Fantasmas en una isla llamada realidad

Lo que nos decepciona, nos produce indignación. Hace tres semanas ya de los Oscars pero aún sigo cantando en la ducha La La Land y el angustioso final de Manchester frente al Mar continua en mi cabeza. Pero más que el bajo nivel de esta gala, lo que me ha indignado profundamente es que en muchas películas de cine adulto la realidad se reproduzca frecuentemente en forma de pesadilla, eliminando toda posibilidad de armonía y de paz en la vida real.

Yo… Indignada

Os presento a los fantasmas de dichas pesadillas:

El pasado.

La tragedia de Manchester frente al mar recuerda a la cita de Faulkner “The past is never dead. It’s not even past”. Esta película sugiere que los errores más graves de nuestra vida son irreparables. No obstante, aunque grandes dramas agitan nuestro presente, tenemos que encontrar la fuerza para superarlos y transformar el presente de cara al futuro. Como dice Viktor Frankl: “El hombre es hijo de su pasado mas no su esclavo, y es padre de su porvenir”. Es cierto que es necesario recordar nuestro pasado para no volver a caer en  el mismo error, pero  olvidar y perdonar es importante para seguir viviendo y poder respirar.

La indiferencia y el pasotismo.

Me llamó la atención que Vogue alabara la película porque “las situaciones más dramáticas de la vida pueden tener su «gracia»”. En mi opinión, más que «gracia» la película muestra sobre todo a través de Patrick la pérdida de sensibilidad de las generaciones más jóvenes ante situaciones más bien serias. Una pérdida de sensibilidad que nos termina haciendo inconscientes de todo lo que nos rodea, lo que nos conduce al siguiente punto.

«Una pérdida de sensibilidad que nos termina haciendo inconscientes de todo lo que nos rodea».

La soledad.

Ya por último, los personajes no pueden ser más egoístas. Evidementemente, A Lee le preocupa más la cerveza y el fútbol que cuidar de su propia familia. De hecho, le dice a su propio hijo:

“Live alone” that is what your mother and I should have done instead being married then you wouldn’t be here, your sister would not be here and I could go to watch some football game in my own room in peace and quiet”.

Sólo cuando  pierde todo, se da cuenta del auténtico valor de lo que tenía y, por arrepentirse de no protegerlo, cae en depresión.

Sin embargo, tiene la oportunidad de rehacer su vida con los suyos y abandonar su soledad con la compañía de Patrick y el perdón de Randy. Pero él mismo las rechaza y decide alejarse por el terror a  sus errores pasados.

Todo esto le conduce a un estado de alienación, soledad y fragmentación traumático que se manifiesta en los repetidos flashbacks.  Se hace mucho más claro cuando Randy le pide dialogar para reconstruir el corazón de ambos. Es cuando ella lo ve alejarse que le dice: “my heart was broken and is always gonna be broken and I know yours is broken too”.

Como dice Victor Hugo “A nadie le faltan fuerzas; lo que a muchísimos les falta es voluntad”. Y esto es lo que les falta a nuestros personajes.

En otras palabras: conformismo y ceguera.

Pero si queremos inflarnos de más egoísmo e individualismo para ello tenemos La La Land, en la que los protagonistas, terminados los idilios del verano, aún cuando se quieren, deciden seguir cada uno con su vida,  mirando su propio interés. Y aunque él y ella alcanzan su sueño, a todos los espectadores nos partió por dentro la mirada entre los dos al final.

Será porque como se canta en “City of Stars”  antes de soñar con el estrellato, el teatro y el jazz todos soñamos con el amor “It’s love, yes, all we’re looking for is love from someone else”.  Porque nos hace sentir vivos, porque nos hace soñar.

«It’s love, yes all we’re looking for is love from someone else».

Y entonces llegó Disney…

Y me rescató de tanto fantasma.

