, 2014), ambientado en los muchos bares y camas del Madrid de sus veintipocos, la narradora confiesa:

Me muero por conocer a mi próximo ex.

Vagar sin rumbo entre los hombres.

Entrar en el juego.

Llorar.

¿Por quién?

No lo sabía, aún.

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Parece que disfrutamos de esta manera de amar como dando tumbos, sin muchas expectativas, con cierta frivolidad y una insana atracción por el dolor. Al fin y al cabo, ¿quién no ha querido nunca proclamarse la Patty Smith de su barrio? Por otro lado, quizá ya no podamos permitirnos otra cosa.

Decía Zygmunt Bauman, el sociólogo polaco fallecido el mes pasado, que en nuestra época el precio de esta libertad es aprender a vivir sin garantías. Como resultado del impacto de la economía neoliberal, la globalización y las nuevas tecnologías, el mundo y nuestra forma de vida adquieren una consistencia “líquida”. El dinero se mueve sin ser visto, las fronteras pueden cruzarse con increíble facilidad y las comunicaciones nunca han sido más rápidas. Por su parte, la supuesta libertad del individuo viene acompañada de sentimiento de desarraigo e inseguridad que afecta a varios aspectos de su vida.

En su libro Amor Líquido (Fondo de Cultura Económica, 2005), Bauman escribe: “en el ámbito de la vida moderna, las relaciones son la más común, aguda, profunda y problemática materialización de la ambivalencia”. Esto se debe a un conflicto entre la ansiedad de crear vínculos que nos aporten la estabilidad que nunca hemos tenido y el deseo de disfrutar de nuestra libertad de relacionarnos con otras personas. Queremos ser felices y sentirnos únicos y necesarios para alguien, y a la vez nos inquietan todas las posibilidades que dejamos en el camino, que pueden ser muchísimas.

En estos tiempos, la fantasía de canciones como “(I’d Go the) Whole Wide World”, compuesta en 1974, está superada la realidad. De hecho, es posible recorrer el mundo desde cualquier café con Wi-Fi y, dada nuestra exposición a las redes, encontrar más intimidad en un chat que en medio de una comida de trabajo. Lo que no sé es si hoy Wreckless Eric habría hecho caso a su madre cuando ésta le dijo que sólo había una chica en el mundo para él. Y sin embargo, seguimos cantando, versionando y, sí, de vez en cuando, creyéndonos su canción.

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He aquí la cuestión acerca del futuro del romanticismo. Como ya he sugerido, nuestra forma de vida nos ha llevado a desmitificar el amor romántico, simplemente porque no confiamos en que nada sea para toda la vida. A su vez, somos más conscientes del daño que podemos hacernos cuando la rutina de la vida interfiere en la de la relación. Por ello, hay muchos que dicen dice que sólo podemos sobrevivir a la demoledora realidad del amor desde el cinismo y el desapego.

Personalmente, el nihilismo gratuito contra San Valentín me aburre aún más que la idea de ver Love Actually todas las navidades. No entiendo a quién puede molestarle una fantasía tan respetable como el porno o los vídeos de gatos. Además, cada cual decide cómo celebrar con su pareja su victoria contra al día a día. Por lo demás, a largo plazo, yo sólo creo en las relaciones donde las dos partes luchan juntas sabiendo que seguramente hay en el mundo otras personas con las que serían más felices, o felices de otra forma.

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Precisamente, cada relación, ya no sólo de pareja, implica hacer las cosas de otra forma. En este sentido, una manera de resolver la situación que plantea Bauman puede ser pensar no tanto en cuánto podemos durar sino en lo que podemos obtener en el momento y guardar más adelante, suponiendo que todo acabe. En un momento de la película Before Sunset, Céline le confiesa a Jesse que siempre recuerda una imagen o un gesto particular de cada una de sus parejas anteriores que le hace darse cuenta de que cada persona es irremplazable.

Hace poco recordé esta escena cuando una amiga me contó que cada vez que terminaba una relación, tenía miedo perder poco a poco lo que la otra persona le había enseñado durante todo ese tiempo. Como si meses o años aprendiendo a querer a alguien se redujeran a una noche en el asiento de atrás de un taxi con un extraño, mi amiga temía el momento de despertarse al día siguiente en su casa con una resaca que, por mucho que pareciera la peor de todas, se acabaría pasando. Quizá esa sea la forma en la que los románticos sobrevivimos en el mundo líquido.

Aceptamos movernos sin tener ni idea de lo que va a pasar, pero no queremos olvidar lo que ya ha pasado. Puede que ya no busquemos el sentimiento de pertenecer a alguien ni la promesa de quedarnos siempre en la misma cama, sino tan sólo una conexión mutua lo suficientemente para que deje marca.

 

 

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