Las lectoras de Hopper

Hay una realidad hermosamente irrefutable: las mujeres leen en los cuadros de Edward Hopper.

En la América de los felices años 20, un joven pintor triunfaba en un modesto barrio de artistas con sus obras en acuarela que representaban la cotidianeidad de una América que soñaba a color. Sin embargo, antes de que las luces se encendiesen y su nombre llenase toda publicación sobre arte de la época, fueron muchas las horas de estudio, de viajes a una Europa que comenzaba a despertarse de una de sus peores pesadillas e infinidad de referencias de autores, y alguna autora que se colaba en una de esas exposiciones de la bohemia Montmartre.

Para la eternidad, un autor considerado uno de los máximos referentes del Expresionismo abstracto y de la Escuela Ashcan, que reunía pintores interesados en la representación de la vida cotidiana de sociedades que habitaban el convulso siglo XX como mejor podían.

Los retratos de Hopper han llenado las paredes de los más importantes y destacados museos del mundo, pero pocas veces se ha reparado en un detalle que pudiera parecer menor, pero que revela el interés del autor por representar a las mujeres en su diversidad de formas, saberes y preferencias, alejada de estereotipos sexistas. En los cuadros de Hopper las mujeres son reales. En los cuadros de Hopper a las mujeres se las representa en la cultura, la inquietud por el saber y la pasión por la lectura.

La construcción de la feminidad en torno a parámetros sexistas, edificados desde y para la desigualdad ha sido una constante a lo largo de la Historia. Para ello, las sociedades, todas ellas, se sirvieron de cualquier elemento simbólico que bien pudiera contribuir pedagógicamente a asentar dichas creencias y que, además, construyese cultura: el lenguaje, las representaciones culturales o socialmente denominadas “tradiciones”, la literatura, el arte o, más avanzado el siglo XX, los medios de comunicación y la publicidad.

La Época Contemporánea que vio nacer, crecer y triunfar a Hopper construyó el discurso sobre la feminidad del “ángel del hogar, que en el XIX encontró su hueco en las teorías misóginas que pretendían demostrar pseudocientíficamente que las mujeres eran biológicamente inferiores que los hombres y, en el siglo XX, en concreto en la década posbélica de los años 50, un apuntalamiento de este discurso en un momento en el que la experiencia histórica vivida durante el período de Entreguerras había demostrado que las mujeres podían realizar los mismos menesteres que los hombres, frente a la división sexual de espacios y trabajos existente hasta la época, y sobre sus espaldas había recaído además todo el peso económico de la guerra. La vuelta de los hombres del frente obligó a las mujeres a abandonar los empleos remunerados fuera del ámbito doméstico, para que nuevamente fuesen ocupados por ellos. Para frenar una más que previsible contestación por parte de ellas, se intensificó por todos los medios que encontraron el discurso del “ángel del hogar”, la buena madre y mejor esposa. Pudieron aplacarlo un tiempo, pronto Simone de Beauvoir y Betty Friedan destaparon sus plumas y comenzaron a escribir las óperas primas del Feminismo de Segunda Ola.

La Historia es, al final, esa compañera de viaje que nos enseña cuán contradictorias hemos sido las personas, cuánto debemos aprender todavía y cómo podemos evitar determinados comportamientos. Sin embargo, para poner un sabor dulce a un pasado que es de todo menos idealizable, siempre nos quedarán las obras de un autor para el que las mujeres simbolizaban cultura, saber y pasión por la lectura, en diferentes ámbitos y escenarios de sus vidas.

 

 

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