Guerrillero con botas de tacos

Decía Vujadin Boskov, y no pocas veces en su dilatada carrera, aquello de “fútbol es fútbol”. Una coletilla que le acompañó hasta la tumba, un leit motiv capaz de eclipsar la Liga y la Copa que ganó en el Santiago Bernabéu o la final de la Champions que disputó con la Sampdoria. Tres palabras que, tanto tiempo después de ser pronunciadas, cabe preguntarse si son ciertas. Y es que pese a que Boskov se refería únicamente a lo que sucede dentro del terreno de juego, a la naturaleza impredecible del deporte rey, la historia se ha empeñado en demostrarnos que el fútbol no es solo fútbol.

Ni la frase ni el personaje elegidos son casualidad. A Boskov, leyenda de la Vojvodina de Novi Sad antes de dar el salto a los banquillos y seleccionador yugoslavo una vez instalado en los mismos, le quitarían la razón sus propios compatriotas. Porque en 1990 Vojvodina, Croacia y Serbia aún tenían en común su estatus de partes (unas más importantes que otras) de aquel todo que dominaba los Balcanes llamado Yugoslavia.

No sería así por mucho tiempo más, decían los croatas, que para entonces sentían que el yugo serbio de Milosevic los estrangulaba con fuerza. El 6 de mayo de 1990, menos de un año después de su fundación, el HDZ (Unión Democrática Croata) de Franjo Tudjman ganó las primeras elecciones multipartidistas en 50 años. Parecía la culminación de un pulso que había empezado unos meses antes, cuando croatas y eslovenos habían abandonado la Liga de los Comunistas de Yugoslavia. En realidad, todo acababa de comenzar.

Zvonimir Boban en la Eurocopa de 1996
Zvonimir Boban en la Eurocopa de 1996

En medio de esta historia se cruza el fútbol, ese gran escaparate a través del que canalizar pasiones, sentimientos, emociones y también ideas políticas. El 13 de mayo, solo una semana después de las elecciones en Croacia, se daban cita en el Maksimir de Zagreb el Dinamo de la misma ciudad y el Estrella Roja de Belgrado. En aquel momento, los dos mejores equipos de fútbol de Yugoslavia. Al final de esa temporada 1989-90, subcampeón y campeón de liga, respectivamente. Y todo ello era irrelevante pues Pancev, Savicevic, Mihajlovic o Belodedici, por recordar algunos ilustres de las filas visitantes, no viajaron solos a Zagreb.

Delije es una palabra serbia derivada de héroe o valiente que desde 1989 daría nombre a los hinchas más radicales del Estrella Roja. Hay que decir que aquel 13 de mayo Croacia estrenaba partido en el cargo y presidencia, pero no independencia. Croacia seguía siendo una República Socialista perteneciente a Yugoslavia y, como tal, nada podían hacer para impedir que hasta 3000 ultras serbios se presentaran en Zagreb horas antes del partido o que, amparándose en esa máxima según la cual los ultras son más peligrosos fuera del estadio que dentro del mismo y escoltados por la policía (yugoslava, claro), entraran al Maksimir.

Los Bad Blue Boys, ultras del Dinamo, no tardarían en mostrar su descontento. A la invasión serbia de su estadio respondieron con una lluvia de piedras que cayó sobre la parte de la grada reservada para los visitantes. Delije respondió con cantos de “Croacia es Serbia” y “Mataremos a Tudjman” (quien había dejado amplias muestras de su desprecio a los serbios, todo sea dicho), al tiempo que arrancaban los asientos del estadio y salían al encuentro de sus rivales. En cuestión de minutos, el estadio se convertiría en el escenario de la primera batalla de las muchas que serbios y croatas librarían en la década de los 90.

Porque instantes después, de fútbol, no quedaba nada. Los que corrían sobre el césped del Maksimir eran los ultras de uno y otro equipo y el balón había sido sustituido por navajas o sillas arrancadas del propio estadio. Una batalla campal en la que la policía, lejos de disolver el conflicto, contribuiría a calentar más aún el ambiente. Los porrazos y los botes de gas lacrimógeno salieron a escena, pero mayoritariamente en dirección a la parte croata. Como si culparan del conflicto a las urnas instaladas una semana antes.

Hay que decir que los éxitos futbolísticos de Yugoslavia en el panorama internacional fueron más bien escasos, con el oro olímpico en Roma ’60 y unas semifinales en el Mundial de Chile ’62 como mayores éxitos. Pero en 1987 la historia parecía estar a punto de cambiar. Precisamente en Chile, Yugoslavia se proclamaba campeona del Mundial juvenil, gracias a un equipazo que integraban Mijatovic, Prosinecki o Suker. Los dos últimos estaban presentes en el Maksimir cuando se produjo uno de los episodios de violencia más impactantes que el fútbol haya conocido. También estaba un centrocampista alto, carismático y técnico. Llevaba la zamarra con el escudo ajedrezado del Dinamo y el 10 a la espalda, como los elegidos. Era croata. Muy croata. Y respondía al nombre de Zvonimir Boban.

