Las comparaciones son odiosas

Desde que Donald Trump descendió de los cielos por unas escaleras mecánicas doradas y anunció que se presentaba a las primarias del Partido Republicano el hombre no ha parado de asombrar al mundo, empezando porque su primera afirmación fue que los mexicanos eran unos violadores y unos narcotraficantes.

Como se suele decir, cada vez que Trump abría la boca “subía el pan”. Podía ser para imitar y ridiculizar a un reportero discapacitado, para expulsar a un periodista de una rueda de prensa por ser latino mientras un seguidor le espetaba que “se fuera de su país” o arengar a sus seguidores a agredir físicamente a cualquier opositor que se hubiera colado en sus eventos (cosa que finalmente sucedió). La sorpresa que muchos vimos horrorizados fue que dijera lo que dijera, o hiciera lo que hiciera, nunca le perjudicaba en las encuestas. Tanto fue así, que el propio Trump se jactó de que podría disparar a alguien en la Quinta Avenida y no perdería votos.

Pero la cosa sólo fue a peor. Trump acabó ganando las primarias republicanas y muchos pensaron que al pasar a unas elecciones generales tendría que moderarse. Error. Finalmente, Trump ganó también las elecciones presidenciales y el mismo coro predijo que al pasar de ser candidato a tener responsabilidad de gobierno esta vez sí tendría que moderarse. Error otra vez.

Pero una de las cosas más curiosas que se han producido durante todo este proceso es que numerosas personas situadas bastante a la izquierda en España han ido afirmando que un candidato así no era en realidad peor que su rival demócrata Hillary Clinton, que su predecesor demócrata Barack Obama o que los numerosos políticos conservadores que hay en varios gobiernos de la Unión Europea.

Por poner un par de ejemplos sin afán de exhaustividad, durante el proceso de primarias la tuitera @Barbijaputa afirmó “El mundo entero temiendo a Trump como si Hillary fuera mucho mejor“. Este caso es especialmente curioso porque esta tuitera es conocida por su defensa del feminismo y en este caso estaba apoyando a un candidato que fue grabado alardeando de que por ser famoso podía hacerles a las mujeres lo que quisiera, incluyendo “agarralas por el coño“. Y esto lo hacía frente a una candidata progresista que podría haber sido la primera mujer presidente de los Estados Unidos. Otro caso en esta línea fue el de Alberto Garzón, Coordinador Federal de Izquierda Unida, que afirmó en la misma red social: “Trump es racista y clasista y piensa y actúa como racista y clasista. Pero a ver si pensamos que los dirigentes de la UE son diferentes“.

Esta paradoja requiere, ahora que Trump lleva ya algo más de un mes en el cargo, una comparación de sus promesas de campaña, las que llevaba su oponente, las políticas que ha implementado en el tiempo que lleva en el cargo y la contraparte que hay en el continente europeo.

Para esto me centraré, por no extenderme demasiado, en el tema donde más claramente se perciben las diferencias con otros gobernantes: la inmigración. El racismo y la xenofobia han sido algo palmario desde que Trump comenzó su carrera política. Estos se perciben en cualquier símbolo como su lema de campaña “Make América Great Again”. En España sólo se pueden encontrar traducciones parecidas, como “Los españoles primero”, en grupúsculos de extremaderecha como España 2000 o Democracia Nacional.

Pero es aún peor cuando se pasa a las políticas reales. Una de sus promesas electorales más impactantes fue que pretende crear un muro a lo largo de toda la frontera con México y obligar a este país a pagar por él. ¿Nos daríamos cuenta de lo humillante que es esto si lo tradujéramos a que España obligara a Marruecos a pagar las vallas de Ceuta y Melilla o que la Unión Europea hubiera obligado a los países del Magreb a pagar los gastos de la Operación Mare Nostrum?

Otro tema relacionado con el anterior ha sido el reciente anuncio de contratar 15.000 nuevos agentes de fronteras para acelerar los procesos de deportación. En este apartado es en el que Trump lo tiene más difícil para despuntar sobre su antecesor porque Obama fue el presidente que más inmigrantes deportó en la historia de los Estados Unidos con una cifra cercana a los tres millones de deportaciones. Pero frente a esto la candidata demócrata, Hillary Clinton, llevaba en su programa propuestas de flexibilizar la ley e iniciar procesos de regularización.

La última de las grandes electorales de Trump en este terreno fue que prohibiría totalmente la entrada de musulmanes en los Estados Unidos. En este apartado Trump incluso rompió una tradición de su propio partido. Los últimos presidentes de Estados Unidos desde Bush padre hasta Obama se han esforzado en recalcar que el conflicto que mantiene Estados Unidos es con una minoría radicalizada que pervierte la verdadera doctrina del Islam. El propio Reagan fue mucho más allá y en la década de los 80 calificó a los talibanes como luchadores por la libertad” cuando estos eran sus aliados frente a la URSS.

Frente a esto, Trump emitió a su llegada al poder una orden que impedía la entrada de todos los ciudadanos de siete países de mayoría musulmana. Por supuesto en esta lista no se podía incluir a un aliado como Arabia Saudí, pese a que fuera el país del que salieron la mayoría de los autores del 11-S. Además, la misma ley prohibía también la acogida de refugiados. La ley fue detenida en los tribunales, en gran parte gracias a la chapucera forma en que se hizo. Puede que la próxima vez no haya tanta suerte.

Pero unas políticas así de restrictivas no tienen parangón en la historia reciente de los Estados Unidos, por mucho que desde la Casa Blanca y los medios conservadores se tratara de argumentar falsamente que Obama hizo algo parecido. Por otra parte, al otro lado del Atlántico, Alemania acogió un millón de refugiados tan sólo en el año 2015 para una población de poco más de 80 millones de habitantes. Esto no quiere decir que todos vieran confirmadas sus peticiones de asilo o que la política alemana no se haya vuelto más restrictiva desde entonces. Pero la diferencia es tan abismal que es incontestable y, además, todo esto bajo un gobierno conservador de Angela Merkel.

Al margen de los anteriores, puede haber otros temas donde las políticas de Trump podrían casar más con la izquierda clásica, como la economía por su denuncia de los tratados de libre comercio internacionales. Pero el hecho de que la motivación de Trump para esta política sean el nacionalismo y la xenofobia, junto a que está desmontando la escasa regulación bancaria que puso su antecesor para intentar impedir otra crisis como la de 2008, hacen que vuelva a chirriar su simpatía desde la izquierda.

Al final, creo que dos son los motivos que subyacen en esta actitud incomprensible. El primero la derrota de Bernie Sanders en las primarias demócratas. Este político era el candidato más izquierdista que se presentó a las elecciones y el mejor visto desde este sector. Su derrota en las primarias causó una reacción que podría explicarse como que si tu plato favorito se ha agotado, en lugar de pedir el segundo que más te guste ya te da igual cuál te traigan.

Y el segundo motivo que percibo es una estrategia política de brocha gorda que pretende decir al electorado “todos son iguales”. Pero en los ejemplos expuestos anteriormente se puede percibir que Trump posee fuertes diferencias no sólo con anteriores presidentes estadounidenses, sino con su propio partido y con otros gobiernos conservadores de la Unión Europea. Y lo que comparten ambos casos es un fuerte maniqueísmo, en el mejor de los casos, o una pataleta infantil en el peor.

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