Si somos el futuro, ¿por qué nos dan por culo?

El pasado 9 de marzo volvimos a salir a las calles a reclamar una educación pública y de calidad: nada menos que la primera huelga general educativa desde 2013. Y decían los manifestantes que, por supuesto, “hace falta ya otra huelga, otra huelga; hace falta ya otra huelga general”. Siempre he pensado que las manifestaciones tienen algo muy bonito y es un sentimiento de comunión, de conectar tu voz con otras voces y decir con más fuerza lo que todos sentimos. Sin embargo, de pronto, ese sentimiento se ve amenazado cuando suena uno de esos típicos eslóganes que muchos manifestantes pronuncian sin pensar: “si somos el futuro, ¿por qué nos dan por culo?”

A mí me parecía una obviedad que se trataba de una consigna homófoba y de un machismo rancio que había que erradicar de nuestros espacios de comunión militante. No obstante, al publicarlo en Twitter, en seguida aparecieron los guardianes de las esencias del lenguaje y del sexo anal heterosexual a decirme que era todo una paranoia mía por haber asociado conceptos erróneamente. Visto lo visto, creo absolutamente necesario que nos paremos a reflexionar sobre el lenguaje y sobre cómo interiorizamos ciertos conceptos patriarcales en nuestras mentes.

Quizás el ejemplo más clarificador de todo esto de interiorizar el machismo fue una curiosa escena ocurrida en 2006 con el seleccionador nacional de fútbol, Luis Aragonés. Durante la celebración de un campeonato, el comité organizador tuvo a bien regalarle al viril seleccionador un ramo de flores. Este, claro está, las rechazó argumentando que “me van a dar a mí un ramo de flores, que no me cabe por el culo ni el bigote de una gamba”. Esta joya ya inmortal es sin duda el máximo exponente, la máxima condensación de todo cuanto quiero denunciar hoy. Hay una elipsis mental por la cual el ex seleccionador pasó de recibir unas flores a hablar de un incidente marisco-rectal. Para desentrañarla, primero aclaremos un par de cuestiones desde una perspectiva histórica…

«Me van a dar a mí un ramo de flores, que no me cabe por el culo ni el bigote de una gamba»

Toda la civilización occidental se basa en binarismos (bueno-malo, mente-cuerpo, masculino-femenino, cielo-tierra, etc.) por obra y gracia del cristianismo, Platón mediante. Desde nuestra perspectiva eurocéntrica, a quienes no estéis muy metidos en el mundillo del género, os puede parecer lo más normal del mundo. No obstante, existen otras maneras de nombrar (y por lo tanto, de crear) la realidad en otras partes del mundo: las culturas india y paquistaní, por ejemplo, consideran que la humanidad se divide en hombre, mujer e hijra.

Sea como fuere, fruto de estos binarismos occidentales comienzan a asociarse a lo masculino y a lo femenino una serie de características antagónicas que acaban configurando esa construcción social que hoy en día llamamos género. Entre los muchos atributos que caracterizan la construcción hegemónica de la masculinidad está el tener el rol dominante en la cama sobre la mujer, sumisa y pasiva. Para terminar de complicar el asunto (porque las construcciones sociales no son lo suficientemente complejas ya de por sí), se acuña ya desde la antigüedad el concepto de sodomía o “pecado nefando”. El sexo anal, practicado desde la antigüedad, se constituye como espacio de liberación frente binarismos y, a su vez, como un foco de perpetuación de las relaciones de género incluso en parejas del mismo sexo. En el momento en el que se extrapolan los roles de masculinidad y feminidad a las relaciones anales (y con especial fuerza a las homosexuales), comienza el desprecio a esta forma sexual y al ano, espacio desde entonces abyecto.

Una vez explicados estos conceptos, volvamos a la famosa frase del ex seleccionador. Quizás ahora podamos entender qué relación estableció entre las flores y los pelos de gambas:

  1. Las flores forman parte de la construcción social femenina. ¿A quién regalan flores? A las mujeres.

  2. Siendo yo un hombre, lo más parecido a ser una mujer es ser un maricón. Por lo tanto, si me están regalando flores, indirectamente me están llamando maricón.

  3. ¿Qué tienen en común maricones y mujeres? Que tienen roles pasivos en la cama.

  4. Por lo tanto, un maricón que recibe es como una mujer, no es un hombre de verdad. Ante este ataque, necesito reafirmar mi masculinidad y virilidad.

  5. Como hombre de verdad, soy impenetrable, porque si no, sería un maricón o una mujer. ¿De qué manera puedo reafirmar mi masculinidad? Diciendo que no me cabe por el culo ni el bigote de una gamba.

«Toda la civilización occidental se basa en binarismos por obra y gracia del cristianismo, Platón mediante»

Obsérvese que en todo este proceso, lo nocivo y dañino para la construcción masculina no es practicar sexo anal, sino adquirir el rol pasivo. No habría ningún problema porque un hombre, sea cual sea su orientación sexual, sea quien “dé”, porque eso no te hace perder puntos de masculinidad. El componente homófobo de toda la deducción rectal-floral viene dado por un machismo y una pasivofobia interiorizada y que muchas veces se da dentro del propio colectivo LGTBI.

Así pues, la expresión “dar por culo” esconde mucho más de lo que aparentemente parecía. Una vez entendido el componente machuno y homófobo del mismo, tenemos dos posibilidades como hablantes de lengua castellana: asumirlo como natural en la lengua o tratar de cambiarlo. Los que pretendemos dedicarnos a esto del lenguaje sabemos de las diferencias entre lengua natural (la del día a día, cuando bajas a comprar el pan) y la lengua cultivada (es decir, aquella que empleamos tan un proceso de reflexión metalingüística). Ser un guardián de las esencias de la lengua y defender la expresión “dar por culo” por estar ahí “de siempre” (como tantas otras) equivale a obviar que somos dueños y dueñas de nuestra capacidad lingüística y que existe una relación clara entre lenguaje y poder. Se trata de una postura tremendamente reaccionaria y conservadora que en poco o nada va a ayudar a la lengua que dices defender. El cambio lingüístico es posible y se está dando, estamos empezando a hablar para todas y para todos. Si vosotros, manifestantes, queréis defender una educación en igualdad, habrá que empezar por dar la batalla contra aquello que tenemos interiorizado.

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