Y John Wall venció al dolor

Al fin llegaba el viernes. El tan esperado viernes. El pequeño John lo sabía y, aunque solo tuviera tres años, lo entendía a la perfección. Cuando llegaba la hora, su inquietud, ya de por sí agitadora, se multiplicaba. A Frances Pulley, su madre, siempre le costaba enfados. Era incapaz de mantenerle en el asiento trasero de su coche para el camino que les llevaba todos los fines de semana desde Raleigh (North Carolina) a la prisión.

John Carroll Wall pagó muy cara una cerveza que costeó con tiempo. En septiembre de 1991, el padre de John y Cierra se casó con el infierno. Sacó del bolsillo trasero del pantalón un calibre 22 para obligar al cajero del autoservicio a entregarle todo lo que llenaba la caja registradora. Robo a mano armada, al que se sumaba el asesinato en segundo grado de una chica de 26 años tras una discusión, y siete años encarcelado. No sería testigo de la infancia de sus pequeños. Llegaría, pero tarde. Estaría, pero lejos.

Tenía una relación especial con el torbellino de la familia. Solía regalarle dibujos. Frances aún guarda uno con cariño, con Batman y letras de colores. “Happy birthday”, desde las rejas, deseaba al hoy base de los Wizards cuando apenas cumplía los cuatro años.

John Wall naturalizó la cárcel. Fue algo que aceptó y adentró en su personalidad. Pensaba en ella simplemente como el hogar de su padre, adonde iba cada semana. Allí, cuenta él, podían tocarse y abrazarse. Dentro de la lejanía, las distancias se acortaban. El frío paraba. Pero solo por momentos, por una sola hora a la semana. Papá no le veía crecer. No jugaba con él ni le preguntaba por el día de colegio.

Mamá tampoco paraba. Eran pocas las horas que podía estar en casa. Para mantener al núcleo de tres miembros, se vio obligada a multiplicarse. Hasta cuatro trabajos tuvo que buscar para poner un plato sobre la mesa. Cuando Kevin Durant hablaba de la “verdadera MVP”, John asentía con lágrimas en los ojos. Sabía de primera mano de lo que hablaba. Él, de Frances, recibía a lo largo del día el desayuno y un beso de buenas noches. No había tiempo para nada más. Aunque no lo supiera, quien lo trajo al mundo había tenido una vida dura aún desde antes, su progenitor fue disparado frente a su casa tras sufrir un intento de robo cuando apenas tenía 9 años. El homicida puso el módico precio de diez dólares a una persona, pero aun así, encontró fuerzas para seguir adelante y seguía haciéndolo. Ahora incluso con más carga que la psicológica.

En 1998, John Carroll dejó la cárcel física para someterse también a la mental. Se le había diagnosticado un devastador cáncer de hígado. Pasó exhausto sus últimos días allí. Pensando en que el final se acercaba, con un tiempo perdido y desaprovechado por malas decisiones que nadie ni nada devolvería. Tendría que vivir el momento, por imposible que pareciera.

Un año después, volvió a las calles. En casa le recibieron con los brazos abiertos. Había conseguido ser liberado un mes antes, en pleno verano, pero los minutos seguían contando en su contra. Para entonces, la enfermedad ya había tornado en terminal. Los cuatro entonces decidieron darse un respiro yéndose de vacaciones a White Lake, en North Carolina.

El primer día hubo una felicidad plena. En la playa, riendo, paseando dándose baños… En esa algarabía de diversión, hubo un serio punto de inflexión. Un momento definitorio que aún hoy sirve al All-Star. John Sr. aprovechó para tener esa conversación que en condiciones normales se haría esperar. De cómo ser un buen hombre. De cómo madurar.

Horas después, la vista del pequeño tornó en un vivo color rojo. El olor era realmente insoportable, aún lo recuerda. Como a las sirenas de las ambulancias llegando al hotel. Una hemorragia en la parte afectada arrebató al hombre del lado de su familia en el que poco estuvo.

Mamá mandó a John y Cierra a casa. La tía esperaría para hacerse cargo de los pequeños. Frances siempre trató de alejarlos del dolor, o más bien de cambiar la realidad. Pero esta no podía borrarse. Nada podía sobreponerse a tal pérdida. Papá había dejado de latir justo cuando sus pequeños sonreían por haberlo recuperado. Lo que tanto habían esperado, con aquello que llevaban años soñando, simplemente se desvaneció de un plumazo.

