Devolver el fútbol a quien pertenece

La rendición de cuentas es un término que está de moda al hablar sobre política desde ya hace tiempo. Heredado del concepto inglés ‘accountability’, responde al control de la actividad del gobernante en forma de exigencia ciudadana. Es decir, la supervisión popular sobre el uso del poder que pueda hacer, por ejemplo, el Presidente del Gobierno; un deseo tan corriente como querer controlar a quién le has dado facultades para dirigir un Estado y una situación tan compleja en la realidad.

Una de las herramientas fundamentales para la rendición de cuentas es el periodismo. Aquellos profesionales que, según código propio –el más difuso de todas las profesiones, sin duda-, deben ofrecer información de utilidad pública a la ciudadanía, siempre con respeto hacia la verdad y de forma independiente. El cuarto poder, el ojo avizor y el vigilante de vigilantes, qué bonito. La praxis demuestra que, como empresa privada o pública, un medio está sujeto a influencias privadas y públicas, por lo que en ningún momento es totalmente independiente.

Tampoco nos equivoquemos: ninguna producción periodística es objetiva, porque lo objetivo nunca ha existido. Otra cosa es mojarse a favor de la defensa del bien común y vivir inmerso en ella pese a las consecuencias. Es aquí donde cabe hacer hincapié: si un medio filtra y sesga por influencias privadas y públicas desviadas del fin de la utilidad pública –no confundir lo público con lo privado de un partido al cargo de un gobierno-, es cómplice de las voluntades de sus influencias y, por lo tanto, es parte del sistema que debe vigilar.

Siempre hay cabida al ostracismo mediático, que tarde o temprano deberá protagonizar el resurgir de la información de calidad –éste ya cuenta con proyectos independientes en nuestro país y, con sus carencias, trabaja en pos de unos valores dignos-. Hasta entonces, queda mucha basura por ver bajo el paradigma de la empresa mediática pura y dura, que con un empresario al frente ha olvidado los valores periodísticos y abrazado los mercantiles. En un patrón de producción obsesionado por lo rentable, el periodismo se ahoga.

Hasta la especialización deportiva vive, inmunda, en un prostíbulo de mercantilismo. No por la tendencia amarilla y el sensacionalismo que desprenden falsos noticiarios, tertulias variopintas y portadas de risa, sino por la complicidad con el sistema. La misma que respiran sus hermanos generalistas.

El futbolista, un nuevo estamento

Si nos centramos en el ecosistema mediático deportivo español, salta a la vista que un deporte ocupa la gran parte de los espacios. El fútbol, santo de nuestra devoción casi por genética, es el principal y, a menudo, único protagonista de periódicos, revistas y programas para la rabieta de aficionados al baloncesto, tenis y demás. Una situación verdaderamente injusta que responde a los volúmenes de negocio y afición que hay en España. Porque sí, el fútbol es mayoritario y tiene mucha más tirada que el tenis, pero una final de un Grand Slam con presencia española –incluso sin ella- no es menos noticiable que un entrenamiento del Barça o del Real Madrid.

Dentro de la adulación, ha nacido un nuevo estamento que se relaciona con la crítica anteriormente expuesta: el del futbolista de elite. Más allá de las posibles diferencias de sueldo entre unos y otros jugadores de, por ejemplo, primera división española, todos ellos tienen un halo de santidad creado alrededor de la figura de deportista.

Por poner unos ejemplos antes de seguir profundizando en el concepto: tuvimos durante muchísimos años a Salvador ‘El Legionario’ Ballesta, un piloto militar que, pese a intentar mostrarse como un buen patriota, se terminó encasillando en un perfil de ultraderecha antidemocrática con sus propias declaraciones; tenemos un Presidente de la Liga que abraza sin tapujos a la ultraderecha más rancia y a quien el termino facha hace justicia –militó en Fuerza Nueva y todo esto-; y casi tenemos a un presunto neonazi jugando en nuestros campos. Y nada, menos en la acción de una parte de los aficionados del Rayo Vallecano que impidieron el fichaje del presunto neonazi ucraniano, todos callamos.

Aquí el amigo ucraniano. 14/88 y el dorsal 18. O es nazi, o hay un equipo pésimo de baloncesto.

Como callamos y reímos la gracia de dos jugadores del Eibar cuando grabaron y compartieron un vídeo pornográfico pese a la negativa expresa de la chica implicada en el acto; como callamos y reímos con los cánticos sobre la sexualidad de Shakira y sobre los presuntos maltratos de Rubén Castro a su pareja.

Ante escenarios como los descritos. ¿Por qué no decir basta? ¿Por qué no señalar? Porque hasta el momento los futbolistas no han sido personas, sino que han sido juzgados casi exclusivamente por su actividad deportiva. Da igual qué valores represente éste o ése si es un mero jugador de futbol.

