Perseguir una utopía

Intentamos comprenderlo todo. Desde nuestro origen a nuestro destino. Es algo instintivo, humano. Encontrar la causa y anticipar la consecuencia. Formular hipótesis y desarrollar teorías. Y todo por el control, porque el caos nos debilita y la razón nos cobija.

Sin embargo, a veces es mejor escapar. Sea por nuestra propia voluntad o porque otros nos conducen a ello. Porque como diría Enrique Ballester, los juegos se agotan. Y el fútbol, como la felicidad, lucha contra el tiempo.

Ganarle es una quimera y nuestra victoria depende de lo que hagamos con él. Pero hay figuras capaces de marcar su ritmo, dirigir nuestra mirada e introducirnos al trance. Messi es uno de los elegidos. Desde su pequeña carcasa, el argentino domina los designios de un deporte que lo explica todo.

No puedo descubriros nada, ni puedo ni sé hacerlo. Así pues, me dejaré llevar. Que sea la emoción quien dirija este alegato, porque yo ya hace tiempo que me rendí.

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Getty Images

Cada uno se hace responsable de sus propias deidades. Las grandes figuras simbolizan una visión global reconocible, pero también entrañan algo que las hace nuestras. Los personalizamos, creamos unos símbolos que no discutimos. Porque en el fondo, todos compartimos la idea de un principio, que racional o no, crea un vínculo eterno.

Con Lionel empezar da vértigo. Tú y yo podemos compartir una jugada, un gesto, un regate, un gol. Algo que tal vez no nos haya hecho idolatrarlo, pero sí mirarlo de forma diferente. Al principio con fascinación, ahora con una media sonrisa. Esa que dice: «lo ha vuelto a hacer».

Una vez más, es mirar atrás y sentir un mareo. Se agolpan imágenes caóticas, momentos muy distintos y lugares aún más dispares. Sin embargo, ahí está. Ese instante revelador, esa extraordinaria sucesión de acontecimientos que dan sentido al resto. El trance me lleva al Santiago Bernabéu, 27 de abril de 2011. Ida de la semifinal de la Champions.

Por ahí andaba Adebayor, imaginen.

Partido terrible, hormigón armado. Patadas, tanganas y más patadas. Un recital de pelotazos donde resaltaría un verso libre. Había aparecido ya una vez, pero la monotonía es para los mortales. Corría el minuto 86 y el Barça estaba cómodo con su 0-1. Tras una falta, el ‘10’ aparecía en tierra de nadie, pegado a la medular, con un océano blanco enfrente. Se ofreció al saque de Busquets y una vez integrado el esférico decidió pararse. En realidad la parálisis no duró ni un segundo, pero en ella se descifraba un mensaje. Nos estaba avisando, al espectador y al rival.

Busquets le dio apoyo para despegarse de los tacos e iniciar la carrera. Primero Lass Diarra, luego Sergio Ramos, después Raúl Albiol, un poco de Marcelo y finalmente, Iker Casillas. Aquel proyectil voló raso, porque él no conduce el balón, lo integra en un cuerpo encriptado en un punto de gravedad ridículamente bajo y un equilibrio de contorsionista innato. Apenas un par de cambios de dirección y uno de ritmo. Puro magnetismo.

Contaba una vez Manuel Jabois que el público del Camp Nou no le ha visto jugar, sino crecer, y que si a cualquier barcelonista se le pregunta por los momentos más alegres de su vida en los últimos diez años, en muchos de ellos aparece Messi.

Desde aquel día, el fútbol cambió para mí. No lo supe entonces, pero lo sabría cada vez que enfrente del televisor, un pequeño péndulo vestido de azulgrana irrumpía en tres cuartos, atacaba el espacio y lo hacía suyo. Era divisar un huracán surgir de la nada y repeler rivales que parecían huir. Podía estar a 40 metros de la portería que el narrador ya entonaba la ocasión. Sus compañeros participaban en la obra, pero siempre era él. El comienzo y el final, marcara o no el gol. Porque siempre estaba el matiz, ese detalle que estampaba su firma.

Messi es un fenómeno aposicional, pero moldeado desde la pizarra y la sala de vídeo. Con Pep Guardiola se trataba de creer en una idea, asentar un pilar diferencial en el sistema. Con Luis Enrique, de crear un discurso. Mismo dibujo (4-3-3), distinta pauta. El acento pasaba del mediocampo a la delantera. Los compañeros compartían su posición, Messi se multiplicaba hasta alcanzar una nueva dimensión: la del creador total. Un híbrido que podía explotar todas sus facultades sin perder su identidad. La versión más exigente, pero también la más especial. La que hace mejor a los demás.

«Tiene libertad para jugar en cualquier posición porque si se pone de ‘6’ es el mejor ‘6’ del mundo, si se pone de ‘8’ es el mejor ‘8’ del mundo y si se pone de ‘10’ es el mejor ’10’ del mundo. Messi tiene libertad. Es el fútbol total.» – Luis Enrique

Es lógico y a la vez absurdo, porque no desafía lo establecido pero sí replantea todo fútbol conocido. Saltamos al campo sin llegar a la decena y nos enseñan la intensidad, el sacrificio. Y de repente llega él. Pierde un balón y se queda ahí, patidifuso. La regla general nos conduciría al abucheo, pero Messi contradice nuestro juicio.

Sabemos que detrás de esa aparente indiferencia hay un universo aislado. Mientras nos dejamos llevar, él calcula el siguiente paso. Su lenguaje corporal es la tapadera de un genio que transcurre a su ritmo. El césped es su lienzo, y él, un pintor sosegado, ajeno a una realidad que dibuja a su antojo.

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Simon Norfolk / NY Times

Aquellos que critican sus hábitos son los mismos ciegos ante su determinación. Su mayor pecado es el de no necesitar gestos, simplemente un balón. También el sostener un país sobre sus hombros, heredar un dorsal divinizado y recuperar lo que se quedó en el pasado. Un héroe se entiende por sus sombras, pero las suyas las pone el resto. Leo y nadie más.

Justo o injusto, da igual. Así será, como siempre ha sido.

 «¿Sabéis por qué Messi puede jugar 55 o 60 partidos por temporada? Porque juega como su cuerpo le invita a jugar: caminando. Porque caminando mira, se para y piensa: ‘Ahora pasará tal cosa…’. Y los demás aún no hemos visto eso que ocurrirá dentro de 30 segundos. Él sí lo ve, pero luego hay gente que quiere que se ponga a correr más de 8 kilómetros. ¡Estamos locos!» – Lorenzo Buenaventura en Sport

Ludwig Wittgenstein se atrevió a decir que «allí donde están las fronteras de mi lengua, están los límites de mi mundo». Leo supone un desafío al vocabulario. Jugamos con exclamaciones y calificativos, buscamos una combinación ya no pomposa, sino sugerente. La contundencia de lo simple. Construimos el relato del asombro para ser cómplices de aquello que resulta inalcanzable.

Sin embargo, ahí acaba nuestro encuentro. Para fiscalizar lo que ocurre en el juego necesitamos poder leerlo. Pero como escribió Alejandro Abilleira, el fútbol no se lee, con el fútbol se vive y, algunos privilegiados, hasta conviven. Como él.

Porque a veces no hay que comprender a Messi, sólo disfrutarlo.

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