Lo que pasó de ahí en adelante, no hay nadie que lo resuma como el protagonista de los hechos. «Probablemente estaría en las calles o en la cárcel. Mucha gente en la liga dirá eso, pero realmente esa era mi escapatoria. Sin el baloncesto, ahí era donde iba a acabar. De ninguna manera estoy mintiendo o diciendo algo que suene bien. Iba por el mismo camino que mi padre.» Las declaraciones las recogía ABC News y su significado, en contexto, vale millones.

Porque desde que perdió toda opción de ver a quien, junto a su madre, hizo su vida realidad, John Wall optó por salirse del guion que Frances escribía cada día. La lucha de una mujer que de mañana a noche, de lunes a domingo y de enero a diciembre lo daba todo por hacer que los suyos tuvieran algo, se veía en peligro por una actitud construida como escudo. Se rebeló ante toda autoridad.

Él mismo cuenta que vivía enfadado. La gente bromeaba y en su cabeza se repetía una pregunta; “¿por qué bromear si podemos pelear?” No había explicación alguna, emanaba de dentro. No creía en nadie, para él nadie sabía nada. Pero la desconfianza era el menor de los problemas. Permitió que la rabia se hiciera con el control de su cuerpo y, durante años, vio cómo marcaba su destino. En juego estaba una vida en construcción. La de un niño que quiso ser hombre y en el referente que tuvo para hacerlo no encontraba ejemplo positivo.

Su hermanastra, Tonya, hacía de niñera las veces que Frances Pulley trabajaba. Esto se traducía en un combate constante. Un cruce de gritos, algún que otro golpe y como respuesta, el pequeño John encerrado en la habitación. Pero su lugar no estaba ahí. Era en la calle donde más tiempo pasaba y dejaba ver el odio que rara vez guardaba para sí.

Con solo diez años tuvo la pelea de mayor dimensión, en un partidillo de béisbol. Un chico de catorce no le dejaba batear y John conectó el instrumento de aluminio con la ceja del rival. No quedó ahí. La lluvia de puñetazos se mantuvo durante minutos. Tal era la agresividad del crío que Pulley solía esperarle sentada en el porche de la casa familiar esperando que lo expulsaran de clase en menos de dos horas.

Un año después, fue invitado a un campus de baloncesto por su situación. El organizador, LeVelle Moton, contaba al Washigton Post que «No tenía disciplina alguna.» «Era como ‘estoy gritando, aquí. ¿No me escuchas?’ No le ignoré, pero había otros 35 niños haciendo lo mismo.» Si le pitaban una falta en contra, lanzaba el balón y protestaba. Pegaba a los compañeros y, simplemente, pedía atención armando revuelo. No era un niño travieso sin más. Todo lo que había pasado daba valor a sus gestos. Todo lo que hacía era una respuesta, aunque errónea, al destino.

Foto: ESPN

Su madre rápido lo captó. Podía hacer de aquello de lo que tanto disfrutaba su forma de vida, pero el camino lo elegía él. «Si no empiezas a tomarte el baloncesto en serio vas a acabar como tu padre.» El mundo se derrumbó para el pequeño Wall al escuchar aquello.

Para el siguiente campus, Moton no quiso aceptarle de primeras. Fue Frances Pulley quien tuvo que rogarlo para que, finalmente, así fuera. El organizador probó a John de la forma más clara y evidente que pudo, para ver si el lado oscuro de su juego volvía a relucir. Duras faltas a su favor que, a veces, no pitaba y leves contactos que, en su contra, siempre señalaba. Pero cada vez que el silbato sonaba, no había balones volando. No había golpes ni gritos. Un niño que, simplemente, jugaba. Dejaba la bola en el suelo y bajaba a defender.

«En cuanto me di cuenta, me dije: ‘el baloncesto es mi escapatoria. Es la mejor forma para mí de hacerlo.’ Simplemente lo adentré en mí y jugué cada partido por mi padre. Siento como si tuviera que dar un paso adelante en la cancha cada noche y ser dominante. Está allí viéndome, así que, si no puede estar en las gradas, estará arriba.»

