Consentimiento sexual: una conversación necesaria

El consentimiento es un concepto más importante de lo que creemos en nuestra vida diaria. Cada vez que le damos clic, casi como un acto reflejo, al botón “aceptar” de la ventana de las cookies de una web, estamos consintiendo que se guarde parte de la información de nuestros hábitos de navegación. Cuando firmamos un contrato, estamos consintiendo obligarnos según sus condiciones. Son pequeños actos en los cuales, muchas veces, nos paramos a pensar sobre lo que supone para nosotros admitir ciertas reglas para obtener o usar un bien o un servicio antes de tomar nuestra decisión.

Considerando esto, y teniendo en cuenta que a veces pensamos en las consecuencias de estas acciones, ¿por qué no pensamos que el consentimiento es importante cuando presionamos a nuestra pareja o compañera a mantener relaciones sexuales?

La mayoría de nosotros acogemos mucha inseguridad en estas cuestiones. Al fin y al cabo, las expectativas culturales que se imponen sobre nosotros, los machos alfa, son importantes. (Ayme, una estudiante de filosofía y activista feminista en Twitter, tiene un vídeo muy interesante sobre esta cuestión). En resumidas cuentas, se espera que ejerzamos nuestros privilegios sin descaro, y lo hacemos. Y la desaprobación es escasa en una sociedad patriarcal.

Lo preocupante es que, cuando estas conductas se llevan al extremo (el más visible, y el que sí se condena socialmente), son constitutivas de delito. En concreto, cuando no se usa la violencia o la intimidación contra la persona con la que vamos a mantener relaciones sexuales (entonces hablaríamos de agresión sexual, que tiene implicaciones muy graves, y de violación, en terminología legal), pero el consentimiento no ha sido libre o no existe, existe un delito de abuso sexual.

Esto debería horrorizarnos, pero en vez de reflexionar y cambiar, preferimos excusarnos o no pensar en ello. Las respuestas pueden ir de un gesto de desdén o incomodidad hacia nuestro interlocutor al insulto machista, en el peor (y muy común) de los casos. Pero la realidad es la misma: a esa “puta” no le apetecía tener sexo, pero tú la has obligado.

Verlo todo desde una perspectiva objetiva (jurídica) es, quizá, demasiado frívolo. Así que vamos a intentar plantearlo desde una perspectiva subjetiva. ¿Te violentaría que te obligaran a mantener relaciones sexuales mediante la presión emocional? Lo más probable es que sí. Ahora plantéate lo violento que es para una mujer, con todas las opresiones derivadas de su experiencia personal y colectiva, pasar por el mismo proceso. Ya sé que el hecho de que lo diga un hombre es pretencioso; ¿qué tal si le preguntas a tu pareja, a tu amiga, o a cualquier mujer cercana, si ha pasado por esas experiencias y escuchas su testimonio? Seguro que te plantearás muchas preguntas, pero no temas: es bueno cuestionar las cosas, revisar nuestros privilegios y cambiar nuestras actitudes.

No cabe, pues, la menor duda. A la hora de vivir la sexualidad, el hombre nuevo debe ser un tío legal, empático y respetuoso. Es importante mantener esta conversación: reconocer nuestros errores, cambiar, y condenar sin reservas a quien sigue forzando a muchas mujeres a mantener relaciones sexuales sin que su consentimiento sea claro.

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