Una vez dije “Soy una soñadora idealista” y me dijeron “sufrirás mucho,  si todos se enteran te harán mucho daño”.  Yo canté: “Here’s to the ones who dream, foolish as they may seem, here’s to the hearts that ache, here’s to the mess we made” (aquí punto para La La Land). Es cierto que hay ciertas cosas que no poseen las cualidades que uno se espera, pero uno siempre procura actuar con optimismo y esperanza de que esas cosas desarrollen un cambio. Un cambio, repito, siempre cuesta. Después de todo, antes de “algo”  siempre empieza por “nada”. Hay que intentar antes de abandonar.

Para quitarme el mal sabor de boca que me habían dejado las películas de adultos decidí probar con una de animación: Moana. Entonces, después de tanta pena que me había producido lo anterior, salí enriquecida. Moana también habla de sueños y aspiraciones y tras su fantasía esconde la lucha, el esfuerzo y los sueños. Por  la fantasía de la película, me entristeció suponer que el público adulto no captaría  su realismo.

Y es que  no nos damos cuenta pero con estos fantasmas que acechan nuestra realidad, vivimos como los habitantes de esta isla paradisíaca: inconscientes de que estamos en peligro y temerosos e inseguros sin saber qué hay más allá,  preferimos no salir de nuestra zona de confort, nos dejamos llevar… Sin darnos cuenta de que para proteger nuestra isla debemos tener la fe de Moana, sentir que aunque pequeños e insignificantes, aun cuando los demás nos contradicen, podemos tomar la oportunidad de ser valientes para tomar nuestro bote, navegar hacia el horizonte, defender lo que realmente nos importa y darle al pasado errático de los demás una oportunidad. Si confiamos, el viento nos llevará y saldremos beneficiados. Y vuelvo a Víctor Hugo: “El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad”.

Cuando se burlaron de mi idealismo moderado, recordé aquella escena en Saving Mr. Banks en la que la Sra. Travers critica a Disney por su idealismo, defendiendo el personaje de sus novelas: “A diferencia de usted, Mary Poppins huye de extravagancias y sentimentalismos; ella es franca, no rehúye las cosas sombrías del mundo que los niños descubrirán tarde o temprano, inevitablemente; ella los prepara para ello, les habla con honestidad”. Walt Disney le respondió: “Los narradores de historias, restauramos el orden con nuestra imaginación, infundimos esperanza una y otra vez”.

Razón no le falta a  Saint-Exupérry cuando escribe en El Principito: “Las personas mayores fueron niños aunque muy pocas lo recuerdan”. Nos hemos vuelto complicados y hemos olvidado de que la felicidad está en la simplicidad, la misma simplicidad y belleza que el Principito percibe en el perfume de la flor, la misma rosa por la que Patrick junior exclama “cool!” cuando la contempla las flores en la alcoba de Lee.

Mientras que Lee acaba, como él dice, atrapado en su “misery island”,  Seb y Mia se embriagan de éxito pero mueren sin amor. Al menos Moana triunfa devolviendo la ilusión de navegar a su isla.

«Al menos Moana triunfa devolviendo la ilusión de navegar a su isla».

Lamentablemente, en el mundo real sucede que nos preocupamos mucho por nuestros sueños pero no por construir un sueño juntos.

Desgraciadamente….

Porque nos hemos vuelto suficientemente superficiales e individualistas y hemos caído en el olvido de que “lo esencial es invisible a los ojos”.

El éxito de Mia y de Seb no era tan esencial después de todo. El amor es el centro de nuestra existencia. No vivimos solos, no estamos solos.  Y en eso La La Land no se equivoca… ¿Acaso no recordáis su mirada?

Abramos bien los ojos…

No seamos gallinas…

 

 

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Un comentario en “Fantasmas en una isla llamada realidad

  1. ¿Y tú? ¿Qué dices tú de la vida que no hayas leído ya en otros? ¿Qué dice Blanca de la vida que no haya visto o escuchado en una película?

    Vive.

    PD: ‘silvido’ (sic) es con ‘b’; después de corregirlo en tu intoducción, borra este comentario 😉

    Me gusta

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