Peter Jackson, ¿qué has hecho?

Lo reconozco, en ocasiones peco de purista. Casi sin darme cuenta me encuentro pronunciando la odiada frase: «el libro es mejor que la película». Si hago hueco en mi lista de favoritos para una novela o un autor, detesto profundamente que se modifiquen sus palabras con el fin de adecuar, o triturar, la historia original para la gran pantalla. Algo así sentí al terminar de ver la adaptación cinematográfica de El Hobbit, la trilogía de películas que devolvió el anillo más codiciado de todos los tiempos a los cines.

 «El día en que Bilbo Bolsón recibe la visita del mago Gandalf y de un grupo de enanos, su plácida existencia de hobbit cambia radicalmente. Elfos, dragones y un anillo mágico se cruzarán en la aventura más fantástica de toda su vida»

El Hobbit es una novela corta, de unas 230 páginas, escrita por J. R. R. Tolkien, genio entre los genios. Este autor, filólogo y profesor universitario, nos regaló la archiconocida historia de El Señor de los Anillos. Entre sus páginas encontramos una de las obras más importantes de la literatura fantástica, referente y objeto de admiración para los escritores y lectores del género. Sin embargo, toda la magia literaria tuvo su origen en una novela mucho más breve y sencilla, en El Hobbit. La principal diferencia entre ambas es el tono amable que encontramos en la primera, pero no en su sucesora. En El Hobbit nos enfrentamos a un tipo de narrativa destinada a un público menos adulto. Cuenta con un ritmo ligero y diversas notas de humor que hacen que la experiencia de leer el libro sea agradable y, sobre todo, amena. Es cierto que esta breve historia no posee la grandiosidad literaria de los tres volúmenes que conforman El Señor de los Anillos, pero es posible hallar en ella guiños y detalles que harán las delicias de los más fanáticos.

Basándose en esas 230 páginas, la industria cinematográfica ha logrado producir tres películas de dos horas y media cada una, aunque las versiones extendidas duran aún más. El afán de lograr el máximo beneficio económico, exprimiendo el enorme éxito que brindó El Señor de los Anillos, se hace evidente en las tres cintas que conforman la segunda trilogía. El Hobbit: un viaje inesperado (2012), El Hobbit: la desolación de Smaug (2013) y El Hobbit: la batalla de los Cinco Ejércitos (2014) son el ejemplo del cine comercial más puro.

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Se recuperan personajes protagonistas de las tres primeras películas, como a un Legolas que no aparece en la novela, y que, realmente, no aportan nada  al argumento. Hay amor, por supuesto, pero está tan mal llevado y contradice tantísimo aquello que escribió Tolkien que el espectador casi agradece el trágico final de la historia. El croma se vislumbra tras cada escena. Eché de menos disfraz, prótesis y maquillaje en los orcos. Si en algunos momentos encontramos un uso acertadísimo y muy, muy cuidado del CGI (computer generated imagery), en otros el abuso es evidente. El mejor ejemplo es, de nuevo, Legolas, pues parece arrancado de un videojuego tras una nefasta operación  de cirugía estética.

¿Hay algo que alabar en las cintas? También, por supuesto. La multitud de guiños a El señor de los anillos te harán sonreír en más de una ocasión si conoces la historia original. La elección del reparto, a mi parecer, es extraordinaria. Desde Martin Freeman como Bilbo Bolsón, hasta un Richard Armitage que, en el papel de Thorin Escudo de Roble, arrebata el protagonismo a cualquier otro que comparta escena con él. La voz de Benedict Cumberbatch corona una construcción fantástica de Smaug, el dragón, que parece tan real como los seres de carne y hueso que luchan por derrotarlo. Ian McKellen, en el papel de Gandalf, nos traslada a la nostalgia de recordar el destino al que se encaminan los que, en el futuro, serán los miembros de La Compañía del Anillo. Y sí, la escena en la que se desvela cómo el anillo de poder llega a los pequeños bolsillos de un humilde hobbit es una maravilla, Gollum incluido.

Las películas ofrecen lo que prometen: aventuras, acción, imágenes que quitan el aliento y fantasía en estado puro. Sin embargo, la sensación al terminar de verlas puede ser agridulce. Adorar la historia original lleva a encontrar contradicciones y elementos mejorables en cada uno de los largometrajes. Asumiremos, pues no queda otro remedio, que si queremos encontrar la esencia de La Tierra Media en pantalla debemos recurrir a la adaptación de El Señor de los Anillos. Mientras tanto, la trilogía más reciente quedará relegada a la categoría de cine de domingo por la tarde.

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