Sin embargo, la fama no se iba de él. Todos conocían sus habilidades, también su gran defecto. La familia se mudó de las afueras de Raleigh a la propia ciudad y con ello, Wall cambió de instituto. Tuvo que repetir su segundo año. Mientras, probó con el equipo de Broughton High. En los entrenamientos hizo lo que mejor sabía. Corrió, machacó y dejó flashes de todo lo que a posteriori demostraría. Pero sus precedentes dictaron sentencia. Un compañero le llamó de camino a clase. John había sido cortado. Sabía que lo deportivo no había tenido absolutamente nada que ver.

Aquello le destrozó. No quería ir a clases. La academia Word of God apareció como salvación. Estudiaba la biblia y las noches de los viernes iba a la capilla. El fundador de la escuela católica a veces hablaba con él. Establecieron un potente vínculo. Le aconsejaba sobre cómo sobreponerse a la pérdida de un padre y castigaba las palabrotas que repetía.

En la cancha, seguía en crecimiento. Hizo una pandilla, los 5-deep. Se encontraba con ellos cada tarde, después de clases. Escuchaban batallas de rap y, según cuenta Williams, miembro del grupo de amigos, John tenía la manía de mirar la web Scout.com, que saca a relucir los talentos de toda la secundaria estadounidense. Se preguntaba “¿cómo llego hasta ahí arriba?” Entre el penúltimo y último año de instituto, lo logró. Se hizo con el primer puesto. No se bajaría.

Los chispazos no cesaron. Alguna vez se negó a entrar en la cancha tras pasar por el banquillo. Seguía negándose a toda autoridad. Meses después, una nueva conversación. Un nuevo punto de inflexión. Sobre la vida, pero más que nada, sobre baloncesto. Su talento no se podía esconder, bien lo sabía Levi Beckwith. El entrenador del equipo de la academia cristiana no aguantaba su actitud. Veía, impotente, cómo los golpes de rabia podían costarle toda una carrera. Solo dependía de él. «¿Sabes por qué no vas a ser reclutado por Duke y Carolina? Porque eres imbécil.»

Beckwith quería que Wall fuera y se sintiera responsable por los que hacía. No eran otros factores los que decidían su futuro. Solo él y sus acciones. Por eso, le preguntaba constantemente cuál era el castigo apropiado para sus salidas de tono. Quería estar siempre que lo necesitara, lo logró. Fuera cual fuera el problema, llamaba a John y hablaba. El joven entendió que si quería jugar, no podía pasar por encima del entrenador.

«Me pusieron en la Tierra para ser alguien, y estaba bendecido por ser un gran jugador de baloncesto. Pero mi primer objetivo era seguir luchando por ser una mejor persona. Eso es algo que mi madre siempre me inculcó. No importa lo que la gente piense de ti como jugador de baloncesto, Dios va a mirarte primero como persona. Mis tías, hermanas, abuela… Estoy llevando a mi joven… Las palabras no pueden  explicar lo que…» Wall se echó a llorar, según recoge el Washington Post.

Iba a torneos importantes, allí brillaba. Llamó la atención a personalidades de todo el país. Incluso otro base, llamado desde pronto a ser NBA, reconocía lo obvio. ¿Que quién iba a ser una estrella? «El chico de Raleigh, Wall» dijo Brandon Jennings. Ahí fue cuando el mundo le conoció. Largo el camino, mayor el disfrute. No era una excusa que le permitiera hacerlo todo, sino una experiencia insalvable que consigo se llevó al niño. En él quedaba una deuda pendiente; la de todo el daño causado a su madre. Frances pagó 200 dólares como inscripción al AAU, en el que jugadores de instituto de toda la nación prueban su nivel. La respuesta de John fue apagar todas las luces durante dos días en casa. «Si mi madre iba a hacer eso por mí, iba asegurarme de que estuviera satisfecha de por vida.» 

Foto: ESPN

En 2007, ya todo era baloncesto. Supo usar todo por lo que pasó como motivación y no como alimento del odio. Luego, llegó Calipari. Tras él, Washington. Diez años después, es el líder de un competitivo bloque que se ha hecho a sí mismo en una campaña de cambio. John Wall venció al dolor, y todos lo celebramos.

«LeBron ha sido LeBron desde que tenía 3 años, Kobe ha sido Kobe desde los 4, Shaq ha sido Shaq desde los 5. John Wall ha sido John Wall desde los 16. Simplemente un día hizo click.» LeVelle Moton

 

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