Encuentro en el Mundial de Italia 1990 entre Yugoslavia y la RFA

Aquel Mundial de 1987, cuya final enfrentó a Yugoslavia y Alemania Federal, se decidió en la tanda de penaltis. Tras fallar su primer intento, los alemanes anotarían los cuatro siguientes, empatando la tanda a cuatro penaltis anotados. El décimo y último de la tanda, el quinto de Yugoslavia tras los aciertos de Pavlicic, Suker, Brnovic y Zirojevic, era para Boban. Cogió carrerilla y colocó el balón junto al poste derecho de la meta germana, inalcanzable para el portero alemán pese a haber adivinado su intención. Gol. Boban corrió como si no hubiera mañana. Millones de yugoslavos lo celebraron en sus casas. La bandera tricolor con la estrella roja en el centro fue llevada en volandas por todo el estadio Nacional de Santiago de Chile. Ese 25 de octubre de 1987, el mundo supo que algo se estaba cociendo en Yugoslavia: un equipo de fútbol destinado a hacer historia.

No sabemos dónde estaba Refik Ahmetovic aquella noche. Ni siquiera si le gustaba el fútbol. Pero es muy probable que el gol de Boban provocase en este policía yugoslavo un estallido de euforia similar al de sus compatriotas. Sí sabemos que, tres años después, Ahmetovic era uno de tantos policías que golpeaba a los aficionados del Dinamo que habían invadido el césped del Maksimir. A unos metros, indignado, Zvonimir Boban contemplaba la escena, la barbarie orquestada por el gobierno de Milosevic para reprimir a sus hermanos croatas. La historia ya estaba escrita y Yugoslavia se la sabía de memoria.

Boban volvió a coger carrerilla. Lo hizo sabiendo que no había balón de por medio pues en aquel momento ya no era futbolista. Era un croata al que le hervía la sangre de lo que estaba viendo. Con la misma decisión que en Santiago de Chile encaminó sus pasos hacia el objetivo antes de convertirse en el primer y más icónico karateka de la Croacia independiente. Boban soltó una patada que alcanzó el pecho de Ahmetovic y que, de no ser por los Bad Blue Boys, que acudieron a escena en calidad de guardaespaldas, le hubiera costado mucho más que la sanción deportiva de seis meses que luego cumpliría.

Ahí estaba yo, una cara pública preparada para arriesgar mi vida, mi carrera, todo lo que la fama puede comprar, todo por un ideal, por una causa: la causa croata. – Zvonimir Boban

La guerra como tal no empezaría hasta 1991, año en el que el Dinamo siguió jugando la liga yugoslava y Boban, una vez rehabilitado, con la selección. Pero encontramos en este partido muchos de los ingredientes que acabarían haciendo saltar todo por los aires. El acto de rebeldía del mediapunta bien puede ser considerado el primero de una figura pública en favor de una causa nacionalista, la croata, a la que se unirían otras después. Por ejemplo, la bosnia, de donde provenía Refik Ahmetovic. Quizá por eso el policía acabó aceptando sus disculpas.

placa-maksimir-13-mayo
Placa conmemorativa a las afueras del Maksimir. En ella se aprecia cómo los aficionados se convierten en soldados. “Para los seguidores de este equipo, que comenzaron la guerra con Serbia en este estadio el 13 de mayo de 1990.” via: The Balkanist

La patada de Boban, una especie de Gavrilo Princip noventero, fue la llama que terminó de incendiar los campos paneslavistas que el mariscal Tito había sembrado. Pero antes de eso, otros los habían rociado de gasolina. No es casualidad que muchos de los Delije acabaran por integrarse en los “Tigres de Arkan”, organización paramilitar acusada, años más tarde, de crímenes contra la humanidad durante la guerra. Tampoco que las vallas cedieran tan fácilmente al empuje de los Bad Blue Boys, dijeron desde Serbia tras el altercado. Hace años que terminó la guerra. Pero nunca lo harán las conspiraciones en torno a ella.

No hay nadie mejor para contar la historia que uno de sus protagonistas. Por eso Boban, retirado en 2002 tras diez temporadas en el Milan, es hoy profesor de historia croata en un instituto público de Zagreb. Más de 250 encuentros como rossonero y otros 50 con la selección croata le contemplan, pero ninguno como aquel de Mayo del 90 cuando el héroe engulló para siempre al deportista. Zvonimir Boban es, quizá, el único futbolista que pasó a la historia sin necesidad de tocar un balón. Hoy la enseña.


Fuentes consultadas: JotDown, The Balkanist, El País, Balkan Insight, ABC, YouTube.

Anuncios

2 comentarios en “Guerrillero con botas de tacos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s