¿Qué han hecho los medios ante estos casos? Usarlos para fines partidistas. Como mucho, los escándalos y demás han servido de balas para atacar al bando contrario en la guerra dual entre Barcelona y Madrid. El resto ha consistido en pasar de puntillas durante su auge de noticiabilidad para terminar enterrando los sucesos.

Los Bukaneros, ultras del Rayo

La alta esfera

La realidad es que no existe una rendición de cuentas con nuestros deportistas porque no se perciben como un miembro más de nuestra sociedad. La metáfora de su santidad es adecuada para definir unos personajes capaces de protagonizar grandes fraudes fiscales y salir airosos en lo social y sin mayores consecuencias en lo legal.

Sin embargo, esto es solo un síntoma de la enfermedad que sufre el fútbol. Lo cierto es que, como entretenimiento, el balonpié ya no pertenece al mundo real, por decirlo de alguna manera. El fútbol es una dimensión paralela en la que en contadas ocasiones se interviene, como si el consumidor no tuviera gran parte del control de todo el tinglado. Desde este punto de vista, el deporte rey vive secuestrado por la propia industria que genera su actividad sin preocuparse por cualquier otro aspecto que no sea el beneficio propio.

Esta dimensión de circo alejado de cualquier representatividad real provoca el distanciamiento de la figura del jugador. Si el fútbol es algo ajeno que no se rige por los mismos valores y normas de convivencia social, ¿por qué el futbolista sí? Quien se enriquece a costa del fútbol ha encontrado un negocio millonario que ha obviado las bases comunitarias cimentadas en el aficionado.

Lo último ha sido ver las diferentes reacciones de la negación del fichaje de Zozulya, que más tarde comentaremos, para entender cómo fútbol y medios han ido de la manita: más silencio y recriminaciones a la afición madrileña.

El Camp Nou pitando a Tebas

En una acción sintomática, la Liga y su presidente, Javier Tebas, cargaron contra la reclamación de los aficionados rayistas, alegando un presunto atentado contra el derecho de trabajar bajo la bandera de: “No se puede catalogar la ideología de cada uno”. Para complementar tan compleja defensa, Don Javier equiparó a una persona que abraza la ideología nazi con una que es abiertamente homosexual; porque adoptar una determinada tendencia sexual a nivel personal es muy parecido a comulgar con una ideología basada en la discriminación, la incitación del odio y el fomento de la violencia.

A comparaciones necias, explicaciones para tontos. Al señor Tebas cabría hacerle pensar sobre qué preferiría: ¿Que su hijo o hija fuera en compañía de unos militantes nazis o de una persona abiertamente homosexual? Aquí, las respuestas retratarían.

Al igual que lo hacen en el caso del fútbol y cualquier club, para muchos algo más que una mera entidad. Si alguien se siente identificado con su equipo y entiende que forma parte de él por ser parte de su base – su afición-, ¿Por qué no puede protestar cuando está disconforme con un entrenador o con el fichaje de un jugador?

La respuesta se encuentra en el argumentario anteriormente expuesto: el fútbol vive en otra esfera alejada de la deportiva, la mercantil. Los futbolistas pueden tener conductas reprochables sin consecuencias porque los clubes pueden actuar del mismo modo. Como sociedad demandamos comportamientos a nuestros iguales que no se equiparan a los clubes, condenando la violencia de género por la mañana y luciendo el nombre de una fundación creada por un miembro de la familia real Qatarí en el pecho de la camiseta por la noche.

No existe una rendición de cuentas entre club y aficionado. Al igual que en la democracia española, la influencia en los órganos de decisión realizada a través de unas elecciones periódicas ha demostrado no ser suficiente en la mayoría de casos.

Un aficionado del City critica los insultos racistas en los campos de fútbol.

‘Bring el fútbol back’

El caso Zozulya es sonado porque se han disparado acusaciones en algunos casos infundadas, pero, en todo caso, es inexcusable defender que una persona con esa ideología reconocida y aireada a los cuatro vientos juegue el club de tus amores. No es libertad de expresión ni negar el derecho a ejercer la profesión, es entender que este joven defiende unos valores reprobables que atentan contra las libertades de las personas y sus derechos fundamentales.

El caso de los hinchas del Rayo sostiene esta teoría: cualquier base amplia y representativa de aficionados de un club puede intervenir en sus decisiones a través de la expresión organizada de sus opiniones. Ya sea con protestas más o menos revoltosas o huelgas de asistencia en un estadio. La hinchada vallecana representa devolver a la gente lo que es suyo: el entretenimiento. Pero en ningún caso a toda costa.

Un entretenimiento futbolístico responsable que comulgue con los valores que queremos defender como sociedad, que case deporte con ética y no con mercantilismo.

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