Carta al olvido

Querido Equis,

Te escribo desde la repisa de la ventana, rodeada de papeles y libros que se han ido acumulando desde que volví del exilio. Me he pasado las últimas noches murmurando febrilmente tu nombre porque se aproxima el aniversario de nuestra despedida. Te preguntarás que cómo sé qué día es, si hace tiempo que perdí el calendario que me regalaste. Supongo que estás tan embobado con tus delirios de grandeza que se te olvidó que los árboles no mienten y la música tampoco. Sabina saca nuevo disco y los cerezos han explotado ya en la misma fotografía de hace un par de primaveras: Yo, con la voz rota y el corazón no más intacto, sonriendo sin reír a una instantánea que iría a parar al cajón de las cosas que sólo sirven para coger polvo. Junto con los libros de poesía y los claveles.

Hoy vengo a decirte que ya no te echamos de menos. Ni yo, ni mis viernes. Las pocas veces que me asalta la nostalgia suele ser de madrugada, cuando el sol temprano me pilla todavía en Madrid y puedo ver el despertar de la ciudad.

Me he construido una fortaleza a base de postales de arte y esbozos de guiones de cine, a ver si puedo espantar este y todos los malos recuerdos que el sexo opuesto ha ido dejando en mi tintero. Ahora ya sólo me paseo por las esquinas de tu conciencia cuando te has ido, pasando de puntillas y sin hacer ruido para no despertar a La Bestia. Esa con la que llevo conviviendo tanto tiempo que me ha cogido hasta cariño y de vez en cuando deja que la acaricie. No te preocupes. La soledad es buena compañía, sobre todo cuando a la inspiración le da por llamar a la puerta.

Ahora, después de tanto tiempo, lo único que me eriza la piel (además de la música y los sueños) es el miedo a levantarme un día, dentro de diez años, y darme cuenta de golpe de que eras tú y siempre serás tú. Es un miedo con sabor a sangre y polvo, que es como me he imaginado siempre que saben las guerras, que nace de la certeza de saber que nuestra última batalla la perdimos. La tuya y la mía contra el tiempo.

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